POR QUÉ HEMOS DEJADO DE DECIR “TE QUIERO”

Me temo que dejar de decir “te quiero” tiene consecuencias nocivas para la salud, la imagen, el ánimo y básicamente la felicidad. Claro, tampoco lo vas a regalar, ni decirlo gratuitamente porque sí, en plan loco o tonto del pueblo… pero el problema más que no decirlo, es por qué no lo decimos, o mejor dicho ¿por qué hemos dejado de decirlo?


Un artículo de Miguel Lázaro
 La escasez sexual dispara los niveles de romanticismo… y también las parafilias ¿lo sabías? Mirado así, se puede decir, que el romanticismo puede ser considerada una parafilia. Suena duro decirlo, pero si estamos abiertos a tantas cosas hoy en día, que no suenan del todo lógicas, o que no resultan intuitivas en un primer tanteo, tenemos que estar abiertos también a esta reflexión. Porque quizás lo que entendamos por amor, sea algo que deseamos, pero no sea saludable porque nos incapacite a disfrutar de la realidad tal y como es.

En el cine y en las series, todo es perfecto. Aunque el argumento esté retorcido a más no poder, al final todo suele encajar. Ese es el trabajo de los guionistas. ¿Te das cuenta de que en la vida real no tenemos un guionista que nos cuadre el argumento y haga que todo encaje al final? El “te quiero” se pone cada vez más cuesta arriba, sabiendo que el momento triunfal, sincero, auténtico y original, cuya llegada esperamos ante una persona que nos afecta, no se dará tal y como lo hemos creado en nuestra burbuja individual. Y como ese momento ideal, en la realidad, no es ideal ni perfecto, nos guardamos el “te quiero”.

SOLAMENTE TÚ, ERES DUEÑO 

DE TU VERDAD Y TUS SENTIMIENTOS

 Y es que la soledad, hace que con el paso del tiempo, te conviertas en lo que socialmente podría denominarse freak o bicho raro. Te acostumbras a tus rutinas, a tus vicios, a tu orden interno… y como no hay nadie alrededor que te lo discuta, o con quien contrastarlo, vas alimentándote de ti mismo, y de tu yo interno, utilizando unos esquemas, que quizás solamente te sirvan a ti de cara al día, a día, pero que pueden ser incompatibles, con una dinámica social sana. Y si no sana, al menos normal. Pero claro… ¿qué es normal hoy en día? Cada uno, te dirá algo distinto.

Pero una cosa sí es cierta: Tanto la soledad, como la escasez sexual, te descalibran socialmente hablando, haciendo que cada vez sea más complicado encajar con alguien. Aunque de vez en cuando, surgen oportunidades para conocer: puede ser una persona que en ti despierte atracción, admiración, deseo, cercanía, ternura… Hay personas, que merecen la pena. Pero cuanto más descalibrado estés, más complicado será que esa persona, a menos que sea excepcionalmente rara, pueda sentirse identificada con tu yo interno.

DIME QUE ME QUIERES: QUIERO OÍRLO

Las personas buscamos en el otro, en mayor o menor medida, un reflejo de nosotros mismos. Cuando decimos “te quiero”, realmente nos estamos buscando en el otro. Lo decimos porque deseamos a esa persona, porque nos sentimos aceptados por ella, o porque queremos que nos acepte. Lo decimos, porque buscamos ese reflejo que nos haga sentirnos correspondidos en lo más profundo. De alguna manera, pero de forma muy clara, decir “te quiero” te descubre frente a la otra persona. Es quitar una barrera, es dejar las defensas a un lado y destaparte, para que la otra persona sepa lo que tienes por dentro.

Quizás sea por eso, que hemos dejado de decir “te quiero”… porque la realidad no encaja con lo que hay por dentro de nuestra burbuja, porque podemos estar muy descalibrados respecto hacia la persona a quien se lo decimos. Nos hemos conformado con relaciones, en las que preferimos no ahondar en el otro, huyendo de una verdad a la que tenemos miedo. Mejor quedarnos en la superficie y evitar daños, porque en la superficie, es difícil encontrar confrontación.

Relaciones, en las que preferimos no descubrirnos y que no nos descubran, porque elegimos quedarnos con esa imagen ideal que nosotros mismos hemos fabricado de la otra persona, antes que con la persona real en sí misma. Y al revés, queremos que amen la imagen que hemos dado. Tolerancia, no es amor. Por eso siempre digo que las personas no saben ni con quién se casan, ni con quien conviven, ni con quien trabajan o se emparejan… porque en el fondo solo vemos, lo que queremos ver: un reflejo de nosotros mismos en el otro.
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