TENGO DERECHO A HACER UNA LLAMADA

Por un lado, quiero hacer las cosas bien, que todo se haga bien. Por otro, veo como cada cual va a lo suyo sin respetar al que vive al lado. ¿Sabes cuál es mi verdad? Aunque no te importe mucho, quiero que sepas que me siento como un animal en cautiverio, que da vueltas sin cesar en su jaula… porque no puede hacer otra cosa. El falso civismo, la apariencia y esta sociedad tan políticamente correcta en la cara A, y tan oscura, siniestra e interesada en la cara B, está acabando conmigo. Te hablo desde una celda: no lo parece, pero la siento así. Y como detenido sin haber pasado por comisaría, delincuente sin haber delinquido y preso de mis ideas, tengo derecho a hacer una llamada. Te estoy llamando a ti.


Un artículo de Miguel Lázaro
 Existen personas, que gozan en destruir lo construido. Que no les importa el trabajo que otros han hecho antes que ellos, y sobre el que se apoyan, viven y disfrutan sin tener conciencia de ello. Personas que dan la realidad por hecha, y que no piensan que sus derechos y libertades, antes de poder ser ejercitados, han tenido un precio.

Precio que pagaron otros antes que ellos. Personas que creen que todo es gratis, porque a ellos se les ha dado gratis, sin saber, que antes de que nacieran, tuvieron que pasar muchas cosas para que tú y yo, hoy podamos creer en lo que queramos, follar con quien queramos, vivir, hablar, expresarnos, trabajar y no estar tirados en la puta calle esperando que la vida pase sin más.

A mí me duele, y me duele de verdad. Pienso en mis padres, a pesar de considerarme un mal hijo. Pienso en ellos, porque para bien o para mal, me dieron todo lo que tenían. Me habrán podido querer más o menos, les podré querer más o menos… pero me lo dieron y yo lo aproveché. Creo que lo mejor que puedo hacer, es como mínimo, tratar de llevar una vida digna. Por ellos, por su esfuerzo, pero sobre todo por mí.

Antes de enseñarnos a andar, nos enseñan a no tropezarnos con las piedras que nos vamos a encontrar en el camino… así que mejor no andar ¿verdad? Si no andamos, no nos tropezaremos. Fijan nuestra vista en las piedras y no en el camino.

UNA JAULA A MEDIDA 

DEL ANIMAL QUE LA HABITA
Cada vez me cuesta más. Me siento encarcelado, enjaulado. No me siento libre entre estas cuatro paredes tan seguras y tan legales que me amparan como ciudadano, como contribuyente, como trabajador y como persona supuestamente civilizada. Digo supuestamente, porque si existe ley, es porque necesitamos cumplirla para no devorarnos unos a otros. Y digo devorarnos unos a otros, porque tengo plena conciencia de lo que soy realmente: un animal. De los que somos: animales.

No me engaño a mí mismo, dignificando la condición humana o una posición social. No me engaño porque sé lo que soy y lo acepto… y mi batalla diaria, es vivir en una sociedad que hace todo lo posible para que no me comporte como el animal que realmente soy, porque previamente he aceptado ese contrato. No es que me guste más o me guste menos, es que simplemente he tomado esa opción: la de vivir en sociedad, e intento ser consecuente con ella. Te seré sincero: no sé por cuánto tiempo, pero lo acepté y trato de ser consecuente con ello y construir.

Lo he aceptado yo, y lo aceptaron otros antes que yo, para que yo pudiera tener esa opción. Por eso no soporto a quienes destrozan lo construido. Porque cuando lo hacen, te quitan tu libertad de poder elegir dónde quieres estar, con quién quieres estar y cuándo hacerlo. Te roban las palabras y pretenden entrar dentro de ti para que hagas solo lo que ellos quieran, pienses lo que ellos quieren que pienses, y digas lo que ellos quieren que digas. Y en ese momento, es cuando el animal que soy… sale.

Sale el animal, porque no le queda otra. Sale, porque el sistema que se está esforzando en mantener para sí y para los siguientes, mientras gira dentro la rueda en su jaula, o sea… trabajando, está siendo comprometido. Te están diciendo, que estás trabajando para nada, y que el esfuerzo que estás haciendo, renunciando a ser un animal en libertad, para contribuir, no vale una mierda. Y cuando el animal sale de la jaula, sale y recupera el instinto: se muestra tal y como es. Lo recupera, porque nunca lo perdió: simplemente no le hizo falta utilizarlo dentro de la jaula.
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