TENGO UNA JAULA PARA TI

En tu casa, en tu intimidad, en tu mundo privado, es donde parece que te quede tu verdadero espacio de libertad. Al menos así debería ser. Y si vamos al límite, estaríamos hablando de nuestro propio cuerpo, nuestro último reducto de libertad ¿o no? Y si vamos aún más al límite, tendríamos que decir que nuestro último espacio de libertad, es la mente, nuestro pensamiento. Ahí sí que parece definitivo, que nadie puede entrar ¿o tampoco?

 En el momento de su muerte, Tywin Lanister (Juego de Tronos) desde una letrina, debió pensar algo como: Ni en tu propia casa, puede uno cagar tranquilo, segundos antes de que su hijo Tyrion, lo matara a golpe de ballesta. Pues tampoco, ni si quiera en tu propia casa, parece que estés a salvo.

A estas alturas no me asusto. O mejor dicho, me asusto poco. Otra cosa muy diferente, es admitir que siento un miedo muy real ante ciertas cosas que ocurren. Miedo real, pero no un miedo primario o instintivo ante un peligro de muerte. Es un miedo que siento cuando compruebo, como el ser humano llamémosle civilizado, se autolesiona mientras aplaude cívicamente, el fin de su verdadera naturaleza. Inconsciencia y sumisión, ambas elevadas a los estratos sociales, en lo público, en lo privado, en tu casa, en tu cama, en tu cuerpo… y hasta en tu pensamiento si te dejas. Y no pasa nada: el fascismo de lo políticamente correcto se propaga como la peste bubónica, o una mordedura zombie… y todos contentos por salir en TV.

Luego pasa lo que pasa, que el animal termina saliendo… porque es lo que somos, y siempre sale. Siempre. La gente se alarma, cuando ve a un animal salvaje no domesticado fuera de un recinto cerrado ¿verdad? Imagínate a un león, corriendo por la avenida principal ¿cómo reaccionaría la gente? Aunque el animal no atacase a nadie, estoy seguro de que su aventura en libertad, duraría menos que un canuto en un concierto homenaje a Bob Marley. La gente correría a esconderse a los locales a pie de calle y a los portales. Mientras tanto, algún policía que pasara por allí, tendría que hacer su trabajo.

A eso me refiero exactamente: con tal de sentirnos seguros y preservar nuestro estatus y nuestra existencia, somos capaces de renunciar a lo que somos. Mientras nos sintamos a salvo, pagamos lo que haga falta para que todo siga según lo previsto. Porque en el momento en el que algo pasa, y no estaba previsto en el guion, no tenemos el control. Y si no tenemos el control, la gente se pone nerviosa, mira cada uno por lo suyo sin guardar las formas y entra en juego el “sálvese quien pueda”.

TU JAULA TE HACE SENTIR SEGURO
Nos volvemos todos animales, dejamos de pagar facturas y la sociedad se va al carajo. Vuelve a entrar en juego nuestra verdadera naturaleza: el animal. Cuando nos sentimos en riesgo, es lo que sucede, sale nuestro verdadero yo. El instinto, aquel que despreciamos una y otra vez por tener en casa, luz, agua corriente y conexión a internet. Porque de noche y con la luz apagada, todos somos iguales. Todos venimos al mundo saliendo por el mismo sitio… por donde nos hicieron entrar sin preguntarnos, unos meses antes. Es obvio, pero es así.

Pretenden decirnos qué debemos pensar y cómo debemos sentirnos, todo para que el instinto siga dormido y el animal no salga. Pretenden regular nuestro pensamiento, nuestro cuerpo, nuestros espacios privados, nuestras relaciones… pretenden hacer pasar por buenas, correctas o incorrectas, nuestras opciones.

De fuera para dentro, desde la norma ajena a nuestro yo, interviniendo y regulando lo que vemos, oímos, hacemos o dejamos de hacer, para que el feedback de esas consecuencias, recaiga directamente en nuestra mente, en nuestra conciencia. Así de esta forma, nosotros mismos nos colocaremos la barrera para la próxima. Sale más barato, que comprarle una jaula a cada hombre y mujer, aunque el efecto es el mismo, si ya somos nosotros los que nos metemos solitos en nuestra jaula.
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