NO MÁS PROMESAS QUE NO SE PUEDEN CUMPLIR

Una promesa que no se llega a cumplir, genera desconfianza, genera frustración y hace que a los que la creyeron, se le quiten las ganas de seguir con el plan prometido. Saben que, si vuelven a confiar, se la pueden volverá jugar. No basta quedarse en el agrado del público, si después no se es capaz de dar respaldo a las palabras que se han pronunciado, que se han comprometido.

Lo mejor no es cumplir aquello que se promete, aunque es una idea bastante romántica… uno nunca sabe dónde estará mañana. Lo mejor es no prometer absolutamente nada y hacer lo necesario. Este argumento, tan realista y tan práctico, no suele convencer a las parejas, no suele conseguir el apoyo del público, no tiene demasiado marketing…

Parece que a los hechos por sí mismos, les falta el brillo de la promesa romántica. Es como si en algún lugar de nuestro cerebro, necesitáramos creer en algo más que en lo que vemos. Cuando escucho en la publicidad aquello de “promesas cumplidas”, no puedo evitar echar una carcajada irónica. El ser humano no funciona así, la garantía de los hechos demostrada solamente a posteriori, no brilla por si misma si antes no ha habido un discurso brillante.

Cuando el éxito del discurso, de la promesa, supera al de los actos… cuando nos movemos por fe o por esperanza, solamente hay una forma de acertar 100% seguro: que esa promesa dependa de nosotros mismos. Esas palabras de amor, ese compromiso, ese discurso, va dirigido a nuestro interior. De nada sirve tratar de convencer a tu pareja, a tu cliente, a tu votante, si antes ese cambio no lo has interiorizado bien, y estás seguro de que puedes llevarlo a cabo.

EL CAMBIO REAL DEPENDE 
DE NOSOTROS MISMOS

Así nos damos cuenta, que muchas veces nuestras palabras van más orientadas a convencernos a nosotros mismos, y a justificarnos, antes que a realizar el hecho en sí, fruto de ese compromiso. Todo buen vendedor, debería ser el primer convencido de sus productos ¿cierto? Sabemos que muchas veces eso no es así. Y aun así, compramos, nos casamos, firmamos un contrato, o decimos aquello de “No pasa un día más, mañana te llamo y quedamos”.

Y en ese mismo momento, estoy seguro de que todos creemos lo que estamos diciendo. Lo vemos necesario, lo vemos bueno y por eso mismo, nos comprometemos a amar, a quedar, a trabajar, a compartir… pero después falta voluntad y el yo, quizás pesa demasiado. Si somos capaces de engañarnos a nosotros mismos, al no aceptar nuestra vulnerabilidad ¿cómo no vamos a dejarnos engañar por otras voces? Precisamente por eso, porque en el fondo nos sabemos falibles, y necesitamos buscar una garantía y una certeza fuera de nuestro yo. Quizás, el problema, sea que la certeza y la garantía no existen, y si sí existen, no dependan de nosotros.
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