HASTA AQUÍ: NO TE AGUANTO NI UNA MÁS

 Hasta aquí. No te aguanto ni una más. No me dejas otro camino. Adiós, que te vaya bien y que tengas suerte- Esas han sido sus últimas palabras, o algo muy parecido antes de mandarme definitivamente a la mierda.  Supongo que me lo he ganado, pero ya está hecho ¿qué me queda por hacer? Absolutamente nada, aprender de la experiencia y quedarme con lo bueno.

¿Quieres un consejo? Te advierto que es jodido de asimilar: jamás se te ocurra ser sincero con la mujer a la que amas. No le digas lo que sientes, no le digas lo que piensas, no le abras tu corazón, no la apoyes… ni mucho menos le des las llaves de tu casa. Sí, soy bien consciente de cómo suena todo esto, pero por una vez en mucho tiempo, puedo decirlo con paz. He hecho lo que he podido y más. Mi error ha sido hacerlo gratis.

Pero ¿por qué te lo digo? Como nada en esta vida es gratis, todo tiene un precio, y si te quitas el precio de compra, a ella no le va a suponer ningún esfuerzo tenerte. Tu valor de mercado se vuelve cero y pasas a ser la última opción por estar excesivamente disponible. Es ley de vida, la de la selva y la del mercado de valores juntas en una sentencia: si te das y te ofreces coste cero, después las cuentas no cuadran.

No cuadran, porque no es lo natural. La naturaleza no te da nada gratis que no te vaya a reclamar después. Si la naturaleza nos cobra por estar aquí ¿Quién soy yo para llevarle la contraria y actuar como un gilipollas? Absolutamente nadie, porque si la propia selva te explica cómo funciona esto, avisado estás. Avisado estaba yo, doy fe.

Lo que pasa, es que si los tíos no nos volvemos gilipollas de vez en cuando, el mundo deja de funcionar. Esto tiene su gracia, hay que morir a uno mismo en cierta medida para que la vida avance. Y no, no es que me crea el centro del universo, pero la renuncia a uno mismo en ciertos momentos, es necesaria para que una pareja, compromiso, amistad o cualquier relación puedan avanzar ¿Cuál es el problema entonces?

NADIE TE HA PEDIDO NADA

Y como nadie me había pedido nada, hice mal en dar y regalar. Una cosa es un amigo, otra un compañero, otra un novio, otra un marido, otra un santo y otra muy distinta… un auténtico gilipollas. En mayor o menor medida, tanto tú como yo, hemos podido jugar estos roles en ciertos momentos. Lo que no podemos es desde luego, serlos todos a la vez, y encima hacerlo gratis, porque si no pasamos directamente al último título: gilipollas.

¿Qué le pasa a los gilipollas? Lo de siempre, que se olvidan de la ley de la selva. Y cuando un tío se olvida de la ley de la selva, está muerto. Cuando te das cuenta de esto suele ser demasiado tarde, y suele ser porque ya te has llevado algún zarpazo al meterte en la maleza. Un zarpazo para el que estabas desprevenido. Piensas: La cagué… y en efecto así es.

Después te das cuenta, que para bien o para mal, todo pasa por alguna razón, se cierra una puerta y se abren otras. Te das cuenta que el verdadero perjudicado, es quien ha abierto la lata y lo que antes te parecía precioso, no deja de ser lo que te ofrece el mercado en cada rincón: una experiencia más. Con más seguridad que antes, puedes decir algo que ya sabías, no se le pueden pedir peras al olmo: es una tía.

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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