POLÍTICAMENTE CORRECT@S: UNA TARA LEGAL Y SOCIAL


 Hace tiempo llegué a una vana conclusión: mejor que no me dedicara a la política… que en el dudoso e improbable caso, de que fuera elegido como cargo electo público, no iba a poder completar ni una jornada laboral (porque no me iban a dejar en cuanto abriera la boca) y probablemente me meterían en la cárcel (no por cobrar sobres en B) en cuanto quisiera actuar para poner las cosas en su sitio. ¿En qué sitio? Pues hombre, ante todo mi formación es técnica y por otro lado analista se puede decir de “oficio”. Así que siguiendo criterios puramente objetivos, sin llegar al axioma matemático, al menos trataría de velar por los derechos de tod@s de forma sostenible, con cabeza… o sea, sin populismos: lo que viene siendo no quebrar el sistema. Vamos, de espíritu dictatorial ando flojo, pero supongo que ese sería el trato que recibiría, o al menos aproximado a tal ¿por qué? Fácil, las leyes y la política nos obligan a cumplir pautas que son mentira, y si tuviera esa oportunidad de cambiar algo, el propio sistema político y legal se me echaría encima. ¿Conclusión? Un político, jamás podrá cambiar absolutamente nada.

LA DEVALUACIÓN DEL HOMBRE DEL S.XXI

 Cuando uno es pequeño y piensa qué quiere ser de mayor, se le suelen ocurrir cosas honorables: médico, bombero, futbolista, teleco, veterinario, periodista… al menos en mi época era así. Ahora igual le preguntas a un chaval ¿Qué quieres ser de mayor? Y te responde que quiere ser colaborador en un programa de cotilleos, o salir en Gran Hermano, o millonario (no lo sé, ojalá me equivoque porque la infancia la tengo lejana). De lo que estoy seguro, es que ningún chaval cuando le preguntes Manolito ¿y tú qué quieres ser de mayor? Te va a responder: de mayor quiero ser un pollafuera, de mayor quiero ser un esclavo del pene, de mayor quiero ser un perseguidor de tetas, o de mayor quiero ser una cuenta corriente con patas y pagar por todo. Eso no creo que te lo diga ningún chaval. No sé si es tu caso, pero como no sé qué es lo que querías ser de mayor, te invito a que hagas examen de conciencia, y veas en qué te has convertido con el paso de los años.

#TODOS SOMOS CHARLES BUKOWSKI

 Yo, yo, yo… y nadie más que yo. Hasta el aburrimiento: el único, el irrepetible, el original, el auténtico (gilipollas) ¡oh yeah! ¿Sabes una cosa? Sentirse solo, original, incomprendido… siempre ha estado muy de moda. Un hombre hablando de sí mismo, un Bukowski 2.0 ¿Acaso #TodosSomosBukowski? No exactamente, pero me he dado cuenta de una cosa mientras veía por enésima vez Rebelde sin causa, buscando alguna escena chula para montar una de mis viñetas. Del sinsentido de la vida del varón moderno, se ha creado todo un estilo de vida (y por supuesto literario) nacido de la tristeza y la frustración. Tengo que entonar el mea culpa, porque yo también abuso de ello y bastante a menudo. No rompo botellas, pero mis rabietas (que las tengo) me dan mucho juego a la hora de escribir ¿se me nota?

¿PARA QUÉ SIRVE UN HOMBRE?


Hoy voy a hablar de sexo, violencia y de cuernos (aunque no directamente), sin importarme en exceso la cara que pongas, porque la naturaleza es sabia, quizás cruel pero sabia. Digo quizás porque lo que nos puede parecer cruel, nos lo parece porque en nuestra sesera hay demasiada moral católica y tradición judeo-cristiana. Culpa y condescendencia suficiente hacia la debilidad, para hasta el que se autodenomine ateo, siga a pies juntillas un código moral o civil fotocopiado casi al 100% de lo que dicta el Vaticano. Esto a los ateos les jode mucho que se lo digan a la cara, pero no hacen más que copiar en civil y “a su manera” lo que se dicta desde la santa sede. Es una simple cuestión de orgullo humanista, de necesitar poner al ser humano como centro de todo. Ya ves, ni que fuésemos los únicos en el universo ¿verdad? Ojo, que no se me olvida: esto iba de sexo y violencia y de algo que no hace mucha gracia, por no decir ninguna a los tíos.

TODOS LOS HOMBRES SOMOS IGUALES… ¡MENOS MAL QUE TE HAS DADO CUENTA!

Dicen que todos los hombres son iguales, pero hoy quiero hablar de lo importante, sin poner demasiado orden para que no te lo creas todo en la misma lista en que te lo propongo, y de paso para que pienses un poquito con algún órgano de tu cuerpo que no sea el pene. Que a sabiendas que tiene vida propia y toma sus propias decisiones, ha de ser un aliado y nunca una causa de derrota. Para que sea tu aliado, tienes que saber gobernarlo y estar por encima de él, porque si te dejas arrastrar por sus leyes, te vas a dar cuenta que solo es una, te vas a encontrar con que su única norma es estar a cubierto, dentro y en caliente… y si no sales de esa normativa, poco vamos a poder hacer por ti. Entre tanta búsqueda de la felicidad, tanto amor verdadero, tanto sexo y tanto instinto, todo conjugado en favor de velar por nuestros propios intereses como hombres (si, has oído bien: hombres), para aprender a auto-controlarnos y ser dueños y señores de “lo nuestro” y que no venga ningún listo o lista a comernos el pastel… aquí tenemos montado un cacao apoteósico.

LA MÁQUINA EXPENDEDORA DE LA FELICIDAD

 Digamos que por ejemplo estoy en la oficina y que es media mañana. Digamos que podría ser un día cualquiera, pero que por poner un día, pongamos que es lunes. Digamos que los motores están calentando, que ya ha despertado el gran público, y que entra la primera llamada. Hay que atenderla y la atiendo. Digamos que cuelgo el teléfono, y que al otro lado había una persona igual que yo, de la que solo conozco la voz y su nombre. Digamos que respiro hondo y que miro por la ventana porque estoy, pero no estoy. Digamos que fuera hace un sol espectacular, y que hace un buen día. No tendría por qué ser así, pero hace un día para estar en cualquier parte, menos en la oficina. Digamos que hay silencio y que todo está más o menos tranquilo. Tranquilidad interrumpida por esporádicas llamadas y correos electrónicos que entran, y que ponen el trabajo sobre la mesa, poco a poco. Digamos que sí, que es un día cualquiera, pero fuera sigue haciendo sol. Alguien se levanta para ir a por un café, y al pasar por mi puesto me pregunta:

EN ÉPOCA DE GUERRA, CUALQUIER AGUJERO ES TRINCHERA

 … o “patada al listón”, como se diría en mis círculos amistosos en confianza. ¿Habrá algún científico que se haya dedicado a medir la receptividad del varón medio a un polvo indiscriminado potencial? No sé, pero me temo que en hacer ese experimento de forma rigurosa y formal, se pueden consumir más recursos en material de pruebas, que lo que vale el beneficio de las conclusiones de semejante documento. Creo que este hipotético científico, para terminar antes el informe y poder presentarlo en un gabinete de “enteraos”, que agrupe por ejemplo a sanitarios, medios de comunicación, neofeministas, “politiqueros”, especialistas inciertos del “no sé qué” y demás sabiondos con gafas y cara de saber mucho… pues simplemente se limitaría a rellenar sus tablas, cumplimentando todas las casillas con el valor 100%. Con que ponga la foto de un sujeto cualquiera, por ejemplo su cuñado, que está inhabilitado socialmente para pronunciar la palabra “no” delante de su mujer, será más que suficiente.

TROPEZAR DOS VECES CON LA MISMA PIEDRA


 Un buen día te da por decir: No pienso tropezar dos veces en la misma piedra. Te has pegado ya un par de hostias, de las que dejan recuerdo. Ves la piedra, la ves a lo lejos y no te acercas. Pero tienes que seguir avanzando ¿qué haces? La rodeas mientras andas, sin acercarte… y para asegurarte de que no te vuelves a pegar un piñazo, te la quedas mirando mientras caminas y la pasas de largo. Cuando la pasas, sigues mirando atrás, no sea que te equivoques y sin querer te vuelvas a dar con la misma piedra: cosas que has jurado no volver a hacer. Sigues andando, mosqueado con no tropezarte y pendiente de la misma puta piedra ¿qué pasa entonces? De repente pierdes el equilibrio y estás en el suelo. Te has pegado un piñazo con otra piedra que no has visto, por estar pendiente de no darte con la anterior… y has acabado otra vez de bruces en el suelo. Esta parodia tiene su moraleja: por más que intentes no tropezar y caerte, ni los obstáculos desaparecen, ni las caídas tampoco.