LA LAGARTA: UN RELATO DE VECINDARIO DE “ANDAR POR CASA”

 Recuerdo de pequeño que teníamos una vecina a la que mi madre no podía ni ver. Vivía en el cuarto y nosotros en el quinto. Se refería a ella como “la lagarta”, asignándole además toda clase de apelativos adicionales, todos relacionados a menospreciador su físico y su valor como mujer, que según versión no era tanto  porque (palabras textuales) “enseñaba hasta lo que no tenía” y “no valía un duro”. No entendía por qué la llamaban así, ella y medio bloque. Tenía el pelo negro, corto, era morena de piel y la recuerdo con vaqueros, tirantes negros y siempre llevando muchas pulseras y con anillos de colores vistosos. No sabía a qué se dedicaba, vivía sola y aunque tenía la edad de mi madre más o menos, la recuerdo juvenil y siempre con una sonrisa puesta. Espera, que no se me olviden sus pendientes de aro.

A mi madre no le hacía ni puñetera gracia que mi padre coincidiera con ella en el ascensor, ni que mi hermano ni yo nos paráramos a hablar con ella, ni que mucho menos que yo me ofreciera a ayudarla con las bolsas de la compra cuando la veía cargada en el portal. Yo no lo entendía, era inocente por aquel entonces ¿por qué no me dejaba ayudar a “la lagarta” con las bolsas y en cambio a otras vecinas (señoras mayores o muy mayores) me premiaba por ello? En catequesis nos decían que había que ayudar a los demás y respetar a los mayores y yo me lo creía… así de simple. Me sentía bien haciéndolo.

Lo cierto es que ninguna de las escasas vecinas con las que congraciaba mi madre, me resultaban agradables, entretenidas o dignas de mención. Eran vecinas a evitar, empeñadas en cortar trajes ajenos y radio patio. Mi madre no era tan vieja como ellas, ni mucho menos pero debía ver en “la lagarta” una rival directa. Vamos, que en el bloque eran todas unas viejas cotorras amargadas, deseosas de juntarse en el rellano para poner a parir y a criticar a esta vecina, o a cualquier otra que hubiera faltado a la convocatoria. Pero con ésta se ponían siempre todas las brujas de acuerdo. Ellas sí que eran unas lagartas malas, malas… unas “reptilas” les diría a todo ese cementerio ambulante de cotillas malignas envidiosas. Y es que está comprobado que…

LA MUJER ES EL PEOR 

ENEMIGO DE LA MUJER

 Pues esta  vecina al menos para mí, siempre tenía una sonrisa, me llamaba por mi nombre sin emplear diminutivos y cuando me la encontraba, me preguntaba por “el cole”, por el entrenamiento, por las notas… y si iba cargada, cuando le cogía todas las bolsas de golpe (ya podían pesar lo mismo que yo, que era pequeño pero tenía mi orgullo) me decía: –¡Menos mal que estás siempre para sacarme de los apuros!- Y más si los hubiera, desde luego. Con esta mujer me daban ganas de crecer de golpe. Es más, ojalá fuesen todas como “la lagarta”, que como recompensa siempre me daba un beso y/o alguna golosina que tenía que consumir antes de entrar por la puerta de casa para no tener que dar explicaciones.

Una vez, “la lagarta” me quiso dar cinco duros de propina (25 pesetas de la época)… ya ves, menuda fortuna ¿eh? Que por su puesto me negué a aceptar por dos razones: la primera, porque prefería el beso; y la segunda porque si me pillaban una moneda que no me hubieran dado mis padres, me iba a caer la bronca madre (que no padre) que era la que me daba más miedo por su implacabilidad. Tenía prohibido aceptar dinero de nadie. Ese día le dejé las bolsas hasta la cocina, y ahora que lo pienso, ojalá me la encontrase como vecina estando ella como estaba y estando yo como estoy ahora, para dejarle algo más que las bolsas sobre la mesa de la cocina: una vez, otra vez y otra… y las que hiciera falta ¡dios que tía!

Ese día tuve tan mala suerte, que mi hermano pequeño (aquel destinado a hacerme la guerra por condición) bajaba por las escaleras y me vio salir de la casa de la vecina. Antes que pudiera decir ni mu, y con el firme objetivo de acusarme siempre de algo para ganar el favor de mi madre, se dio la vuelta el muy (…) y fue corriendo a chivarse. En fin, hermanos pequeños y sus cosas… Cuando ya estaba entrando por la puerta de casa con el beso pintado en la cara que me había dado la vecina “por galán”, mi madre ya me estaba esperando puesta en jarras. ¿Cuál fue mi castigo? Me prohibió saludarla, hablar con ella, mirarla si quiera y todo lo relacionado con “la lagarta” pasó a ser tabú en casa.

HABLAR O REFERIRSE A 

LA VECINA QUEDÓ PROHIBIDO

 Mi hermano pequeño parecía complacerse al fondo de la habitación, mientras me caía la bronca y mis ojos se ponían rojos como tomates al llorar. Mi padre para variar, agachaba la cabeza sometido a las órdenes domésticas de mi madre quien ejercía el matriarcado en todo su esplendor. Porque sí queridos amigos, yo sí sé lo que es el matriarcado… y no es ninguna panacea. Yo nunca me daría por rendido y más, cuando sabía que no había hecho nada malo (y menos la vecina), a pesar de que en la bronca me caían perlas como –¿No te das cuenta que eres un menor? Que no te puedes meter en casa de extraños, que te pueden hacer cualquier cosa… ¡te pueden drogar y hacerte “cosas”!- Claro, claro… y las otras viejas no ¿verdad? que pellizcaban mi carne como si fueran buitres alimentándose de los restos de una cacería. Ese día quedó bien claro, que mi madre le tenía miedo a esa mujer.
                   
El tiempo fue pasando, yo fui creciendo y como siempre, de vez en cuando me seguía cruzando con ella. La saludaba, claro… pero con la boca pequeña, hasta que un día me preguntó con una sonrisa –¿Todavía estás castigado por mi culpa?- Asentí y agaché la cabeza. Ya era casi tan alto como ella y los granos habían aparecido en mi cara de forma virulenta, con un acné del que no me quiero ni acordar y que me tenía muy acomplejado. Por aquella época, me dedicaba a entrenar, a los estudios (siempre sacaba buenas notas), iba a la academia y escuchaba Nirvana a todas horas. Mi vida social no existía fuera de esas actividades, aparte que tenía que salir siempre con mi hermano para vigilarle, el cual gozaba de muchos más privilegios con su edad, de lo que yo tuve en su momento… y naturalmente él pasaba de mí y hacía lo que le daba la gana porque ya me llevaría yo la bronca.

Me gusta la música que pones- me dijo la vecina –¿qué grupo es?-Nirvana y The Offspring-, respondí en voz baja sin levantar la cabeza, porque no quería que me viera el maldito acné que hacía estragos en mi cara. Supongo que se dio cuenta, porque no pasaba desapercibido, tenía la cara hecha polvo –Ay qué pena… con lo bueno y responsable que eres, ya verás como en pocos años te cambia el panorama- No sabía que responder –Voy a estudiar- dije huyendo de la escena. Fui corriendo a casa y aprovechando que mi hermano estaba viciado con la videoconsola en el salón, me encerré en la habitación y acordándome de lo que me dijo la vecina, puse el Never Mind subiendo el volumen sabiendo que ella lo oiría. Tenía que hacer los deberes y después ponerme a estudiar geología (un plan apasionante si te quieres deprimir).

Me senté en mi escritorio pero no me podía concentrar. Escuché el ruido de tirar de unas cuerdas de tendedero del patio, me levanté y me asomé por la ventana. Era mi vecina que estaba terminando de recoger la ropa y me vio asomar la cabeza. La saludé con la mirada y ella simplemente sonrió y se metió para adentro antes de que le pudiera hacer más gestos. Me quedé apoyado por si la volvía a ver y subí un poco más la música aprovechando que mi hermano estaba en su mundo. Podía ver desde arriba como la vecina estaba dando vueltas en la habitación, supongo que ordenando sus cosas. Subí aun más el volumen porque quería que ella se asomara. Tenía su ventana abierta de par en par y se oía perfectamente. Surtió efecto y esta vez miró haciéndome un gesto señalándose el oído. Me puse contento.

Ella también se apoyó y empezó a gesticular mientras yo solamente la miraba y sonreía. Se me quedó mirando fijamente y me hizo un gesto como que me quedara allí y no me moviera. Miró a su ventana de enfrente, arriba, a la izquierda y a la derecha, dio unos pasos hacia atrás y se quedó quieta. Agachó la cabeza por debajo del umbral para asegurarse de que seguía allí y cogió una silla. Yo tenía los ojos como platos. Se sentó y mirándome se quitó los zapatos, jugando con los pies moviéndolos de un lado a otro. De allí no me movía ni un terremoto. Se volvió a quedar quieta, supongo que esperando mi reacción, mi cara de asombro, mi… mi…

cara de gilipollas 

adolescente…

… que no esperaba que “la lagarta” tuviera ganas de marcha. Sin moverse de la silla se quitó los vaqueros dejándolos en el suelo, y empezó a acariciarse las piernas, dedicándome las caricias. No sé qué gracia podía tener para ella hacer este show, pero supongo que a su manera de verlo, se trataba de “un regalo para ese pobre chaval” comido por los granos y que todavía estaba castigado por ser amable con ella, por su madre a la que supongo ella ignoraba a estas alturas de vecindario. Y parecía que la cosa se iba a poner a mayores, no quería ser interrumpido. Le dije que esperara con un gesto y corriendo fui a la puerta de mi habitación cerrando por dentro para que nadie entrara.

Volví y ella puso cara de sorpresa ¿Cómo me iba a ir y a perderme esto? Le hice un gesto con la mano diciéndola que había cerrado la puerta, movimiento exageradamente los labios como si hablara pero sin hablar. Bajo mi pantalón había algo que pedía salida, sí… eso mismo. Se desabrochó una camisa a cuadros que llevaba puesta, poco femenina pero daba igual: más femenina que esa mujer en mi universo no había ninguna. Se la dejó desabrochada y se levantó de la silla apartándola y quedándose en el sitio. No llevaba sujetador. Jugaba a quitarse la camisa sin llegar a quitársela, y yo ya estaba calculando el salto que tenía que dar para llegar de una ventana a otra.

Podía ver sus piernas, sus bragas y los extremos su camisa desabrochada que no terminaban de caerse al suelo… hasta que se cayeron por completo dejándome que la viera en topless. Me miraba con cara de seguridad mientras acariciaba sus pechos, y terminaba por tirarme un beso antes de desaparecer. A partir de ese día, la música iba a sonar muy muy muy alta. ¿Qué iba a hacer yo? Un regalito para un mandril adolescente que se acababa de levantar el castigo. Dos días más tarde, me la volví a encontrar en el portal como tantas otras veces después de volver de la academia ¿y qué hice? Pues lo que tenía que hacer: llevarle las bolsas hasta la cocina.

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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