TREINTA Y TANTOS Y CUARENTA Y POCOS

 Acabo de cumplir años y esta vez parece que me ha pesado más que las anteriores. Sin querer podría decir, me han pasado muchas cosas por la cabeza: he pensado en lo que tengo hecho y ganado a día de hoy, he pensado en mi padre y he pensado en mi abuelo al que ya perdí. He pensado sin saber acertar demasiado, como será mi vida de aquí en adelante, aunque no puedo predecir el futuro. Suelo hablar con mi padre, que siempre me apoya y que dice sentirse muy orgulloso de mí. Yo miro su vida y miro la mía: siendo honesto, creo que yo si tengo motivos para sentirme orgulloso del trabajo que ha hecho mi padre por su familia, muchos más y más reales, materiales y palpables, de lo que pueda significar para él su orgullo de padre hacia mí.

Si hay algo que he de decir de él, es que siempre ha sido incondicional. Creo que es la palabra que mejor le define. Quizás a ojos del mundo su vida no haya brillado demasiado, y haya sido un españolito más de a pie, pero gracias a él y a mi madre hoy estoy aquí, ni más ni menos que haciendo lo que puedo, aunque siempre se puede hacer más. Él es el tipo de hombre que siempre ha dado más, se le valorara o no: es lo que más admiro de él y si en algo quiero parecerme a mi padre es en esto, en su forma de amar. Cuando sea “mayor” quiero ser un hombre de garantías como lo ha sido siempre él.

No puedo evitar comparar su vida y la mía. Con mi abuelo me cuesta más, ya que tengo que imaginar y abstraer, pero con él me resulta más fácil porque recuerdo perfectamente a mi padre con la edad que yo tengo ahora. Lo que más nos ha podido diferenciar, es que él tuvo que madurar mucho antes y ponerse manos a la obra con la opción que decidieron tomar mi madre y él: tenerme y arrear como fuera cuando de pronto aparecí. Yo he podido permitirme el lujo de formarme, de vivir más para mí, de elegir qué quería hacer con mi tiempo y con mi vida… no he tenido que responsabilizarme de nadie. No me han dado caprichos, pero sí medios. He podido emanciparme a una edad temprana, precisamente porque antes me han ayudado en todo y a tiempo.

Ahora, de cara al mundo veo cómo cada vez se madura más tarde, cómo cada vez tiene menos peso la responsabilidad y más la reclamación, cómo cada vez te encuentras más con niños y niñas de veintitantos años, que saben utilizar un smartphone pero que no saben hacer la declaración de la renta, ni tomar una sola decisión por sí mismos, ni resolver un problema a nivel personal, imputándolo “a la sociedad”. No hay vagón de cola. Ahora se busca a quién cargar con la culpa, la indemnización y la compensación antes que asumir la responsabilidad propia sobre la vida de uno mismo. En vez de poner medios para capacitar, se busca a quién se le puede echar la culpa para justificar que no se vale para hacer nada útil en el mundo que nos rodea. Si bien la edad legal de mayoría de edad sigue siendo 18 años, ahora…

LOS 30 SON LOS NUEVOS 18 AÑOS

Los que tenemos ahora treinta y tantos o cuarenta pocos, vemos que detrás nuestro ya no hay nadie quien pueda tirar del carro para que esto marche… y si bien hemos tenido más opciones que nuestros padres, intentamos aprovechar esa oportunidad “como nos dejan”. Y muy probablemente tengamos que estar forzando la máquina sí o sí hasta el final, porque no tenemos en quien delegar el motor que hace que la cosa funcione. Al menos yo no veo relevo. ¿Qué oportunidad podemos darles a los que vienen detrás, más que la de ser unos esclavos inútiles e incapaces?  La madurez es una opción que han de tomar ellos mismos… y parece que no renta ser maduro a día de hoy, porque eso implica asumir responsabilidades y aquí ni dios quiere ser responsable de nada. Y no, no puedes decir “que no te dejan”, porque esa opción es personal, individual e intransferible. Es una decisión, no es una nómina.

No puedo reprocharle nada a mis padres, más bien todo lo contrario, porque si me equivoco yo, soy yo el que se equivoca. Ellos ya han hecho todo lo que podían hacer por mí, y si bien los treinta y tantos que tengo ahora, no son los mismos treinta y tantos de mi padre, me da miedo pensar en los treinta y tantos que pueda tener un hipotético hijo mío si algún día lo tengo. Como padre tendré que capacitarle, pero la decisión de madurar solo le corresponderá a él. Si no hay hijos, al menos y según tengo insertado en mi disco duro, mi vida tendrá que servir para algo, si no ¿para qué? Son cosas que me han estado pasando por la mente últimamente… será “la crisis de los treinta y tantos previa a la crisis de los cuarenta”. Algo así como un bueno… ¿y ahora qué?

No sé si algún día podré estar a la altura de todo lo que se me ha dado, para eso supongo que estarán para juzgarlo las personas a las que quiero, ya que si tengo que rendir cuentas con alguien, debe ser hacia ellas. También juzgarán las personas a las que no amo, o quizás que ni si quiera conozca… uno nunca sabe si su vida realmente sirve para algo hasta que le da uso y vocación de servicio, eso sí lo tengo claro. Pero para hacerlo bien hay que desprenderse de varios kilos de orgullo y necesidad de reconocimiento, y quizás sea eso lo más difícil (o no), esa renuncia para la que desde luego sí he tenido dos buenos modelos en casa. Si me equivoco, me equivocaré yo, pero si acierto, acertaré también yo.

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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