TROPEZAR DOS VECES CON LA MISMA PIEDRA


 Un buen día te da por decir: No pienso tropezar dos veces en la misma piedra. Te has pegado ya un par de hostias, de las que dejan recuerdo. Ves la piedra, la ves a lo lejos y no te acercas. Pero tienes que seguir avanzando ¿qué haces? La rodeas mientras andas, sin acercarte… y para asegurarte de que no te vuelves a pegar un piñazo, te la quedas mirando mientras caminas y la pasas de largo. Cuando la pasas, sigues mirando atrás, no sea que te equivoques y sin querer te vuelvas a dar con la misma piedra: cosas que has jurado no volver a hacer. Sigues andando, mosqueado con no tropezarte y pendiente de la misma puta piedra ¿qué pasa entonces? De repente pierdes el equilibrio y estás en el suelo. Te has pegado un piñazo con otra piedra que no has visto, por estar pendiente de no darte con la anterior… y has acabado otra vez de bruces en el suelo. Esta parodia tiene su moraleja: por más que intentes no tropezar y caerte, ni los obstáculos desaparecen, ni las caídas tampoco.

¿Te suena? A mí me suena y mucho, y con esta paradoja de terminar en el suelo precisamente por no querer caerme, me tengo que sermonear a mí el primero, en un discurso frente a un espejo, que nos refleja a muchos. Y como no soy nadie para decirte lo que tienes que hacer por ser yo el primero de los pecadores, te diré que sigas leyendo (si quieres) por si puedes aprovechar algo. Yo desde luego, pienso hacerlo. Como ves que si sigues avanzando, corres el riesgo de caerte, y no quieres volver a acabar en el suelo, decides no andar. Vale, es una opción: Pues no ando y que se joda el mundo. Y al poco de estar quieto y oculto en tu guarida, pones la TV y ves que al mundo le da exactamente igual esa opción que has tomado. La vida sigue y al único que le afecta esa renuncia a esconderse para “no mancharse” es a ti.

Vaya, pues visto que el mundo sigue girando y que esa venganza de renuncia, no es tal… igual hay que plantearse el tema de otra forma ¿no? Igual hay que aceptar ya de una vez por todas, que estar en el mundo implica ensuciarse, por el mero hecho de estar en él… y que inmaculadas y sin tacha, no quedan almas sobre la faz de la tierra, que no lleven encima alguna herida o alguna cicatriz. A todos nos gusta el material nuevecito y sin tocar ¿verdad? La cuestión es si esa ausencia de error que le pedimos al otro o a la otra, somos capaz de llevarla nosotros mismos a cabo. Como la respuesta es no, que no somos capaces, y que el error va implícito en la condición humana ¿por qué le exigimos al otro que no se equivoque nunca y que no nos joda la vida? Es fácil: no queremos del otro, lo que no soportamos de nosotros mismos.

Y NO QUEDA MÁS REMEDIO…

… que convivir con  aquél o aquella, al que consideramos “el enemigo”, que no es tal. Todos manchamos, todos ensuciamos y nuestra mierda huele mal como la de todo el mundo. Si aceptamos esto, y no nos consideramos mejores que nadie, las piedras con las que te encuentres por el camino serán más pequeñas y no habrá tanto obstáculo, ni tanta caída. Uno se cae, cuando está pendiente de no caerse. No deja de ser jugar a no perder. Lo más difícil de todo, aceptar la miseria propia, pero cuando la aceptas la de los demás no te parece tan grave, ni tan obstáculo a evitar. No es que sea una conversación frente al espejo triunfalista del conformismo, es que el capital humano en gran medida, es error y miseria. Dejaría de ser miseria, si dejáramos de considerarla como tal, porque forma parte de nosotros. Con el barro, con el que uno se mancha, también se hacen ladrillos.

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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