EL COMEDOR DE COÑOS: DAÑOS COLATERALES

No puedo aguantarme más. Creo que voy a montar un número en el vagón. La chica que estaba sentada a mi lado se ha levantado, se ha cambiado de sitio. Ha debido ver alguna de las imágenes del libro que ahora mismo tengo entre las manos. No puedo parar de reírme, intento contenerme pero no me controlo. Me estoy riendo solo en pleno vagón, como los locos. La gente que está cerca me mira raro, se me ha caído el libro al suelo y ha quedado abierto –Valiente  hijo de puta, tenías que quedarte abierto justo por la página chunga- Ha quedado claro, ahora creerán que soy un pervertido, me señalarán con el dedo, murmurarán, me juzgarán, sentirán morbo, curiosidad, criticarán entre cuchicheos toda la basura que se les ocurra. Porque no, no lo he forrado con papel de regalo, ni le he puesto una página de periódico en plan Classic, no… han visto el título del libro, no hay lugar a dudas, si no, no pondrían esas caras de juicio. Lo pone bien claro: EL COMEDOR DE COÑOS de Rafael Fernández.

Voy de camino al trabajo, estoy en el tren de cercanías a la altura de Príncipe Pío y ya se ha liado parda en el vagón. Nadie dice nada, pero se ha abierto un hueco enorme cuando he empezado a soltar carcajadas. Es lunes, son las 07:40H de la mañana, la gente está callada, medio dormida. Están de mala hostia porque no han debido follar este fin de semana, llevan puestos los cascos, los e-books, obsesionados con el Whatsapp tratan de llenar ese espacio que todos recorremos un lunes de mierda como hoy, para llegar al punto donde estaremos todo el día produciendo en un Matrix despiadado. Les he dado de qué hablar, parece que algunos borregos han despertado de su letargo de camino al matadero. Los que se han dado cuenta fingen no darse cuenta, pero no pierden detalle al ver las caras que pongo con el libro en mano.

Cerca de mí, hay un tío que huele a vino. No son ni las ocho de la mañana de este lunes apocalíptico y frío, y en cambio nadie se alarma por ello. ¿Es normal acaso? ¿oler a vino tan temprano dentro de un vagón lleno de gente? No, no lo es, pero los borregos prefieren cuchichear acerca de lo poco que han podido ver. Han visto la palabra coño –¿Cuál?- Coño, coño, coño, coño, coño… ¡COÑO! Por cosas como estas es por las que sé que la gente no folla. Como un subhumano más, dentro de ese vagón de transporte de ganado, intento disimular mientras retomo la lectura. Otra cagada de Sigmundo, primero arriba en la gloria y al poco en la mierda más absoluta. Intento contenerme, aguantarme: no la quiero liar como la he liado hace un momento. Todos los que antes cuchicheaban, se han bajado en Aravaca, pero ahora la tía que tengo justo delante y que se ha subido en Pozuelo, me recuerda muchísimo a una tía que sale en el libro.

Tiene toda la pinta de pija pseudo-malaseñara, de estas que van de alternativas pero que o viven en una urbanización o de sus padres o ambas dos. Irá a la universidad, frágil, mona y quebradiza. Debe ser hija de algún gordo cebado acomodado, casado con una rubia perfil tipo “Pozuelo”. Las hay tipo Boadilla, tipo Majadahonda, tipo Las Rozas… Sí, del tipo de mujer que no trabaja, y se pasa toda la mañana con la Visa cometiendo atentados al crédito. Y cuando no calzándose a cualquiera de sus monitores de gimnasio, masajista o fisio, mientras su marido abogado, un pureta de cabeza porcina y pelo graso engominado, hace chanchullos para gente que quiere evadir impuestos. Estas mujeres tipo “rubia de urbanización”, enseñan a sus hijas a sobrevivir para que desde pequeñitas, lleven bien grabada la lección y sean fieles réplicas de sí mismas: siempre han de estar adosadas a alguien que pague y las mantenga. Pues ésta que tengo delante, es un embrión de rubia tipo Pozuelo, pero en fase de crisálida “alternativa”. Tiene pinta de tener un cortejo de pagafantas, un novio titular y un par de rolletes a lo “tío la mar de guay que se parece a Macaco”.

Absolutamente impasible, autista conectada a su smartphone de última generación, su mirada dibuja una aspiradora de dinero y atención, que algún pringao como socio mayoritario, o varios compradores de obsequios, estarán pagando gustosos con la esperanza de meterse en alguno de sus agujeros. Intento concentrarme en lo mío, en pasar olímpicamente, pero se parece demasiado. Tengo la sensación que bien podría ser ella, o su fotocopia. Me pilla mirando, me descojono. No puedo parar por dios. Me mira como quien tiene miedo de un loco. Hay menos gente en el vagón y es más descarado. El tío que huele a vino sigue igual, ni pío. Va grogui hasta Torrelodones o más lejos. Escondo mi cara tras EL COMEDOR DE COÑOS de Rafael Fernández, para que no se me note. Ella no sabe en qué estoy pensando, se empieza a tocar el pelo nerviosa. Nunca se ríen de ella, no concibe esa idea, no entra en el esquema. Debe pensar que ha fallado en algo en su inmaculada imagen, que le han pegado un chicle, que tiene un moco en la cara… No, no es nada de eso: la he cazado. Solamente es eso. Sé cuál es su juego, eso es lo que me hace reír. Me dan ganas de levantarme y darle un billete de 50€. Es instintivo, no puedo evitarlo. Tengo ganas de darle dinero a esa chica: es un acto reflejo. Sus ojos son una aspiradora de billetes. Pero espera, no llevo encima un billete de esa cantidad. Mejor me estoy quieto. Miro para otro lado.

Mi cara debe estar roja, más roja incluso que la del tío que huele a vino a cuatro metros de distancia. Sigue sin moverse, va de pie pero tiene los ojos cerrados. No se tambalea, no tiembla, no habla… Los borrachos dicen cosas que después no recuerdan, pero este ejemplar es un borracho del este de Europa: son hombres de otra madera. Si hace frío, beben alcohol. Es algo tribal, cultural e indiscutible. En sus países de origen, tener resaca es motivo de baja laboral legal.  Llegará a la obra con el automático, aunque ni si quiera recuerda que se ha levantado por la mañana. Me da miedo, imagino que en cualquier momento despertará y querrá saber en qué estación está. Soy el que está más cerca, tengo todas las papeletas de que sea a mí a quien pregunte. Si no le entiendo, cosa que es bastante probable (no sé cuál es su idioma, pero estoy seguro de que no lo hablo) puede arrancarme la cabeza, solo como calentamiento antes de fichar y volver a hacerse uno con el medio.

El imprevisto no tarda en ocurrir: aparece un inspector de RENFE acompañado por dos agentes de seguridad. Va pidiendo el billete flanqueado por ambos, por si alguien se pone tonto: es primero de mes, es normal. Hay gente a la que se le olvida comprar el abono el día de antes, y con las prisas por llegar al trabajo, prefiere colarse. Siempre pillan a alguno y así pueden poner una multa. Ahora sabré por fin si el tío que huele a vino está vivo o muerto. Asiento tras asiento, todos los borregos cumplidores hemos fichado correctamente. Llega el turno de Baco, el hombre del este de Europa que no se mueve. El segurata que podemos llamar poli malo le da en el hombro: el Cracken despierta de su letargo. El inspector le pide el billete, y sin que haya heridos, dócilmente en silencio, saca su abono transporte reglamentario, lo muestra y vuelve a mimetizarse con el vagón: las apariencias engañan. El olor a vino pasa a un segundo plano, se trata de un ciudadano ejemplar.

Llega nuestro turno, por supuesto el segurata poli bueno va a por la hippie fina de Pozuelo, sonríe, se pone en jarras, se peina las cejas, tiene una erección, se aguanta un cuesco… todo debe ser perfecto. El inspector se pone picho, aumenta un tono grave la voz, se peina con la mano, pone cara de profesional, de soldado de fortuna, de aquí mando yo… El inspector se parece a Machete (Dani Trejo), pero con el pelo corto. Lo cierto es que si no fuera de traje gris RENFE y llevase esa corbata corporativa, podría pasar por un ladrón de bancos mexicano. El segurata poli malo, hace los coros a la playmate alternativa de Pozuelo, y me mira de reojo para que no me escape de enseñar el billete. Hace un siglo que saqué el abono para enseñarlo, pero no existo. En una mano tengo EL COMEDOR DE COÑOS de Rafael Fernández, y en la otra el abono transporte bien visible. Me he levantado y he empezado a ondearlos como si de banderas blancas en una pista de Fórmula 1 se trataran, pero la chica va primero, y estos tres pollafueras necesitan babear. Si se aguantan la baba dentro, puede ser que exploten.

La minirubia universitaria con cara de tener página propia en Chaturbate, primero se pone blanca, después abre su mochila lanuda con una chapa del Ché Guevara, busca dentro, revuelve, fuerza una sonrisa tensa y enyesada… saca el abono. A su alrededor huele a erección y no está sacando nada a cambio (eso no entraba en el contrato, su madre no la previno para esta situación. Su madre solo le habló desde la posición dominante). Su abono transporte, es el del pasado mes ¡bingo! La pija buenorra de Pozuelo se ha colado en cercanías. Si ahora mismo asomara por ahí Esperanza Aguirre, la fulminaría con un rayo paralizante. Muestra tímida su abono, el inspector Machete se siente fuerte, se siente más macho que nunca, se siente con poder. El segurata poli bueno va a decir algo, pero el inspector Machete con un gesto de autoridad, como quitando importancia, parece despreciar la infracción. El poli malo no llega a acercarse tanto como para intervenir. Yo sigo bailando sevillanas, subido al asiento, gritando y haciendo señales de humo con una fogata, para llamar su atención, enseñarles el abono y poder continuar con mi vida.

Sus erecciones han nublado por completo su perceptiva visual y su entendimiento. Toda la sangre ha bajado y se ha concentrado en un solo punto. La rubia pija alternativa entonces sabe que si sonríe y pone cara de niña buena (prometiendo una felación potencial con la mirada), no la multarán –Perdone, lo siento… no me ha dado tiempo a comprar el abono y llegaba tarde a la universidad- La erección del inspector Machete es comprensiva, piadosa, es como… como Jesucristo, pero en versión pene humano. Farfulla un poco, y le sigue la corriente –A ver ¿qué te ha pasado?- Si no fuera por el arma de su entrepierna, parecería que está hablando con su nietecita –He estado en casa de mi abuela de fin de semana, y me acaban de traer. No me ha dado tiempo¡perdon! No lo volveré a hacer- ¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeé? ¡Mientes pedazo de puta! (me aguanto el grito que arranca desde lo más profundo de mi ser). Tengo que ponerme un candado en la boca ahora. Juraría que he visto a esta zorrita de universidad privada, conectada este finde 48 horas seguidas en Chaturbate, untada en aceite, con un número de un vibrador de dos cuerpos. Sé que es ella, lo sé. Lo juraría en un juicio en el que dependiera mi vida sobre EL COMEDOR DE COÑOS de Rafael Fernández. Si eso lo hace en casa de sus abuelos, es que su abuelo es Hugh Hefner.

Ahora sí que no puedo más. No echo una carcajada, pero bufo y rebufo. Se me oye. Me echo las manos a la cara, veo qué es lo que pasa cuando una mosquita muerta con cara de webcam porno, pone voz de niña buena y mirada del gato de Shreck. Si me pillan a mí sin billete, esto es lo que sucede: me rodean, me piden que me levante, me empujan, me cachean, me hacen bajar en la siguiente estación, me ponen una multa reglamentaria de 20 veces el importe del billete sencillo, avisan a la policía para poner la denuncia, y de milagro no me llevo una hostia. Me siento indignado, bufo y rebufo de nuevo más alto que antes. Me oyen hacerlo. Me miran con cara amenazante. Les enseño por enésima vez mi abono ignorado hasta entonces, para que lo supervisen y se larguen. Soy un ciudadano ejemplar, un subhumano de gama alta, un trabajador por cuenta ajena que cotiza. Los niños pequeños, quieren ser como yo. El inspector Machete, me mira con desgana. La pija de Pozuelo respira aliviada, no ha tenido que llevarse ningún pene a la boca gratis (su madre sin saber lo que ha pasado, lo celebra, esto equivale en su idioma a ganar 1.000€).

Ya sé que me ha visto el abono transporte, pero le quiero joder por capullo. Lo acerco forzado a sus manos para que lo coja y lo revise, para que el inspector se gane el sueldo, para que los seguratas justifiquen su presencia allí. Soy un emprendedor nato: les estoy dando trabajo. En cuanto el inspector lo coge con pereza, para cerciorarse que en efecto soy un ciudadano ejemplar… Suelto por fin la carcajada. Me río en su puta cara, no puedo parar, se me vuelve a caer el libro al suelo, me doblo, creen que estoy loco. El poli malo flipa, me mira con cara de que en cualquier momento va a golpearme. El poli bueno no se atreve, es un pin-pin, debe ser el hijo del jefe. Lleva una porra con la bandera de España. Yo también soy español, y en un año he cotizado más que estos tres tíos juntos en toda su vida. Me he ganado el derecho a soltar esta carcajada pública y notoria. Les estoy llamado mierdas a la cara sin articular palabra. La rubia no sabe dónde meterse, cree que soy Jack Nicholson en El Resplandor. El tío que huele a vino sigue inmóvil, pero en el fondo está conmigo. Lo sé.

Me devuelven el abono. Recojo el libro del suelo, que se ha vuelto a abrir por una página inconveniente. La pija hippie de Pozuelo lo ve, siente pánico. Los tres mosqueteros de cercanías, abren los ojos como platos. Se quedan expectantes, no saben si soy un loco, un pervertido, un genio o las tres cosas juntas. Ya nada importa, creo que la situación lo merece. Le enseño el libro al inspector, lo coge, lo examina con asombro… He cometido un error grave. Ahora podrán aporrearme en la cabeza con EL COMEDOR DE COÑOS de Rafael Fernández y dejarme medio muerto. Cuando venga Telemadrid a cubrir la noticia, esto es lo que pasará: la rubia universitaria del Chaturbate, dirá que yo era un pervertido de cercanías que la acosaba visualmente; los seguratas poli malo y poli bueno, dirán que la defendieron de mí, y les prorrogarán tres meses el contrato… y el inspector  de cercanías, habrá coordinado la acción y habrá tomado las medidas oportunas para que este tipo de situaciones, no vuelvan a ocurrir. ¿Y yo? ¿qué pasa conmigo? Nadie sabrá nunca la verdad, solamente tú ahora que te la he contado.

Un relato de Miguel Lázaro, basado en la novela EL COMEDOR DE COÑOS, con el permiso de Rafael Fernández.

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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