EL DIABLO NO DESCANSA EN DOMINGO - capítulo IV

Yo siempre cumplo mi palabra- me dijo Al Pacino, sacándose un cohíba de la chaqueta –Pero ¿eres Lucifer de verdad o solo eres una alucinación insana producto de mi vida sedentaria? Por cierto, aquí no se puede fumar, ni aquí ni en ninguna parte- Lucifer, olió con deleite su cigarro y sacando un zippo de oro grabado con mi nombre, me respondió –¿Y a quién le importa una cosa u otra?- Yo siempre he querido un mechero así, es algo que nunca le he confesado a nadie. Este tío me conocía bien, había estado observándome desde dentro –Me gusta tu zippo- dije con sinceridad –¿Lo quieres? Si lo quieres, es tuyo. Te lo regalo-. Encendió su cohíba con clase, y dejó el mechero sobre la barra. Al alcance de mi mano, solo tenía que alargar la mano y cogerlo –Cógelo, no temas. Es tuyo- –No me fío de ti. Si en verdad eres el demonio, sé que nunca regalas nada- Sonrió con poderío, mientras la jefa le ponía enmarcado, su café irlandés en una taza transparente de dos plantas. Una obra de arte, digna de ser fotografiada para un catálogo de hostelería. Desde luego, era un café para Al Pacino. Dejó su billete de 100€ en la barra, para que Yanina, la jefa de las camareras lo recogiera con una mezcla entre deseo y sumisión.

–Yo nunca miento ¿ves? Es fácil. Ella ya es feliz con esa propina. Lo que digo, lo hago ¿acaso ese no es tu lema? ¿no te jactas siempre de cumplir con tu palabra querido amigo?-
–Sí, pero no tengo que comprar a la gente para que me miren a la cara- respondí con desprecio –si así fuera, prefiero que ni me miren-
–¿No estás cansado ya de ir contra todo?- me respondió con un tono amigable y comprensivo.
–Sí, la verdad es que sí. Estoy muy cansado… realmente cansado. Como verás, yo tampoco miento-
–¿Ves? Tú y yo, no somos tan distintos. Ambos decimos siempre la verdad, y ambos somos hombres de palabra. Hoy domingo, cuando has salido de casa a por tabaco, he sabido que tenía que ir a verte-
–¿No descansas en domingo?-
–No, el diablo no descansa en domingo. Nunca me tomo un día libre. Y menos hoy, el día en el que ÉL sí descansa-
–¿Ah sí? ¿Y por qué tenías que verme a mí en concreto?-
–Porque me duele verte así. Veo que has elegido el camino difícil. Veo tu soledad, veo lo que sueñas, lo que deseas y tu duro trabajo día tras día, para el que nunca llega recompensa-
–Alguien tiene que hacerlo-
–Me caes bien, me recuerdas mucho a mí antes de que me mudara a Nueva York. Yo también trabajaba duro, pero para triunfar y que se reconociera mi mérito, tuve que dejarlo todo y montar mi propio negocio por mi cuenta-
–Ya sé yo, cuál es tu negocio. No me interesa-
–No te pongas así hombre, y menos antes de escuchar mi propuesta. Relájate. Estás tenso, siempre estás tenso, rígido y enfadado. Como sigas así, un día de estos te va a dar un infarto-
–Lo tengo asumido-
–Siempre a la defensiva ¿crees que te estoy atacando?-
–Sé que vienes por mi alma, ya lo has intentado otras veces… pero siempre he escapado-

Al Pacino volvió a sonreír, dejando escapar esta vez una pequeña carcajada. Hizo un círculo con el humo del puro, ante el aplauso  de las camareras del Café, en aquel instante monjas borregas de su causa satánica: quedarse de una vez con mi alma –Si, veo que te has dado cuenta. Pero esta será mi última visita, quiero que lo sepas. Y si no aceptas ahora, tarde o temprano serás tú mismo, quien sumido en la infelicidad y la desesperación, me busque- afirmó Lucifer con seguridad –entonces, tu alma me saldrá barata- sentenció. Pensé en cada vez que he tenido un momento de soledad, un momento de desánimo, de dejarlo todo, de rendirme, de optar por el camino fácil y seguir la rueda…  por la amenaza de conformarme con una vida sumida en pagar facturas, matrimonio, hipoteca, por dejar de escribir y de no tener ni buscarme más problemas por hacerlo, guardando silencio y obediencia, sin sacar a mi verdadero yo para allanarme el camino: el camino del cobarde, del borrego, de quien tiene miedo a la soledad en la vejez… cada una de esas tentaciones las he sufrido y las sufro a diario. Sé que nunca escaparé de ellas, y que siempre me perseguirá allá donde vaya. Sé que mi vida sería más fácil, solo tendría  que callarme la boca, y asentir a la normativa de este mercado donde las personas ya no se aman de verdad,  y donde solo intervienen planes e intereses. Lo sé, y sé a ciencia cierta, que si ha venido a buscarme, es porque es su último ofrecimiento.

–Me da igual lo que vengas a ofrecerme. No he caído antes… y no caeré ahora-
–No seas tan rápido en palabras querido amigo, mira antes lo que he venido a ofrecerte. Tengo tu felicidad dentro de este maletín- Y apoyando su elegante Prada Milano, lo abrió sobre la barra con una enorme satisfacción. Yo estaba escéptico, apenas había tocado el café que debido al calor debía seguir hirviendo. El zippo de oro seguía tentador, dejado como si tal cosa sobre la barra, a mi alcance. Pero no lo cogería, solamente quería que esto terminará ya. Entonces, Al Pacino, con una enorme seguridad en sí mismo, sacó una fotografía de su maletín, una foto que hizo que mi cara se quedara blanca como el mármol.

VENGO A DARTE UNA VIDA

–Esta será tu vida si me aceptas-
–¿Mi vida? ¡Yo ya tengo una vida!- grité horrorizado dando un paso atrás, al ver la fotografía.
–¿Ves? Mírala bien: aquí está tu mujer, aquí está tu hijo… y aquí estás tú- Un repóquer de ases y una escalera de color a la vez, golpearon en mi cara y en mi conciencia. Ella, era ella. Él era yo. Y el niño, era Cristian ¿quién es Cristian? El hijo varón que siempre había deseado tener, tal y como lo había imaginado en mis sueños y en mis fantasías.
–¿Cómo se llama él?-
–Ya lo sabes, es Cristian. Tu hijo. El hijo que siempre has deseado tener. El que cuando crezca, hará grandes cosas. El hijo al que podrás dejárselo todo, cuando ya no estés. Y mírala a ella ¿ves? Se parece a Audrey, se parece tanto que bien podría ser ella misma. Aquella mujer imposible por época y nacimiento, de la que siempre has estado enamorado desde niño, y a la que nunca has podido, ni podrás conocer-

Empecé a llorar porque una espada había a travesado de tal forma mi alma, que era imposible ignorar todo aquello. Lucifer me estaba ofreciendo la felicidad en una fotografía. La felicidad de mis sueños, de mis entrañas más profundas… de los deseos nunca antes confesados. Me ofrecía esa felicidad en una foto –¿Y de verdad puedes hacer todo esto realidad?- pregunté entre lágrimas –Por supuesto que sí. He venido a darte la felicidad. Te dije que nunca mentía ¿recuerdas? Solo te pediré una cosa a cambio- Con la foto en mis manos, pregunté –Dime ¿qué es lo que quieres de mí a cambio?- Continuará en el capítulo finalSi te perdiste el capítulo III

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
Publicar un comentario en la entrada