EL DIABLO NO DESCANSA EN DOMINGO - capítulo III

 Salí pitando de allí por la calle Preciados, con una mezcla de ansiedad, miedo y mono de tabaco. Un fumador nervioso, es un fumador, y como tal deseaba a toda costa, estrenar uno de los Slims. El primero de la cajetilla siempre es el que mejor sabe, y sería el que tranquilizara este cóctel de sensaciones angustiosas. Bajé la cuesta hasta la Puerta del Sol, y como dicta la maldición un golpe de viento tras otro, no me dejaba encender el cigarro, ni intentándolo protegiendo la chispa bajo el abrigo. Quería subir por Montera, para después tirar todo recto por Fuencarral. Objetivo: quitarme el susto, gastar energía y tomarme un café en la Glorieta de Quevedo. No parecía difícil, si no fuera porque ya la gente está saliendo en plan colapso a fingir que hace las compras navideñas. Sí, y digo fingir, porque ahora la gente no tiene pasta y compra con lupa. La masa paseaba de forma inútil, ocupando espacio, los turistas se hacían fotos, los hombres pancarta decían en letra grande que “compran oro” y las prostitutas de Montera.., estaban ahí como siempre: haga frío o calor. Se hundirán todos los comercios, caerá la economía, habrá guerra civil y en 10 años estaremos siendo capitalizados por China, pero las prostitutas de Montera, seguirán allí haga el tiempo que haga, y pase lo que pase.

No  creas que me vas a despistar en Babilonia, pronto nos encontraremos- escuché dentro de mi cabeza, seguido de una gran carcajada en plan malo de la película. Había conseguido encender el Slim, y creyendo que había ganado la paz por un momento, aquella voz volvió a recordarme que no había terminado de huir de la náusea. La voz era clara, no daba lugar a equivocación. Solamente alguien que me conoce bien, sabe que cuando hablo de Babilonia, en realidad me estoy refiriendo a la Puerta del Sol. ¿Cómo podía saber eso semejante manifestación paranormal? –Una alucinación- pensé. Me lo tenía que estar inventando todo. Definitivamente –Esta vida no está beneficiándome en nada, estoy tarumba perdido. Tengo que dejarlo… dejarlo todo- Si cada vez que salgo de casa, para que me dé el aire, me van a seguir pasando cosas raras… voy a acabar yéndome a montar una ermita ¿por qué narices nunca me puede pasar nada normal? Fingí no hacer aprecio, para no mostrar miedo a mis propias alucinaciones, no quería que ganaran la batalla en mi propia cabeza.

Al final de Fuencarral llevaba ya dos Slims fumados. Las carcajadas parecían haber cesado, al decidirme por el camino a dejar varias cosas en mi vida: a dejar de fumar, a dejar el café, a dejar de ver tanto cine, y de pasarme horas y horas escribiendo cosas que no interesan a apenas nadie y que me cuesta mucho sacar, que me hacen perder energía, sueño, tiempo… pero que sobre todo parece que solamente me importan a mí. Tenía que dejar todo eso atrás, no me estaba haciendo bien. Mi propia vida parecía estar consumiéndome. Llegué dispuesto al café con esta propuesta en firme, de la que parecía depender mi vida, pero sobre todo mi salud mental –Estoy harto, quiero llevar una vida normal, conocer gente normal y hacer cosas normales- me repetía una y otra vez para silenciar los fantasmas que desde hacía tiempo me venían dando vueltas. No lo había visto tan claro hasta ese momento.

Entré al Café, y como siempre di las buenas tardes. Una a una fui saludando a todo el personal. Todas y cada una de esas empleadas, saludan con una sonrisa, saben cómo tomo yo el café, ni si quiera me hace falta pedirlo. Se lo han aprendido a fuerza de verme casi a diario, y saben que según la hora a la que venga, lo tomo con leche en vaso, con leche hirviendo, cortado, o solo con hielo. Por eso me gusta venir a este Café, me he mudado dos veces desde que lo conozco, y no lo cambio por ningún otro bar que haya en Madrid. Hasta el descafeinado, es de calidad y sabe a café de verdad. Dentro se estaba calentito, y lo mejor es que ya estaba saludado por todas. La camarera me puso exactamente el café con leche hirviendo que estaba deseando tomar para entrar en calor. Me quité el abrigo y saqué el móvil para revisar el twitter a ver si habían colgado algo interesante. Respiré con alivio mientras cogía la taza con las dos manos para calentármelas y respondí educadamente al ¿qué tal? de la señorita que en ese momento me lo estaba sirviendo. Todo parecía estar bien, hasta que se abrió la puerta del Café, y por ahí entró un viento frío que parecía haber inventado el mismísimo demonio.

–¿Cómo están mis chicas?- cruzó una voz como un estruendo que se oyó en todo el local. No quise mirar, ya sabía quién era. Debía ignorarlo, antes de que asustara  a la gente huyendo a la carrera por un fantasma, al que solamente yo parecía poder ver… una alucinación que no existe. Al Pacino, vestido con un elegantísimo traje, y cubierto con un abrigo de invierno, entraba en el Café inundándolo todo con su cinematográfica voz. Invadiendo gran parte de mi espacio vital, me puso el maletín que llevaba prácticamente en la cara, no dejándome ver el otro lado de la barra, y cortando mi conversación con la camarera. Las chicas se volvieron locas. Las formales y correctas empleadas del Café salían de la barra una tras otra para saludarle dándole dos besos, mientras él les devolvía a cada una de ellas, una palmada en el culo que recogían con sumo agrado y una sonrisa. Estaban ansiosas por atenderle. Parecía que en el bar habían entrado los Beatles. Sacó un billete de 100€ y gritando como un feriante soltó: –¡La que adivine lo que tomo hoy, se queda con el cambio de este verde!- El orden habitual en el Café al que adoro, se tornó en caos, y de una ventolera helada, en pocos segundos  se tornó a un calor insoportable.

Mientras todas se afanaban por ser la primera en atenderle, olvidando al resto de clientes que parecían haberse esfumado como un atrezzo dentro de un sueño, yo no daba crédito a mis ojos. Me dirigí a la que tenía más cerca –Pero… ¿podéis verle? ¿de verdad podéis verle?- la empleada me miró como si fuera gilipollas, abandonando su sonrisa habitual y cambiando su expresión por un “no me hagas perder el tiempo” pintado en la cara –Pero ¿quién es este tío?- pregunté indignado por verme absolutamente ninguneado en presencia y atención. La gerente, que sudaba como la que más, mientras preparaba a toda velocidad un café irlandés, me respondió insolente –¿Que no lo ves? ¡Es Lucifer que viene a vernos como Al Pacino!- Vale, me di por enterado ¿me habían echado algo en el café? Y me lo suelta así, con una obviedad pasmosa… como si eso fuese algo normal. Al mío no le han puesto tanto cariño, ni me han dado dos besos, ni han ido a toda prisa para atenderme… y eso que siempre atienden muy bien. En lo personal, estoy curado de espanto, pero que las empleadas del Café le sigan la corriente a mi alucinación particular, me parecía excesivo. Si yo le doy un cachetazo a cualquiera de estas, al segundo tengo un bofetón en la cara y una denuncia fijo –Querido amigo, ¿ves como te dije que nos veríamos pronto? Yo nunca miento- me dijo tomando de nuevo su maletín, y abriendo una sonrisa maligna de ejecutivo a lo Wall Street. ContinuaráSi te perdiste el capítulo II

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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