EL DIABLO NO DESCANSA EN DOMINGO - capítulo II

Ya era tarde, imposible esconderse. Entonces puse la mejor de mis sonrisas disponibles en catálogo para ese momento, tratando educadamente de no babear –Sí, soy fumador- articulé algo intimidado por la espectacular belleza de la chica de la promoción, con las manos bien alejadas de la cartera… uno nunca sabe cuál puede ser la fuerza y el poder de convicción de una mujer tal, y el diablo cuando tienta, tienta de verdad. Esa mujer no era normal, estaba puesta ahí para que todos los varones habidos y por haber, que pasaran por aquel rincón, cayeran sin cuestionárselo en su embrujo (que se lo digan al friki, que iba  a estar toda la vida rememorando el hito en sus momentos de soledad). –¿Y qué marca fuma?- preguntó prolongando su sonrisa y agachándose ligeramente, ya que era bastante más alta que yo –Slims, Karelia Slims- Ella se echó hacia atrás, como previniendo la palabra no, para no deleitarme con su hermosura más de lo necesario, si no iba a comprar su producto a lo largo de la leve conversación. –Tenemos una promoción de Camel: por dos cajetillas te llevas un mechero de regalo- Ahora me trataba de tú. La verdad es que me jode y mucho que me hablen de usted –No gracias, no cambio de marca- Uffff!, por fin lo dije y sin parecer un borde de mierda. Lo conseguí.

Ella recogió todo su halo de atracción, reservándolo para el próximo capullo que viniera, y que 100% seguro picaría con la promoción, y con todo lo que le quisiera vender “la rubia”. –Dios, ¡qué mujer!… ¿Por qué permites estas cosas?- le rezaba a nuestro señor a regañadientes. Detrás de mí, no había nadie en la cola y la chica de Camel posaba impasible, ignorando mi presencia ya que no había negocio conmigo. Noté algo extraño, de pronto empezaban a sudarme las manos. Estaba haciendo un calor asfixiante ilógico para el tiempo real.  No fue gradual, fue repentino. Lo achaqué a los nervios que me había generado semejante chica del paddock ¿Me estaría volviendo un viejo verde tan fácilmente excitable? ¿un pureta de esos que van reaccionando al 200% creyendo que son atractivos cada vez que hablan con una dependienta? ¿un tío ridículo y pesado de aquellos que alargan las conversaciones con la farmacéutica? No, no lo creo. Sigo siendo bastante seco.

Empecé a sudar, a marearme, apoyando todo el peso de mi cuerpo sobre el mostrador, porque pensaba que podía caerme al suelo y no quería montar un número. Estaba pensando en quitarme el abrigo, pero notaba por dentro que me había puesto perdido a sudar en unos pocos segundos. Si me quedaba en camisa, sería visible semejante destrozo a la estética. Se me había nublado algo la vista, como cuando te levantas de golpe con prisas sin haber desayunado nada. Me estaba agobiando. Quería pillar mi tabaco y largarme de allí, que me diera un poco el aire. De la trastienda, al mismo tiempo que trataba de mantener una pose de normalidad salía el estanquero. Perdón… ¿salía el estanquero? Parecía ser el mismo, pero, pero…

¿QUÉ DESEA CABALLERO?

Esa cara me sonaba. Me sonaba de haberla visto cientos de veces. Tenía calor, estaba agobiado y mareado… sin duda estaba alucinando –Dos de Karelia Slims- –¿Del normal o del light?- respondió el estanquero con una sonrisa maliciosa, siendo plenamente consciente de que su cara no me había pasado desapercibida. –Veo demasiado cine me temo, paso muchas horas solo, escribiendo y sin hablar con nadie- pensaba para mí –Del normal, por favor- respondí apartando la mirada. Este no era el estanquero, le conozco y es un tío bastante borde. Nunca sonríe, nunca da la mercancía en mano, siempre la deja en el mostrador con el cambio, como si fuera una limosna. No es amable. Este tío era el doble de Al Pacino. Se quedó mirándome unos segundos, como esperando a que se lo dijera… me aguanté las ganas. Su sonrisa era sanguinolenta, sus colmillos eran demasiado aparentes, sus ojos redondos dibujaban en mi cara una impresión que trataba de evitar por prudencia.

Viendo que no me lanzaba, se dio la vuelta. Juraría que le oí reírse. Miré hacia el lado dónde estaba colocada cuán Venus de Milo, la chica del paddock. Estaba fría y rígida como una estatua. Parecía posar al infinito, su sonrisa muerta y automática la delataba. Ella también estaba metida en el ajo ¡seguro! Cuando el estanquero se dio la vuelta, volvió a ser el mismo de siempre. Di dos pasos atrás, mientras el tío borde, me miraba como si fuera un marciano, con impaciencia. Volví a mirar a la chica de la promoción, que seguía en su frigidez contemplativa, ignorando mi presencia –Son 8,20€- dijo el estanquero con su voz de barra de bar. Y yo mientras tanto, estaba flipando. Viendo como el estanquero de siempre echaba las dos cajetillas en el mostrador con sumo desprecio, con su manga del traje arremangada (debe ser marca de la casa de los estanqueros… no lo sé). Devolví los dos pasos al frente y le di un billete de 20€, que agarró como si le pertenecieran desde siempre.

Cogí mis dos cajetillas, y esperando que me arrojara el cambio de mala manera como hacía siempre (eso de currar el domingo jode, supongo que será esa la razón), al darse la vuelta volvió a ser… a ser… el mismo tipo de antes, quien con una sonrisa burlona, me dio con suma prosa y elegancia el cambio. Debo estar mal de la cabeza, Mal no… lo siguiente, porque al tocar las monedas, éstas estaban ardiendo. El estanquero Pacino, sabía que el dinero ahora quemaba en mis manos, y otra vez se quedó mirándome fijamente, a ver si reaccionaba de alguna manera. Me volvió la angustia al cuerpo, pero para bien o para mal estoy acostumbrado a contener mis reacciones. Aguanté esas monedas y ese billete como brasas un momento, retándole con la mirada, no haciendo aprecio de la temperatura que hacía que todo mi cuerpo se convirtiera en una nausea de calor y claustrofobia.

Guardé el dinero en mi cartera, di las buenas tardes y me giré con prisa, para salir de allí corriendo y buscar el aire del frío otoño, que se estaba apoderando de Madrid. Directo a la salida, escuché nítidamente casi en un grito –¡Nos volveremos a ver muy pronto!- No me giré ante tan cinematográfica voz, mientras esquivaba al resto del ganado humano, que se iba a dejar los euros sin conciencia un domingo más en El Corte Inglés de Sol. Antes de salir por la puerta del subterráneo, el segurata se puso en guardia. Iba demasiado deprisa, casi corriendo, pero al pasar por los tornos no pité ninguna alarma. El guardia pensaría que quizás me llevaba algo sin pagar, y que por eso corría –¿Ves como no he robado nada gilipollas?- le dije con la mirada –Jódete- Solamente sabía, que tenía que salir de allí. Continuará Si te perdiste el capítulo I

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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