¿DÓNDE HAY QUE FIRMAR?

 A ti, que te lo crees todo ¡borrego! Te diré que tanto tú como yo, estamos acostumbrados casi a lo mismo. Por la edad que tengamos… unos treinta y tantos, por la época cuesta arriba que nos ha tocado vivir, por trabajar mucho y conseguir poco, por esforzarnos en picar sobre roca viva, para cavar zanjas de la economía de andar por casa, por donde corra el agua del capital, y poder sembrar donde no hay nada, para tener una sensación de incertidumbre continua sobre nuestro futuro en el medio y largo plazo, amortiguada con parches contractuales. De vez en cuando hablo con mi padre, quien parece estar más preocupado por mi futuro, que yo mismo. Mi padre a mi edad, para empezar… ya estaba casado desde hacía tiempo, ya era padre de dos hijos, ya se había comprado una casa y tenía su trabajo como una certeza vital. Mi padre se preocupa, porque él antes y con mi edad, nunca había vivido semejante sensación de incertidumbre. Es un tío muy sencillo… si ve en las noticias que el paro ha vuelto a subir, me llama preocupado y me pregunta si estoy bien, y si sigo trabajando. Algo tan simple como eso.

 Seguridad sobre papel, en contrato, en un seguro, en una firma, en una nómina, en una etiqueta o certificación de calidad, en un número de cuenta bancaria, en una garantía del fabricante… Certeza que ya ni si quiera se almacena en un soporte físico ¿o quizás sí? en una SIM, en un chip de firma electrónica, en un disco duro, en un pen o en la banda magnética de la tarjeta con la que vas al cajero, día sí y día no. Firme aquí por favor –¿Cómo? ¿a treinta años? ¡Pero si ni si quiera sé si voy a estar trabajando el mes que viene!- Y espérate tú, que después de pasar cuatrocientos filtros y análisis infernales de riesgo, el banco se digne a presentarte esta posibilidad. ¿Para qué firmas Manolete?

Sinceramente no creo que antes existiese más seguridad que ahora. La gente se creía que todo estaba bajo control dentro de unos límites, pero los miedos serían otros. Ahora los miedos son distintos a los de antes, pero el ciudadano medio, sigue creyendo que si algo está puesto por escrito en alguna parte, ese algo es verdad y ese hago se tiene que cumplir. Primero te pintan la normativa y el contrato, como patrón de confianza, solución, confirmación y creencia. Te dicen: esto que pone aquí es verdad y es la respuesta a tus necesidades. A ti como no se te ha ocurrido nada mejor, vas y te lo crees. Y cuán borrego vas y firmas. Poco después te insisten en la idea, en fuera de esa norma, contrato o documento no hay certeza y todo son inconvenientes, desgracias y miseria. Y tú otra vez…

¡VAS Y TE LO CREES!

Por último, el paso definitivo para imponerte el código de barras, es que quien ha creado las condiciones del contrato, norma o patrón, empieza a quitarte de aquí y allá, a darte menos por el mismo esfuerzo, para conseguir que trabajes más por el mismo precio. Después  te recuerda, que tienes que cumplir la normativa y el contrato. Te aprieta un poco más, hasta que comprueba que estás realmente sometido, cuando ve que penalizándote y subiéndote los intereses, en lugar de romper la baraja, sigues esforzándote más por seguir cumpliendo el contrato. Tienes presente, el miedo a quedarte fuera, y por eso aceptas una y otra vez. Y aunque reclames, ya no reclamas justicia, reclamas que te bajen la presión del contrato, mientras se te olvida, que sigues reclamando por seguir una esclavitud inconsciente. ¿Te suena? Debería sonarte, porque te lo están haciendo.

Así te queda el código de barras: varón heterosexual, entre 25 y 50 años, casado, con un hijo o dos, trabajador por cuenta ajena, con hipoteca a pagar en treinta años, sometido a contratos eventuales, a un mercado laboral sobre el que no tienes dominio ninguno, y bueno… que no te pase nada. No te divorcies ¿eh? O espera… que eso tampoco depende de ti. Tú sigue trabajando, que no te despidan ¿eh? O espera… que eso tampoco depende ti. Esto es lo que has firmado, espero que lo estés disfrutando. Tu certeza por escrito, aquí la tienes ¿te gusta? Pensabas que te sentirías más seguro ¿verdad? De pronto, en contra de este discurso salta una voz que exclama –¡A ver listo! ¿Y tú como lo harías?- Porque claro, si le toco los cojones con estas palabras, se supone que tengo que darle una salvación mesiánica.

Vaya, el hipotecado se queja… No hay otra manera ¿verdad? Claro, ese mismo era uno de los pasos para ganar tu código de barras: fuera del contrato y de la norma, no existe nada, no hay propiedad, no hay garantías, solo hay caos e inconvenientes. Resulta que tenemos a un hipotecado, defendiendo su propia esclavitud. Objetivo logrado: un ser humano esclavo, barato y conforme que por encima de cualquier cosa desea estar dentro. Claro, si lo tiene por escrito, se tiene que cumplir. ¿Qué el mundo se viene abajo? Da igual, si el papel dice que el mes que viene, cobras la nómina (o paro) y te pasan la letra de la hipoteca… Y tu mujer te va a seguir queriendo, no pasa nada ¿verdad?

Espera, que creo que al hipotecado le está cambiando el gesto. Ahora pide soluciones. No se da cuenta que la única solución es no entrar en este juego. No se las inventa, no las piensa, las reclama, las pide y las exige al mismo que redactó al contrato. Querrá que le redacte otro que le convenga más, y que no le dé tanto por el culo. Está pidiendo un nuevo código de barras que le libere de pensar y de ser responsable de sus opciones y de sus actos. Un objetivo cumplido más: ya tenemos a un individuo que es incapaz de actuar por sí mismo, y al que hay que darle órdenes. Otro collar para el mismo perro… que parezca que uno es libre de las decisiones que toma: o sea, ninguna –Sí señor, que esté todo pensado, que no parezca que soy un puto esclavo occidental hipotecado- Yo no sé tú, pero la única solución que conozco, es no firmar nada que no pueda cumplir.

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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