EL DÍA QUE SE ME APARECIÓ ROCKY BALBOA - capítulo IV

Apoyé los pies en aquel suelo de calabozo, ubicado en algún limbo particular dentro de mi conciencia, y suplicante rogué volver –Rocky… yo solo quiero volver a casa. Nada más- Me puso las manos sobre los hombros, dejándome bien claro que no podía ser –Ya no tienes retorno… y cuanto antes lo aceptes, será mejor. Todavía te quedan dos viajes- Vaya, como el que iba cargado. Vaya sentencia de mierda. No me valía de nada protestar, así que… en un chasquido de sus dedazos, y después de un empujón para espabilarme, de los que yo por ser un flojeras, sería incapaz de darle a nadie, me vi cayendo por un precipio sin aparente final. Antes de sentirme como Alicia en el País de las Maravillas, cayendo por la madriguera y pegarme el batacazo contra un fondo que nunca llegaba… noté que descansaba en blando –¿Cómo? ¿Dónde estoy? ¿A dónde me ha mandado ahora este tío?- Pronto me vi tumbado en una habitación en penumbra. Estaba boca arriba, en pelotas, hacía calor y –¡Espera! ¡Que tengo una tía desnuda al lado!-

 Estaba tumbado a la altura del suelo ¿cómo? Sí, ya sabía dónde estaba, pero no con quién… sí sabía el día exacto de la semana. Era mi antigua habitación en el barrio de Salamanca: diminuta, asimétrica, calurosa, pero muy acogedora… era un imán para las tías. Por el suelo había vasos medio vacíos, la ropa esparcida, el cenicero estaba lleno y el despertar anunciaba un buen polvo mañanero de los que te dan hambre para un buen desayuno homenaje. No sé si era la ubicación, mi condición, mi ánimo, la energía de aquella micro-habitación, los poderes mágicos de mi foot-on, los míos propios… o todo junto. Eran otros tiempos y mis ánimos y mis deseos, también eran otros. Cambiaba la ropa de cama varias veces por semana, cosa que mosqueaba a más de una, cuando me investigaban el cesto de la ropa sucia, en el momento que me levantaba para ir al baño. Tenía demasiado tiempo libre, sin la supervisión de una pareja estable y no me faltaba swing sexual.

Ninguna de ellas fue de una sola noche… al menos fueron de dos, o de tres. Fuera o dentro, en mi cama o en la suya. Los domingos por la mañana, despertar así era genial. Pero ¿Quién era ella? ¿Estaría soltera? ¿Casada? ¿Tendría novio? Conocí a pocas mujeres sin pareja en aquella época, por no decir que a casi ninguna. Ya lo averiguaría después en el desayuno. Si esa mujer era mi misión, sospechaba quien podría ser, y no estaba preparado para reencontrarme con ella. La penumbra bajo la persiana y un despertar tardío casi de mediodía, no me dejaban distinguir el color de su pelo. Sabía lo que tenía que hacer. Desnudo todavía, me levanté sigilosamente, salí y cerré la puerta muy despacio. Ella se movió ligeramente, al notar que ya no estaba en la cama. Fui directo a la cocina, a preparar un desayuno homenaje para dos, para llevárselo a la cama en una bandeja a la mujer que todavía dormía. Esa era mi rutina los domingos. No me podía quejar.

Era el único día que se podía desayunar tranquilo y echarle romanticismo al encuentro. Los jueves eran más sucios… más de polvo y coger un taxi, más de en tu casa o en la mía. Pero si era domingo, era mi casa seguro. Me gustaba llevarles a mis invitadas las tostadas, las palmeras, el zumo y el café todavía sin vestir… o como mucho con un slip. Despertarlas y ver la cara que ponían con la bandeja delante, era algo que no tenía precio. Unos –Buenos días- susurrados al oído y acompañados con caricias. Que desayunaran a gusto, que hablaran un rato, un masaje como buen anfitrión… y otra vez a darle gusto al cuerpo, hasta que no quedaran fuerzas. Esa habitación era mi refugio, mi santuario del placer, mi spa, mi cueva… mi rincón perfecto donde yo era el anfitrión, y ellas las afortunadas ganadoras de una noche conmigo. Mientras exprimía las naranjas, se hacía el café y las tostadas empezaban a saltar de la tostadora, me preguntaba qué podría decirle a ella ¿Le haría daño si me mostraba sincero? ¿Le daría igual? ¿Y si tenía novio? ¿Y si no le quería? ¿Y si yo solamente era un pasatiempo o un caramelo que rompía la monotonía de su relación?

Ese era el programa, funcionó con una… y funcionaba con todas. Era perfecto. Ellas solamente tenían que subirse a mi tren y dejarse llevar. Yo ya lo tenía todo previsto, para que fuese una noche especial para cada una de ellas. Busqué la bandeja ¿dónde la guardaba? –OK, en el armario encima del frigorífico- Le quité las migas, doblé las servilletas en forma de corazón, y coloqué cuidadosa y simétricamente todos los elementos para que al mostrarla, a la vista fuese un regalo. Todo tenía que estar perfecto, era mi templo y allí una mujer tenía que sentirse cómoda, exclusiva y a gusto. El resto era automático y a placer. Cogí la bandeja con sumo cuidado, y dando pasos silenciosos como un gato, volví en cuclillas hacía la habitación. Varias emociones saltaron descontroladas entre mi cabeza y mi pecho, conforme iba avanzando hacia la puerta.

Todo estaba igual. Notaba el tacto del parqué, cálido bajo mis pies. La cortina del salón daba capotazos por la escasa corriente, y mi estómago se había convertido en un nudo placentero, que evocaba una noche de sexo. Por un instante volví a ser un rey en sus dominios, paseando desnudo por mi antiguo piso, en un domingo soleado que parecía ser perfecto –Por favor… que se pare el tiempo, que se pare aquí y que estos últimos años, hayan sido solo un sueño- Me quedé plantado justo delante de la puerta. Sabía que si la abría, podía no haber nada, podía estar ella, o podía encontrar una trampa especialmente diseñada, para que mi corazón y mi conciencia, saldaran una deuda pendiente. Podía recuperar mi reino por unos instantes, o podía hundirme en un mar de recuerdos, que no sabía si estaría preparado para soportar.

Apoyé el codo en el mango de la puerta, y con cuidado para que la bandeja no perdiera el equilibrio, la abrí. La empujé levemente con el cuerpo y en dos pasos de puntillas, me deslicé dentro y cerré con el talón. Ahora ella estaba boca abajo, durmiendo como la princesa del cuento, absolutamente desnuda, y ajena ante mi deber penitencial impuesto, de no convertirme en un fantasma. La observé por un momento, tomándome mi tiempo en disfrutar de cada una de sus formas, disfrutadas por mí en un pasado bonito a veces, apasionado otras y sexualmente insomne la mayoría. Apoyé la bandeja en el suelo, en su lado, para que cuando abriera los ojos fuera lo primero que viera. Me senté muy despacio en el foot-on, con suavidad y me acosté de nuevo con cuidado. Desde luego que era ella, no había duda. El olor de su perfume era inconfundible y el tacto de su pelo, guardado en mis recuerdos, más lo era aún.

Cerré los ojos y empecé a acariciarla para irla despertando poco a poco. Unos besos secos y suaves en su espalda, acompañaron los primeros susurros, subiendo muy despacio hasta su nuca:

Buenos días- le dije muy bajito.
Hola gatito…- dijo dándose la vuelta, girándose al completo, regalándome su boca en un primer beso al despertar, sus enormes ojos y su desnudez.
–¿Gatito?-
–Sí, pareces un gato entrando y saliendo… ya estaba despierta-
–Estás preciosa ¿lo sabes?-
–Estoy recién levantada… no digas tonterías-
–Lo juro-
–Anda, anda, anda… exagerado, que siempre estás igual-
–Mira lo que tienes ahí ¿tienes hambre?-
–Mmmmmmmmhhhh… siiiiiii… mucha, pero ven- Y devolviéndole el beso, nos abrazamos para no soltarnos. El desayuno había quedado muy bien… de adorno, pero no parecía ser el centro de atención. Había que ganárselo antes con un poco de amor cuerpo a cuerpo.

Empecé a disfrutar otra vez de las mieles de aquel domingo, pero entre besos húmedos, calor y abrazos con deseo, sabía que todo aquello podía evaporarse en cualquier momento. No dejaba de ser una ilusión, un sueño y un escenario con caducidad inminente. Ya me había pasado antes y no quería que terminara igual. Todo era perfecto y yo tenía que pararlo todo y estropearlo, aunque mi piel me pidiera lo contrario. Yo no estaba allí, ni ella tampoco. Debía saldar una deuda. Tenía que decírselo y solamente tenía una oportunidad.

[finaliza en parte V] Si te perdiste la parte III.

Se acabó lo que se daba: se acabó la tontería, la estupidez, la feria, el auto-engaño, la sugestión y la piedad contigo mismo. No te voy a decir lo que tienes que hacer, aunque lo estés deseando como un febril borrego. Ahora sabes más que antes, porque lo que acabas de leer aquí es verdad. ¿Qué no te gusta? No te preocupes, siempre te quedarán las comedias románticas. Vamos ¿por qué no te largas? ¿todavía sigues aquí? Ya estás tardando…
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