ADÁN Y EVA: ASÍ SERÍA HOY LA HISTORIA III

Modelo: Mari Arauz
Fotógrafo: Andy Quarius

Mientras le daba el sol en la frente, Adán empezaba a comprender algo importante mientras acariciaba su amuleto. Habría momentos en los que nadie, absolutamente nadie le ayudaría o le daría una solución, atendería sus reclamos o daría sombra y alimento. Tenía que aprender a caminar solo para buscar lo que quería, si él no lo hacía por sí mismo, no podía pretender que nadie lo hiciera por él. Mientras caminaba por el desierto vio algo en la arena que le desconcertó, algo de lo que nunca se había percatado antes: una figura negra que no se despegaba de él. Nunca había estado a pleno sol, siempre había podido resguardarse bajo una sombra, los arbustos, los árboles, las rocas y tumbarse en el césped a descansar. Se dio cuenta que era su propia sombra, la proyección de sí mismo que caminaba encorvada y arrugada, triste, cansada y con desánimo –No me gustas, das pena… eres siniestro, no hablas, solamente te arrastras por el suelo- dijo con desprecio. La proyección hacía caso omiso de sus palabras y seguía silenciosa y amenazante cada uno de sus pasos –¡Vamos levántate y pelea! ¿qué quieres de mí?-

Se dio cuenta que aquel engendro también le retaba, se movía igual, se comportaba igual que él… pero no hablaba. Enseguida se dio cuenta que estaba haciendo el ridículo, y que aquella sombra no era más que la proyección de sí mismo. No se sentía orgulloso de verse así y empezó a jugar, a poner posturitas, a probar cómo podría verse bien según su propia sombra. –Quiero verme bien, quiero sentirme orgulloso de lo que veo de mí en este suelo… está visto que nadie a más que a mí le importa- Adán se puso recto, levantó la cabeza, los hombros y despegó sus brazos del cuerpo mientras andaba. Le pareció bien verse así: ágil, erguido, veloz, dispuesto a todo y entonces… aceleró el paso –Si yo me veo bien, nada puede pararme- pensó para sí mientras reanudaba su marcha.

Sentía ansiedad, una mezcla extraña entre vigor, nervios y orgullo. Mientras seguía andando pisando las huellas de Eva, se preguntaba cuánto le durarían las fuerzas. Tenía que ser realista, sabía que podía caminar lo que fuera, aguantar el sol hasta cierto punto, pero en breve su cuerpo le iba a pedir agua, comida, descanso y sueño. Él nunca se había planteado antes buscar todo esto, siempre lo tenía todo al alcance de la mano –¿Esto es la vida fuera?- le preguntaba a su sombra, su única compañera sin obtener una respuesta. Adán ya le iba cogiendo el tranquillo a esto de la larga distancia, pero comenzaba a sentir un nudo en el estómago, un hambre que no había tenido antes por lo lejano de cualquier árbol, o cualquier presa. Su boca se secaba y no había charca, lago o fuente sobre la que poder poner la cara y beber a morro. Se echó la mano a la frente y levantó la mirada olvidándose de las huellas de su perseguida compañera.

A lo lejos vio algo difuso, una imagen borrosa con un color diferente al resto de aquella arena color hueso que lo inundaba todo, reflejando la luz del sol, provocando una sed mortal en todo aquel que la desafiara… Ni si quiera se hizo preguntas, no parecía que hubiese piedra alguna con la que tropezar y empezó a correr sin mirar a los lados. Poco a poco aquella mancha difusa iba tomando forma, aunque no parecía estar cerca. Era ya todo demasiado monótono y sin obstáculos… cerró los ojos y aceleró el paso en esa dirección mientras le apretaba el ansia, el hambre y la sed. Sin miedo a pegársela contra una miserable piedra, no quería levantar de nuevo la mirada, él sabía bien que podía llegar. Sabía que ella no podía estar en otra parte que no fuera en aquel dudoso oasis entre toda aquella infinita desesperación.

Así siguió hasta que el tacto de sus pies dejó de ser monótono y el insoportable calor, se tornó en una brisa que anunciaba la tan deseada sombra. Adán sintió que ahora si se había ganado el abrir los ojos. Antes de hacerlo inspiro… recuperando de esta forma el perfume que había andado siguiendo durante su eterna peregrinación. No había pasado un día, y tenía la sensación de recordar la imagen y el olor de aquella mujer, como si de un recuerdo lejano y anhelado se tratara. Por fin abrió los ojos.

Bajo un no demasiado frondoso árbol, estaba sentada Eva, con los ojos abiertos como platos, mirándole fijamente, sorprendida –¿Qué haces aquí? ¿cómo has llegado?... ¿por qué estás aquí?- Adán se sentía feliz por haber llegado, no necesitaba responderla, no necesitaba hablar y lo más importante: no estaba para explicaciones. Se acercó al árbol, obviando la presencia de su reencontrada compañera y alargando la mano dijo pensando en voz alta –Por fin… tengo un hambre que me muero- tomando un fruto diferente al prohibido, menos brillante, menos elegante, más normal, grande y lustroso, que le parecía suplicar ser devorado a toda costa.

Este primer bocado prometía saciar su hambre y su sed con lo que le quedaba por comer, tanto… que al sentir abundancia por primera vez ganada, que no regalada, miró a Eva con confianza. Ella protegía su desnudez con un par de hojas mal colocadas sin sujeción alguna, como quien va vestido de andar por casa sin esperar visita, mientras alucinaba, al ver como su compañero disfrutaba con satisfacción de ese primer bocado tan merecido. Adán alargó aquel fruto enorme, y con una naturalidad pasmosa, se lo ofreció a Eva –¿Quieres? Hay para los dos-

[fin] Si te perdiste la segunda parte

Si de verdad estás interesado en ese algo más, que nadie se atreve a publicar por miedo a que le cierren la editorial, nuestras publicaciones desde la primera hasta la última, se meten por completo en todo aquello que te quita el sueño sin pelos en la lengua y al detalle. Somos completamente independientes y no nos vamos a callar, vamos a seguir trabajando para contarte lo que quieres saber y no conviene que sepas ¿Sabes una cosa? Se puede… ¡claro que se puede!
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