ADÁN Y EVA: ASÍ SERÍA HOY LA HISTORIA

Modelo: Mari Arauz

Fotógrafo: Andy Quarius

Adán abrió los ojos. Estaba desnudo y acurrucado, se despertó con hambre y con la sensación de saber que había alguien más cerca. Lo sentía, podía olerlo. Era un olor diferente al de todas las cosas que habitualmente le rodeaban. No eran flores, no era la vegetación, no era él mismo. Era un olor que le empujaba a buscar de forma irremediable su procedencia, no podía evitarlo, incluso por encima del hambre que le acompañaba. Sintió ansias, de pronto necesitaba sentir una piel cercana a la suya, nunca le había pasado algo así. Estaba acostumbrado a cazar, a pasear, a correr, a dormir donde le placiera, a aburrirse viendo correr el agua y a subir a los árboles para sentirse rey de todo aquel paraje. Ese delicioso olor le hizo correr sin una dirección concreta, buscando desesperadamente sin saber lo que iba a encontrar. Él solamente sabía que tenía que encontrarlo, fuera lo que fuera, simplemente sentía que debía hacerlo. –Sé que hay alguien más, puedo sentirlo- pensaba para sí. Después de un rato, el olor se iba haciendo mucho más fuerte, más intenso. Adán enloquecía, no sabía que era lo que le pasaba, hasta el punto de acelerársele el corazón, sentir un temblor en las manos, y un nudo en el estómago, como si necesitara abrazar con ansiedad un cuerpo opuesto al suyo.

Escuchó un ruido en la vegetación, acompañado de un grito muy agudo que le hizo reaccionar, sabiendo exactamente dónde debía ir. Era un grito de auxilio, que le obligó a correr y a prepararse para lo que fuera, sin saber a qué se iba a enfrentar, quitando de en medio todo lo que se le ponía por delante, hasta llegar a un claro, donde había un árbol inmenso. Allí vio a una mujer, agazapada y atemorizada por una serpiente enorme. Ella gritaba, mientras el reptil se acercaba amenazante. Adán no pensó, aceleró su paso y corriendo cogió a la serpiente por la cabeza y la estrelló contra el árbol. Miró a la mujer y con seguridad de saber a lo que se enfrentaba, le dijo –No te preocupes, estás a salvo- La bestia se retorcía haciendo fuerza y tras un segundo golpe, seguía sin morir. Mientas ella se alejaba a una distancia prudencial, vio como Adán volvía a golpear a aquel reptil maldito por la eternidad, hasta dejarlo atontado. Una vez quieto, Adán no dudó y le aplastó la cabeza con una piedra cercana. Respiró hondo… todo había parecido quedar en paz.

Adán hincó rodilla en tierra, cansado, tomando conciencia de lo que había hecho y sintiéndose satisfecho. Ya no había peligro. Levantó la mirada, recordando el por qué había ido con tanta urgencia a aquel claro, donde sabía que habría alguien con quien debía encontrarse. Ella salió de su escondite temporal, un leve matojo que apenas podía cubrir toda esa infinita belleza que le supo a recompensa. Adán inspiro y sintió el perfume embriagador de aquella piel ajena a la suya, tan diferente y tan igual. Embobado y atontando por su mezcla de cansancio y éxtasis le preguntó –¿Quién eres?- Ella sin responder, se acercó poniéndose delante de él, alargó la mano, y de aquél frondoso árbol sacó un fruto de color rojo, redondo, sensual, apetitoso y perfecto. Lo tendió hacia Adán, a modo de premio. Él nunca había tomado nada de aquél árbol, sabía que no podía. Hacía tiempo, el dueño de aquellas tierras se lo había dicho, pero al verlo en manos de aquella mujer, cualquier prohibición carecía de validez.

–Dime tu nombre- suplicó Adán, ahora sin saber a lo que se enfrentaba, alargando la mano para tomar de aquel fruto prohibido –Eva es mi nombre ¿y tú?- respondió ella con suavidad sin apartar su ofrecimiento –Soy Adán ¿qué me das?- Ella pensó, y en el último momento apartó el fruto prohibido de la mano de Adán –Esto es mío- Y sin titubear lo mordió. Lo hizo una vez, dos veces, tres veces… hasta devorarlo por completo, mientras Adán no sabía cómo reaccionar. Mirando perplejo, preguntó con incredulidad –¿Por qué me lo das y después me lo quitas?- mientras Eva, escupiendo el hueso de aquella fruta, cuando nada quedaba respondió –Yo no te he dado nada, podías haberlo cogido tú antes ¿por qué no lo has hecho?- Adán sabía que algo no funcionaba en aquél escenario, sabía en lo más profundo de su ser, que había hecho lo que tenía que hacer. Sabía que no debía comer del árbol prohibido, pero no entendía por qué Eva primero le ofreció la recompensa y después se la quitó. Él había hecho lo que tenía que hacer, por eso se despertó, por eso reaccionó y por eso peleó con la serpiente. Él sabía que tenía que hacerlo, pero… no parecía significar nada para Eva.

–Me tengo que ir- dijo Eva con frialdad, examinando a Adán de arriba abajo, evaluándolo –¿A dónde?- preguntó él –quiero ir contigo- dijo Adán levantándose, dispuesto a ir a cualquier parte. Eva respondió –No puedes, has de quedarte aquí… No comiste de este fruto, y no se te han abierto los ojos como a mí. Además… ¿no te das cuenta? ¡estás desnudo! ¿a dónde vas a ir así?- Adán no entendía nada, él se veía como siempre, él quería ir con ella a cualquier parte, pero parecía que no podía. Angustiado, le preguntó a Eva –Pero ¿por qué no me has dado de este fruto? ¿No debía ser así? Si no querías dármelo… ¿por qué me lo ofreciste? ¿por qué mis ojos no se han abierto?- Eva le miró, y con impaciencia respondió –La próxima vez, no esperes a que yo te lo dé. El que ha de abrir los ojos, eres tú. Gracias por salvarme de esa bestia- mientras se ocultaba de nuevo entre la frondosidad, para ocultar su desnudez a los ojos de Adán. Continuará... en la segunda parte.

Si de verdad estás interesado en ese algo más, que nadie se atreve a publicar por miedo a que le cierren la editorial, nuestras publicaciones desde la primera hasta la última, se meten por completo en todo aquello que te quita el sueño sin pelos en la lengua y al detalle. Somos completamente independientes y no nos vamos a callar, vamos a seguir trabajando para contarte lo que quieres saber y no conviene que sepas ¿Sabes una cosa? Se puede… ¡claro que se puede!

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