¿VAMOS A MI CASA? por EL REVERENDO

Érase una vez hace nada, una de mis citas gloriosas de las que parece que me salen siempre con alguna peculiaridad… Para ello hay una razón: no te cuento todas mis citas, que además no son demasiadas, más bien lo contrario; pero las que me salen bien, no me inspiran literariamente para darles el toque cabrón que tanto te gusta leer. En este caso la protagonista, no es que hiciera algo mal… ¡para nada! Bendita seas entre todas las mujeres, que has iluminado mi corazón y sacado brillo a cierta parte de mi anatomía… que si no es grande, bien da la lata más de lo que yo quisiera. El tema, es que al hacerte viejo con los años, te crees que acumulas más sabiduría que los demás… pero ¡qué va! En mi última cita, con una chavala unos diez años más joven que yo, la susodicha me ha dado sopas con honda con un simple gesto.

Ella como actriz merecida de esta escena muy parodiable, y que invitaba a preguntar al infinito aquello de ¡pero bueno!… ¿dónde está la cámara? Lo único que hizo fue precisamente darme lo que yo quería. El pureta que te escribe estas líneas, te relatará al detalle esta confesión que cumple una máxima: SIEMPRE HAY ALGUIEN QUE FOLLA MÁS QUE TÚ. MEJOR DICHO… QUE FOLLA MUCHÍSIMO MÁS QUE TÚ Y TODA TU DESCENCIA JUNTA, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS ¡AMÉN!

El caso, es que a pesar de ser una cena sencilla rozando lo mediocre, a mitad, me dio la sensación de que hiciera lo que hiciera, iba a dar exactamente igual. Ella apenas hablaba, mostraba una indiferencia pasmosa ante mis intentos de gracia, broma y chiste… tampoco respondía cuando trataba de saber cosas de ella, o respondía con monosílabos, o con un “lo normal”, “no”, “que va”, “bueno…” lo que me iba sumiendo en el agobio. Me sentía como intentando arrancarle una conversación a una vaca pastando, o a un retrato colgado en la pared. Sin mirar demasiado, sin hablar de nada, sin preguntarme a mí por nada… empezaba a pensar ¿qué cojones hago yo aquí? Ya me extrañó en un primer momento que la chavala no me pusiera ni una sola pega para quedar por el chat. Cuando esto pasa, recuerda lo que te digo colega: SIEMPRE Y DIGO SIEMPRE HAY TRUCO O SORPRESA, para bien o para mal… pero si siempre la hay.

Porque claro, la chica es mona… es guapilla y por el chat entraba al trapo, respondía, hablaba ¿por qué ya no? Tampoco me puso pegas a la edad, cosa que tampoco me extrañaría, porque ya lo han hecho alguna vez. O incluso haciendo mención de que soy divorciado, que también hay mujeres a las que esto les desanima o desmotiva, porque se piensan que les va a estar dando la chapa con tu ex y tus problemas, pues no quedan o te ponen alguna excusa. Estas posibles reacciones, son algo que tengo asumido y que puedo entender, pero no… conforme le propuse quedar, me dijo que sí. Sin negociación, sin condiciones o regate previo... ¿qué coño pasa entonces?

Claro, tampoco me daba el perfil de casada que pretende ocultarlo, porque las casadas infieles, se cubren mucho las espaldas con el horario, y las infidelidades las suelen cometer a plena luz del día y con coartada, las ves entre semana en horario laboral, nunca los fines de semana, o de diario sobre todo por la mañana si ellas no trabajan y el marido sí. Pero ¡qué va! sábado por la noche, Wagaboo de Chueca, con una caña en el Stop Madrid el rato anterior y con vistas a tomarnos la copilla o el licor en el Café Acuarela, que se está de lujo. Entonces piensas: Si ella queda conmigo un sábado de primeras, es que al menos parece estar abierta a que pase algo ¿no? Creo que los sábados son o para los amigos o para las parejas, o para los polvos… pero no para perder el tiempo con un desconocido haciendo experimentos.

Lo de la última copa, ya lo estaba tirando yo por la borda en mi mente. No pedí postre, pedí café porque me estaba impacientando, y sobre todo, porque ya educadamente hablando, no sabía por dónde tirar… y estaba a dos frases de preguntarle con un tono muy borde: Oye ¿te pasa algo? Aún así, ante su actitud y con la mejor sonrisa que me cabía en el ánimo, le pregunté ¿Nos tomamos una copa en el Acuarela? Es un sitio que me encanta. ¿A qué no sabes qué respondió ella? Al loro ¿eh? Sin apenas mirarme a los ojos y cogiendo un chicle de su bolso, me suelta: ¿Vamos a mi casa? Pide la cuenta, anda. Y no me mandó callar, no sé por qué.

Yo ya… dimito. ¿Se puede saber qué narices pasa dentro del cerebro femenino? Quejarme, no me quejo… no me puedo quejar ¿no? Pero es que uno a sus años, se ve ya tan sumamente desfasado con estas cosas, que ya no sabe a qué atenerse. Creo que esta cena, no llegaba ni a la categoría de trámite, ni fase de cortejo, ni mis cojones… Esta mujer es una Samantha Jones en pequeñito. Me daba la sensación que si le hubiera preguntado directamente algo como... ¿FOLLAMOS YA? Le hubiera dado exactamente igual. O a lo mejor me hubiera mandado a la mierda verbalmente, pero al final hubiéramos acabado… ¿en su casa? Esto es otra cosa que me descuadró.

Normalmente, yo pongo la cama, la casa, el taxi o lo que haga falta. Sigo pensando que si uno quiere peces, tiene que poner los medios y hacer que ella se sienta lo más cómoda posible, que no tenga que preocuparse de nada, que de la logística ya me encargo yo. Pues vale, por mi OK ¿Qué le voy a decir a la señorita si tiene más ganas de follar que yo? Pero lo mejor viene ahora, a ver qué cara se te pondría a ti. Cogimos un taxi nada más salir a la calle Hortaleza, ella dio su dirección: cinco minutos de trayecto sin decir una palabra dentro del coche, pero lo que es ni mú.

Llegamos a su casa, subimos en el ascensor, allí nos dimos el primer beso de toda la noche, llegamos a su puerta, abre, me invita a pasar ¿Quieres tomar algo? Me preguntó con una voz indiferente ¿Tienes café? Respondí. Ya tenía café hecho. Pues cafetito, cigarro, se me sienta encima, nos seguimos besando… e idem: ni mú, ni una sola palabra. Me coge de la mano, me lleva a su habitación… TROLOROLORÓ, TROLORÓ, TROLOROLO… Yo tenía dos tristes preservativos en la cartera, de esos que se llevan los sábados por la noche "por si acaso", pero ella fue más rápida. Abre el cajón de su cómoda y ese cajón… ese cajón… ¡Dios! Había más preservativos allí de diferentes colores o sabores, de los que yo creo que consumiré en toda mi vida.

Lo dicho, yo con cara de Alfredo Landa en Times Square y la chiqui pensando en cuál me sentaría mejor, según su gusto y agrado… como decidiendo cuál iba a coger, como quien elige una corbata, o unos zapatos. Eh, eh… ¡que estoy aquí! ¿Qué me estás calculando? ¿la talla? La única diferencia entre un vibrador y yo para esta señorita, es que yo tenía a un pureta detrás del pene y no había que ponerme pilas. Moraleja: Yo solamente pasaba por allí…

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