¿SABES ALGO? EN LA VIDA SABRÉ ENTENDER A LAS MUJERES... NI LO PRETENDO

Fotografía, modelo e introducción por Lucía Ojeda

Hoy quiero aprender a escuchar, a desaprender lo aprendido, a empezar de cero, como una niña en parvulario. Pero jamás a obedecer. ¿Por qué creer cosas a ciegas? ¿Por qué no cuestionar lo escrito? ¿Por qué acatar sin pensar? Me dedicaré a observar, aprenderé a callar, como la mayor virtud. Callaré, escucharé, pensaré, valoraré... y entonces si: hablaré.

Allá va otra de mis obviedades... la verdad es que no sé como me aguantas. Llevo ya un tiempo disfrutando de lo que yo llamo o entiendo por paz interior. Estoy tranquilo, inerte y algo perezoso. Los días de lluvia me ponen triste, como a todo el mundo, o mejor dicho como buen ascendente cáncer al que le domina el agua, a la par que enloquece y no puede dormir las noches de luna llena. A veces le echo la culpa al frío de que últimamente me apetezca más quedarme en casa escribiendo mi siguiente libro, que salir a la calle. Por ello quiero darle las gracias a mis amigos, por entenderme y porque siempre están. Eso sí... cada vez van quedando menos. Ellos son los que me aguantan mis rarezas. Me da la sensación de que me estoy volviendo uraño, ermitaño, arisco... será la edad que acentúa lo cascarrabias que hay en mi. La verdad es que la canción que pone mi amigo Iván en el coche del Vivo más de noche que de día, cuando huimos de los escenarios donde ya solamente se hablan de bodas o hipotecas, y nos vamos a hacer el hijoputa por ahí, se me queda atrás. Me di cuenta el último sábado que salí con los hermanos, con una copa estaba ya muy enchispado... le estoy perdiendo costumbre a la noche.

Me gusta más el día, si señor. Me gusta ir a trabajar, le estoy volviendo a coger el gusto. Me gusta mi casa de cuarenta metros cuadrados en el barrio de Chamberí y lo calentita que es viendo una peli, cuando sabes que fuera estás a cero grados. Me gusta escribir otras cosas, las que me salen de dentro, lo importante es que me gusten a mi. Me gusta la soledad a la que le estoy cogiendo un gusto preocupante. No sé si será por resignación, o por haber dejado de tratar de imponer mi verdad, ante cualquier criterio en una relación... porque como cualquier razonamiento, tiene su lógica, pero me vale a mi y punto. Hasta le estoy cogiendo cariño a las feminazis resentidas, cuyos comentarios a mis artículos no saco a la luz, por violentos e intolerantes. Creo que algún día los publicaré todos juntos en un recopilatorio, para que disfruteis de ellos, porque dan para una serie de diez capítulos por lo menos.

¿Sabes? Igual es la edad. Lo cierto es que no me veo tomando gin tonics hasta los cincuenta años en bares de puretas, persiguiendo divorciadas, o quedando por meetic con mujeres casadas que se aburren en su matrimonio. En este sentido creo que he tocado techo, y de alguna forma cuando te hablaba de resignación, me refería más bien a aceptar el mercado sin tratar de intervenirlo. Me he dado cuenta de algo mientras describía a la protagonista de mi siguiente libro, hace un rato justamente, y he sentido la necesidad de comentártelo. He pintado a una mujer de la que yo me enamoraría, tal cual... A lo mejor te parece una obviedad, pero esa mujer solamente es un personaje, no existe y a eso voy. No creo que tanta perfección pueda ser encontrada en una sola persona. Si yo no soy perfecto, cosa más que predecible, obvia y natural, tengo que dejar de buscar en ellas la perfección, porque no la voy a encontrar. No existe. Vaya brillantez ¿verdad?

Lo acepto, creo que debería ser el verdadero título de esta parrafada: lo acepto y punto. La última mujer con la que pretendí tener algo que mereciera la pena, me pareció buena de verdad. Te podría decir que hasta que me ilusioné; pero hubo un par de cosas que me hicieron huir en dirección contraria. Lo pienso, y son cosas que para qué negarlo, le pueden pasar a cualquiera, pero que no acepté. Fríamente y delante del espejo, puede querer decir que en ese momento yo tampoco fui capaz de aceptar mi propia miseria, o las cosas que no me gustan en mi vida. Mi lastre, que al fin y al cabo que también lo hay. Te pregunto a ti y me pregunto a mi mismo: ¿QUÉ ESTOY PIDIENDO Y QUÉ SOY CAPAZ DE DAR?

Como diría mi amigo y socio el Sr. Ruiz, al que conocéis como El Duque: ECHO DE MENOS LA INOCENCIA, la mía propia y la ajena. Pero no podemos responsabilizar a nadie de esto más que a nosotros mismos. Ni tú ni yo, podemos responsabilizarlas a ellas, de que nos hayamos vuelto unos hijoputas con galones, eso sería justificarnos con un "Y tú más...". Frente a un mercado femenino más preocupado por el tamaño del pene, que el propio hombre que lo lleva puesto, que gasta más en píldoras post-coitales que en copas y que vive con la obsesión de poder estar perdiéndose algo mejor, de forma continua en un sinvivir de superficialidad y falsa seguridad en una misma; lo único que me sale es levantar el dedo corazón acompañándolo con un "Lo que tu digas". Si no trago, no trago y punto.

Yo no quiero eso en mi vida, no quiero una mujer así, no quiero adaptarme a ello: NO ME SALE DE LOS COJONES, dicho mal y pronto. No siento desde dentro que tenga que hacerlo, tampoco quiero una hipoteca, ni un contrato de matrimonio, ni trabajar por cuenta ajena toda mi vida. Me gustan mis ideas y mis valores, y si he hecho el hijoputa con mayor o menos frecuencia ha sido solamente por pretender adaptarme al mercado actual... que por cierto, no me convence. ¿Voy a cambiar mi precio de compra, para entrar en un mercado de relaciones que no me convence? ¿Qué tengo que aprender? ¿A ser más carnívoro que ellas? ¿Adaptarme a eso? ¿Para qué? ¿Para que me pongan una medalla? Ya ni me lo planteo, parece que no hay término medio. Por ponerte ejemplos gráficos: O se es un hijoputa, o un pagafantas, o un homosexual reconocido por salir en los debates de Telecinco. Me niego a asumir cualquiera de estos papeles. Muchas veces te lo he dicho en las sesiones de orientación: O SE GUSTA, O NO SE GUSTA. Sin más historias... toma obviedad.

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