JODIDO DESDE LA CUNA

Niño, ten cuidado que te vas a caer, le dice una madre a su hijo mientras está haciendo el mono en el columpio del parque. El niño, como lo que es, un pequeño cabroncete siempre dispuesto a medir la paciencia de sus progenitores, no le hace caso a su madre. Por el momento no pasa nada, él sigue en su pequeño mundo, columpiándose de pie, en vez de estar sentado. Es fácil de intuir... sabes que tarde o temprano se acabará piñando contra el suelo, pero de momento está haciendo lo que tiene que hacer: jugar. Es un niño, no se puede esperar más de él. Al final pasa lo que tiene que pasar, en uno de sus equilibrios, al niño se le va el cuerpo, y se cae de boca.

La madre pone los ojos como platos, y cuán alma gobernada por la urgencia exclama: ¡Ay, Ay, Ay... Te lo dije, te has acabado cayendo, me vas a dar un disgusto! con un tono mezcla aviso, mezcla bronca y mezcla de lloro, mientras le agita de forma histérica. Mientras esté su madre presente, no creo que al niño se le ocurrirá subirse al columpio después, pero bueno... Ya se le ocurrirá otra travesura.

Date cuenta que el niño, al hacer travesuras, está siendo fiel a su naturaleza: tiene que experimentar, tiene que ver hasta dónde puede llegar, tiene que jugar, tiene que caerse... Un niño que no hace esas cosas, es probable que tenga algún problema de salud. ¿Qué pasa aquí? Su madre no quiere que se caiga, no quiere que se haga daño, o que se manche la ropa, o que se rompa los dientes; por eso está continuamente advirtiéndole, reprimiéndole y vigilándole para que se porte bien y no se caiga.

Niño, no hables con desconocidos, le dice su padre cuando le lleva al colegio por la mañana antes de ir al trabajo. Al igual que gente buena, hay mala gente en el mundo y un niño es una víctima fácil. Los niños son más confiados, incautos, no ven el riesgo... Su padre se lo dice por su bien, pero de igual forma que su madre le advertía de que tuviera cuidado en el columpio, estas advertencias tienen un doble filo. Por un lado, se le dan al niño para evitar que le pase algo malo, pero por otro, estas advertencias, una y otra vez en una mente blanda, se van quedando grabadas para siempre en una conciencia, que está aún por formar, y que marcarán muy mucho el comportamiento de la persona en la sociedad, en pareja, en su trabajo, en sus estudios... En todo.

Me encontraba con tres amigos volviendo de viaje, e hicimos una parada de descanso en una gasolinera. En el bar había una familia que tenía una niña pequeña adorable que no dejaba de sonreír y de saludar a todo el mundo. Le hice una mueca y la saludé con la mano, y la niña empezó reírse como una posesa poniéndose las manos en la cara. Bendita inocencia pensé, ojalá yo mismo tuviera esa naturalidad y esa inocencia tan a mano, para sonreír y saludar a quien me apeteciera, sin antes pensar en la reacción que puedo obtener, conociera a esa persona o no la conociera... ¿Te das cuenta? En lo más profundo de todos nosotros, hay una pequeña segunda voz, un aviso de peligro, ese “no hables cono desconocidos” que nos decían nuestros padres. ¿Qué daño haces hablando con una desconocida? ¿Me lo puedes decir? Si la comunicación hombre-mujer es algo bueno y saludable ¿Por qué te lo piensas dos veces antes de hablar con una desconocida?

Si ese no es tu caso, te felicito... No necesitas este libro, ni ningún otro. Pero si ya me conoces un poco, sabes que yo escribo para el que no sabe; el que sabe, no necesita que le den ningún empujón. El hecho de que nuestros padres se hayan esforzado en educarnos y en que llegáramos lo mejor posible a la edad adulta, es un esfuerzo muy grande que quizás nunca lleguemos a valorar, solamente lo sabremos valorar cuando seamos padres. Pero como ya te he dicho antes, tiene un doble filo.

Es precisamente en casa, donde se determina prácticamente el comportamiento del niño fuera de ella. Según las pautas de sus padres, las normas que se le impongan, la confianza que se le otorgue, las responsabilidades que se le den, el cariño que sienta por parte de su familia, la rutina de actividades, las obligaciones... De todo ello depende que el niño cuando sale a la calle se sepa desenvolver o no. Un niño al que se lo hacen todo en casa, y no se le permite que se mueva y se equivoque, no se le está educando bien. Se le está enseñando a no esforzarse y a esperar siempre un favor o una autorización por parte de un superior, en este caso sus padres o profesores. Un niño “manco” dentro de casa, es un niño incapaz fuera de ella.

Este niño un día crecerá, y será un hombre como tú y como yo, y si siempre te lo han dado todo hecho, si siempre han tenido que darte permiso y siempre ha habido alguien que te ha dicho que sí o que no antes de hacer algo, es el comportamiento que tendrás grabado hasta los restos. La cultura del borrego, del no corras, del no esfuerzo, del premio fácil, del no hables con desconocidos, del no tener que pedir las cosas porque ya tienes las cama hecha y la comida puesta... Es la que hace que a día de hoy, tantos hombres no sepan desenvolverse ni en el trabajo, ni con una mujer, ni con extraños, y lo peor: ni si quiera en su propia casa; y que muchos hayamos estado hechos unos auténticos capullos aborrgeados, mientras los “asilvestrados” y los malotes, se comían el pastel, el bocadillo y las tías delante nuestra.

A todo esto, las malditas películas de Disney, nos pretendían hacer creer que por el hecho de llevar gafas y aparato en los dientes, éramos “especiales”; la ropa que te compraba tu madre era la que había, el uniforme del colegio... Supongo que habría cosas que sí eran necesarias y que debería de agradecer, pero maldita la hora en la que se me puso ante los ojos una película, en la que un capullo con gafas empollón, se ligaba a la guapa de la clase. Hoy en día un niño así, como mucho se lleva una paliza grabada en un teléfono móvil, y probablemente un castigo del profesor y el desprecio de las chicas de su clase. Ponle gafas y aparato y ya tienes a un auténtico pringao de competición. No puedo evitarlo, siempre acabo hablando de mí, es lo que conozco.

Después de todo este cóctel fábrica-capullos ¿Qué nos queda? Nos queda un “buen chico” que espera autorización hasta para mover el dedo gordo del pie. Un eterno “mejor amigo” de las tías, conformista, que cree que llevándole los libros a su compañera de clase, o llevando en coche todos los días a su compañera de trabajo, mientras cree que algún día se la follará por ser tan bueno y estupendo... ¡Los cojones! El que tiene una cuna de capullo, lleva una vida de capullo porque simplemente... es el capital humano que lleva en los bolsillos; es lo que le han enseñado a ser, y lo único que sabe ser.

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