CRÓNICAS DE UN HIJOPUTA IV: BESANDO A OSCURAS, por EL REVERENDO

Los tres hijoputas apellidados Canario, el de Talavera y Madrileño, este último quien os relata la historia, habíamos formado un gran núcleo de monosabios dentro del ya clásico equipo de las ahogadillas. Pese a no repetir más en lo que quedó de estancia semejante hazaña, ya se sabe aquello de cría fama y échate a dormir. Las noches eran nuestras, todos querían estar dentro, menos el catalán que era el más alternativo de todos, y prefería fumarse medio bosque en porros, antes que integrarse en el grupo. Muy bien por el donostiarra en cambio, que se hizo querer por todos, un hombre algo mayor que el resto, pero con mucha vida y mucha juerga. Si señor, me quito el sombrero con este tío. Lo dicho… lo nuestro eran las actividades extraescolares de después de comer y después de cenar, el resto era del dominio completo de nuestras monitoras, mejor dicho, nuestras santas monitoras que sabían llevarnos bien con mano izquierda, a un grupo de “gente adulta” que durante dos semanas volvió a la adolescencia de campamento. Vamos, que solamente faltaba alguien que supiera tocar la guitarra. Pero como siempre pasa en la vida real, la armonía no dura demasiado y siempre pasa algo… ¡y se jode todo!

Todo iba bien, insisto… Iba bien hasta el ecuador de la convivencia, donde se marcó un punto de inflexión. Y todo, por no saber hacia dónde se apunta y por no hablar entre nosotros. Las cuatro de las ahogadillas, tuvieron una feliz idea en el rato del pacharán, que a nosotros nos olió primero a coña de “hora del pacharán”, después a fantasmada adolescente y por último (y para qué negarlo) a… ¡ESTA NOCHE FOLLAMOS FIJO!. ¿Cuál era la idea en cuestión? Chicos, ¿por qué esta noche, en vez de apalancarnos aquí, no nos vamos a la rivera del otro día y nos matamos un par de botellas? Habíamos pensado que podíamos encender un fuego y contarnos historias. Eso sí, no se lo digáis a las monitoras, nosotras no se lo hemos contado a nadie…

De ahí deduje del “nosotras no se lo hemos dicho a nadie”, que en efecto podía haber tema. Los números seguían sin cuadrar después de algo más de una semana, pero seguían jugando a nuestro favor. Ellas seguían siendo cuatro y nosotros tres, pero como decía mi abuela: más vale que sobre que no que falte. Nos miramos los hijoputas y juraría que los tres pensamos exactamente lo mismo: HOY FOLLAMOS. Eso sí, de los tres, el que mejor supo amortiguar los colmillos en ese momento, fue el hijoputa canario, un tío con tablas. Al de Talavera y a mi se nos debía sentir de lejos las feromonas, la testosterona y nuestra mente calenturienta, haciéndonos ya mentalmente el modelo 3D de lo que podía pasar esa noche. A mí me entró el calentón voluntarioso y solté: pues de las botellas me ocupo yo. Me levanto todo orgulloso de mi mismo y pregunto al colectivo ¿Dos de Ruavieja? Y todos asintieron. Fui a la barra y al jefe, que ya era como nuestro padre se las pedí. Todo estaba hecho ya.

Durante la cena estuve pendiente de robar alguna mirada cómplice con "las organizadoras del evento", eso sí, como un auténtico pringao, porque mi erección mental era de aupa. Me estuve todo el rato montando la película, he de reconocerlo. A mi... sinceramente estas cosas no me pasan, y no destaco entre las tías como por ejemplo se le veía al hijoputa canario, soy más bien de golpes de suerte de vez en cuando. Pues eso, con la mano en el bolsillo agarrado bien el pene, terminamos la cena, y sin decir ni pio nos fuimos cada uno a su choza para arreglarnos en la medida de lo posible. Obviamente, los tíos no tardamos ni veinte minutos... y con el acelerón hormonal, diría que incluso menos. Habíamos quedado con ellas a 50 metros de la salida del campamento, justo antes de meterse en lo que era "el verde profundo" además de camino al bar; por lo que la gente pensaría que iríamos allí. Llegamos bien puntuales con la polla tiesa y dos botellas de Ruavieja; ellas irían al bar a por los hielos y a ver si nos dejaban vasos; porque de la cocina no podíamos pillar nada por estar "todo contado".

Después de esperar casi media hora, aparecen tres de las cuatro. La vasca (con novio) se había rajado "por cansancio" y de repente la proporción se quedó en uno a uno. Pensé: Aquí ha habido reparto ¡A TOMAR POR CULO! no va a haber problema con la matemática. Por cierto... ni vasos, ni hielos, iba tocando Ruavieja calentorro a palo seco y a morro. La cosa "pinta bien" al menos de momento ¿verdad? Otra cosa digna de mencionar ¿A quién se le ocurrió aquello de encender un fuego justo en una rivera donde todo y digo todo absolutamente está mojado? Pues tampoco había fuego, esto no es la playa. Seis a oscuras, eso sí con la luz de ¡oh casualidad! la luna llena, sentados en círculo y bebiendo Ruavieja a morro, que por cierto... bajaba más deprisa de lo que yo pensaba. Al final la cosa se iba a quedar corta.

Con lo que no contaba nadie, es que el Ruavieja caliente, pega el doble... y después de poner a parir a medio campo de trabajo con la primera botella, y una ligera hostia alcohólicamente hablando, el de Talavera soltó ¿jugamos a la botella? HABÍA PEDO SUFICIENTE COMO PARA PODER DECIRLO, eso desde luego, pero me di cuenta que no estab sentado al lado de quien a mi me interesaba. He de admitir, que a mi la que me molaba era la monitora de la mala leche, y de entre las presentes... llamémosla la rubia, a la que tenía justo enfrente, pegada al colega canario. ¿Ya empezamos con las tiranteces? Lo que yo quería ver, era quien de nosotros se iba a llevar el primer beso por parte de nuestras amadas ahogadilleras, porque ése hipotético afortunado, ya iba a tener el trabajo hecho. [continuará...] Si te perdiste la tercera parte.

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