CRÓNICAS DE UN HIJOPUTA II: GRAN HERMANO, por EL REVERENDO

Todavía tenía que llegar más gente desde Madrid a Barcelona, pasando por Asturias, Bilbao, San Sebastián, Canarias, Zaragoza, Toledo, Cáceres o Murcia, hasta llegar a nuestro pequeño campamento escondido en lo más verde del País Vasco; todos ellos parecían personas agradables, amén que era un buen cóctel. La primera impresión fue extraña; ver a un chavalito con vestimentas de militar, y a otro risueño y cachondo, bajito y con gafas; parecía que habían venido juntos, pero no… No era la venganza de los novatos. Sin embargo, algo más le llamó la atención en cuanto llegué: Una sonrisa, una mirada, algo que hacía mucho que no sentía, de una persona muy especial.

Allí estábamos ya todos, y a eso de las 21:30 aparecieron las mochilas. ¡Qué alegría! Se instalaron y los que más frío tenían cogieron lo que más a mano tenían. ¡Gracias jersey azul, que juego diste esos 15 días! Nos distribuimos por las tiendas y los alojamientos a nuestro mejor entender junto con las monitoras, cocineros, gerente y demás personal. Todos a saco, sin orden ni concierto. ¡Tengo habitación!

Cenado por fin, aquí se come pero que muy bien pensé… eso creía yo. Que no veníamos de restaurante, que veníamos a currar, pero qué ganas después de comer un bocadillo de filetes de pollo. No sabíamos lo que iban a echar de menos esos manjares. Tras cenar y explicarnos las monitoras, lo que teníamos que hacer al día siguiente, nos reunieron en medio del recinto, para hacer juegos, donde podían, aunque sólo fuera, conocer los nombres. A algunos les costó, pero al final, al cabo de 15 días, consiguieron saberlos. Para complicar los juegos se pusieron un adjetivo con la primera letra de su nombre, preguntaron aficiones, rompieron globos... Tras esto casi todos se fueron a dormir, pero unos cuantos nos quedamos dándole al palique un rato.

Al llegar a la tienda, oí como sonaba el viento: ¿Y con este ruido y este frío voy a poder dormir? Al final por cansancio lo conseguí. Menos mal que tenía un saco preparado para todo tipo de imprevistos meteorológicos. ¡Gracias saco! Al día siguiente, y sin apenas pegar ojo, se levantó el resto de gente, que no debía venir tan bien cubierta. Había que empezar a limpiar cerámica, duro trabajo, además de desbrozar. Tras un desayuno "abundante" a base de tostadas de pan, mantequilla y mermelada, nos pusimos a currar. Me acordé de las pruebas estúpidas que les ponen a los concursantes de Gran Hermano. Los que se quedaron en el campo base tuvieron una gran actividad: Limpiar trocitos y trocitos de cerámica de otro lugar cercano. Aun así, hubo gente que se quemó un dedo de tanto rascar el barro. Tras bolsas y bolsas de material, y ponerlas al sol, la filóloga se dispuso a limpiar las mesas de madera, debido a la gran suciedad que acumulaban. Pero ¿para qué si estaban a la intemperie?

Cuando ya habían terminado todos los integrantes del grupo, nos llamaron a "comer". Bueno, comer lo que se dice comer… Algo se comió, que más que la auténtica cocina vasca, era el rancho de la mili. ¡Vámonos al bar! Arranqué para darle un poco de vidilla al tema. Está científicamente demostrado que donde hay un bar, hay vida. No era una discoteca, pero era el sitio con más “marcha” del lugar. Había que tomarse un café o un licor o algo ¿no? Vamos… digo yo. Los bares unen mucho a la gente, y yo… ya tenía ganas de unirme con alguna (espiritual y físicamente). No sé cómo leches me senté, que era el único que en círculo estaba flanqueado por un lado por el donostiarra, y por el otro al alternativo de Barna. Joder… ¡así no hay quien trabaje!

Así se pasó la tarde, en el único bar de la zona, que por cierto no tenía máquina de tabaco y la nicotina comenzaba a escasear en el ambiente. Una vueltecita andando y con grupitos pequeños en los que por fin pude desprenderme de mis “guardaespaldas” vasco y catalán, para poder arrimarme a un sol que me calentara algo más, sin desmerecer las atenciones de ambos… pero supongo que lo podrás entender perfectamente. Llegamos, unas duchas, un tiempo sin hacer nada… unos leyendo, otros jugando a las cartas, otros de cháchara y un servidor “echando la siesta” y quedándose con las conversaciones en voz baja que se mantenían en el exterior por el lado femenino. Al final me dormí y me levanté una hora antes de la cena. Así estuve después por la noche que no había quien me durmiera, ni ganas que había. Llegaba la hora de la cena y yo quería ponerme al menos un poco guapo, pero mira donde estás chaval… Lo cierto es que el contexto no daba mucho margen de maniobra para “arreglarse”, ni la ropa que habíamos traído tampoco. Obviamente esto no es Ibiza, ni un hotel, ni un crucero; tenía que cambiar el chip.

Después de la cena, a jugar al Twister. No jugaba a esto desde las fiestas de cumpleaños cuando era pequeño, que si mano aquí, que si pie para allá, y claro, la gracia está en caerse uno o que se te caiga encima la churri de turno… que uno perdió ya la inocencia hace mucho tiempo. Pero bueno… como niños y alguna que otra caída interesante. Al terminar, pues otra vez al bar, al que habíamos bautizado como “el SPACE”, al que bajamos como si estuviésemos en actitud de playa en Ibiza, ya que con el juego, nos habíamos animado todos. A modo de gran sala de baile, el jefe tuvo la gentileza de ponernos música para bailar (la que había) y para acompañar unas copas. Allí estaban casi todos, aunque faltaba el catalán; que se quedó durmiendo.

Entre baile y movimiento de caderas casi dislocadas por parte de algunos/as, y no quiero nombrar a nadie, que eso es de la siguiente semana, cierta persona fue ingiriendo una notabilisisisisisima cantidad de alcohol, apoyada muy directamente por dos ejemplares de la raza 7 de julio "San Fermín". Allí estaban ellos; bailando uno, manteniendo conversación para que cobraran más baratas las copas el otro. Tanto fue así que les invitaron. Y al echar la vista atrás ¡Caracoles! Que no... que eso solamente se dice en el cine español. ¡Hostias! Pegaba más exclamar en la zona, estamos solos. Nos tomamos tres copillas por barba, y más enchispados, enchispadas huidas (y más cachondos que otra cosa) nos dirigimos a las tiendas-casas, intuyendo un potencial dolor de huevos, ya que alguna estaba tontorrona, pero la intimidad era nula.

A eso de los 100 m. de la salida, oímos voces al lado del campamento, en lo que venía siendo el bosque… ¿Espíritus forestales de la euskalerría profunda? y allí fuimos flechados, porque el cuerpo nos seguía pidiendo juerga, no sin antes casi matarnos alguno por el camino, ya que no se veía una mierda. Demasiado arbusto y demasiado tronco pelado. Y entonces… Allí estaban las cuatro chicas haciendo el tonto (a las que creíamos que habían ido directamente a dormir), notablemente borrachas y risueñas, en ropa interior y haciéndonos burla para que nos metiésemos a bañarnos en un río, de cuya existencia no me había percatado.

Cuando vimos el más que tentador percal, miré mis dos compañeros de pedo, y los tres empezamos una competición de a ver quien se quedaba en gayumbos más deprisa y echar a la carrera a por ellas y al agua. Me volví un adolescente enfurecido por la testosterona deseando hacer lo que ya puedes adivinar. Y es que en la puta vida me he bañado en un río, pero en ese momento no me planteé disyuntiva alguna. Se nos debió poner tal cara de hijos de puta poseídos por la borrachera y el espíritu del pene, que cuando nos vieron correr en gayumbos hacia ellas, creo que se dieron cuenta del anzuelo que habían echado, no teniendo más salida… que tirarse corriendo al agua, sin medir temperatura, piedras u obstáculos... donde en efecto, les dimos caza a los pocos segundos. [continúará…] Si te perdiste la primera parte.

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