¿RELACIONES DE PODER? A MI NADIE ME DIJO QUE EL AMOR FUESE ESTO, por EL DUQUE

Fotografía y Modelo por Lucía Ojeda

Hoy es uno de esos días en que veo todo azul oscuro casi negro, como diría la película, pero aún así trataré de, al menos terminar el presente artículo con un atisbo de esperanza. Dice un libro llamado La Maestría del Amor; libro por cierto adorablemente recomendable de Miguel Ruiz; que cuando se establece una relación hombre-mujer, en realidad son seis personas las que tratan de conocerse, pues para empezar esta en cada uno de nosotros una personalidad que hemos aprendido a proyectar para agradar a los demás; por otra parte estaría la imagen que proyectamos en el otro; el “como nos gusta imaginarnos al otro”; y para finalizar esta nuestro verdadero yo que rara vez mostramos. Así las cosas llegar a conocerse es una tarea realmente complicada.

Ese mismo libro explica que el hombre está infectado, enfermo, dolido… y ese dolor el que le hace protegerse, escudarse… todo parece dominado por el miedo. Lo cierto es que cuando analizas desde esta perspectiva, y desde la perspectiva de la propia debilidad humana, las putadas que te hacen, tiende a ser más indulgente. Te acabas dando cuenta de que en realidad tú también eres capaz de cosas así o peores, y te das cuenta de que en realidad, muchas veces te hacen daño realmente para defenderse; para defenderse y por miedo.

Todo esto, para empezar, por que NADIE ES PERFECTO; el ser humano es un ser lleno de imperfecciones, miserias, sentimientos egoístas. Es cierto que también todos llevamos dentro la capacidad de hacer el bien; pero no debemos olvidar que todos tenemos un lado oscuro; o como nos gusta decir, un hijo de puita agazapado esperando a salir. Cuando el hijo de puta sale es por algo, y normalmente es por haber sido herido, o por miedo. No es más que un mecanismo de defensa presto a dispararse en cuanto atisbamos un daño emocional. Preferimos apalear a ser apaleados.

En realidad, el mencionado libro tiene gran parte de razón todos vamos por el mundo envenenados y acojonados y cuanto mayores nos hacemos más perdemos de vista a nuestro niño interior, ese que sacaba siempre Pedro Ruiz, pero que nos guste o no anda ahí dentro. Vamos perdiendo la capacidad de jugar, de divertirnos, de ser espontáneos y sobre todo vamos adquiriendo más y más miedos.

¿Alguno de vosotros ha tratado de aprender a montar en bici pasada la treintena o a nadar? Es mucho más difícil que cuando uno es niño, pero no por la habilidad de los niños, si no por su ausencia de miedo. Pues esto mismo pasa con el amor. Cuanto más viejos más pellejos. Cuantos mayores nos hacemos más escudos protectores llevamos, y más mala leche desarrollamos. Somos seres humanos heridos buscando el amor….

La tragedia, es que por ese miedo que tenemos y también por esa ansia de agradar dificultamos enormemente que se produzca el milagro del amor. Primero por que todos nos hemos creado en mayor o menor medida ese “yo falso”; ese ego de cartón piedra, que presentamos en sociedad y que no es nuestro yo verdadero; y por otra parte por que cuando nos relacionamos a través del miedo, las únicas posibilidades de relación, son las RELACIONES BASADAS EN EL PODER.

Uno de los últimos artículos de Steel lo dice con claridad: solo es verdadero amor el que se basa en que me quieran tal y como soy. Todos tenemos el íntimo deseo de que alguien nos ame y nos acepte tal y como somos pero paradójicamente lo dificultamos al extremo. Solo conoceremos el amor de verdad el día en que alguien nos conozca y ame tal y como somos y nosotros a ella, sin deseo de cambiarla. Lo malo es que para esto habría que ser siempre “uno mismo”; cosa que en un mundo ideal, sin convencionalismos sociales, sin miedos, sin daños emocionales, sería viable, pero en nuestra sociedad es imposible.

Todos tenemos un yo diferente según situación y persona con la que nos relacionemos. Un yo del trabajo, un yo con los amigos, un yo con las mujeres, uno con el panadero. Como digo en un mundo ideal, sin miedos, conocerse y aceptarse mutuamente sería mucho más fácil. En nuestra sociedad, hay que excavar, y hay que dejar al otro penetrar poco a poco en nuestros muros. El primer proceso que deberíamos emprender es el de autoconocimiento y auto aceptación, ¡casi nada! Sobre todo este ultimo punto. ¡Que chungo es aceptarse uno a si mismo! El segundo proceso dejar al otro entrar, ir venciendo los miedos y dejar que el otro mire, llegue y nos entre hasta la cocina…

Pero, claro, en este mundo imperfecto; no es normal ni sensato dejar a todo quisqui entrar hasta la cocina. Partiendo de la base de que todos estamos heridos en mayor o menor medida y que todo llevamos aun hijo puta dentro; no puedes dejar a la primera rubiaca de piernas interminables, labios carnosos y pechos sugerentes, entrar hasta tu cocina. Corres el peligro de que entre, te expropie, o peor aún, te haga algún que otro destrozo de difícil solución. Tu intimidad es tuya, y debes saber protegerla. Ojo, no cerrarla a cal y canto, pero si protegerla y sobre todo, debes establecer mecanismos de prueba; trampas, test; para asegurarte de que quién entra hasta el fondo sea alguien que no va a Joderte la vida si no que va tratarte con cariño y aceptación.

El segundo punto que quería tratar hace referencia a la relación de poder, y es que si aceptamos como valido el predicado de que todos andamos heridos y la defensiva, nuestras relaciones serán relaciones de poder, y eso parece evidente. Una relación hombre y mujer a mi se me antoja una relación semejante a la relación entre dos partes en un proceso negociador. Ambos tienen posturas complementarias pero diferentes, ambos tiene que negociar, ambos desean ganar, pero en ese punto se plantea el dilema.

Dilema por que si uno de los dos gana y el otro pierde, la relación entre los negociantes se queda tocada y hundida. El perdedor se queda jodido y resentido. Lo ideal sería pues un acuerdo win win: yo gano, tú ganas; pero para llegar a ese acuerdo no podemos olvidar que estamos negociando. Y una negociación no deja de ser una relación de poder en que gana el que ostenta más poder. Ese poder puede venir o derivar de una mayor legitimidad moral, de mayores recursos; de tener menos que perder, o de la información; por que el que tiene más información siempre tiene más poder.

Llegados a este punto, alguno de nuestros queridísimos anónimos cabreados, se estará tirando de los pelos y hablando de una postura excesivamente cínica, respecto de las relaciones de pareja... Bien, pues a esos anónimos les pido que hagan un experimento sociológico. A la próxima mujer que se os cruce en el camino decirla exactamente lo que penséis en el momento que lo penséis… To pa’fuera, sin guardaros nunca nada ¿¿¿Y bien????? ¡Pues eso!

Hecho el experimento llegamos a esa conclusión de que en realidad estamos como… negociando… o jugando al poker… estamos en una fascinante partida en que ambos queréis ganar, y ganar por goleada; pero en la que se da la paradoja de que es una partida en que el único resultado realmente efectivo es el empate… ósea, como uno de esos partidos de un mundial dónde lo que les vale a los equipos es el empate, pero en que ambos salen a machacar al contrario (es ciencia ficción. En uno de esos partidos ambos empatarían seguro a cero… pero esto es otro juego). Por que ella va a salir a macharte; no a ganarte si no a hundirte, a golearte… y eso, insisto, a pesar de que en el fondo ella y tú queréis el empate.

Así las cosas resulta esencial ser honesto, por supuesto, escuchar al otro, ser amable, ser un flexible negociador, pero desvelar cuanta menos información mejor. Ir dándola en la medida en que el interlocutor se va despojando de sus miedos, nos va entregando las parcelas de su intimidad. Ser capaz de levantarse de la silla, largarse de la reunión, dar por rotas las negociaciones, mientras cruzas los dedos para recibir una llamada salvadora… incluso algún farol esta permitido, aunque hay que saber medirlos; pues como he dicho buscas una relación sana… sana y fructífera.

Como prometí, a pesar del pesimismo que me atenaza en estos momentos; voy a terminar esto de forma optimista. Si, yo creo que se puede tener una relación de tú a tú; sana fructífera y en la que uno y otro se amen sin miedos y conociéndose y sobre todo aceptándose tal y como son. Para lograrlo, eso si, hay que ser concientes de dónde se parte; y hay que saber marcar límites des de el principio, saber poner a prueba, seleccionar y testar al otro, de tal forma que no dejemos entrar en nuestra alma al/la primer mindundi que pasé por nuestras vidas, saber tener la generosidad de ver al otro tal y como es sin desear cambiarlo, saber ir dando de forma escalonada y no de golpe ; saber ir enamorándonos día a día hito a hito, como si se tratase de un libro cuyo misterio se va desentrañando página a página. Mientras tanto, pensemos en cambiar al mundo y ojala haya un día en que el hijo puta no salga.

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