LA MUJER QUE ME MARCÓ

Imagen cedida por María C.

Me había levantado como tantos domingos a medio día, con las últimas puntillas de la resaca de la noche anterior… ¡Esa puta última copa! Tenía que haber sido un Aquarius pensé, para compensar los gin-tonics que como de costumbre, adornaron mi estancia en el Vilarosa. La seño de anoche… ¿Qué habrá sido de ella? Nuestras miradas no fueron casuales, como cada vez que me mordía el labio, o me encendía un cigarro con nerviosismo cuando me quedaba “bocas” mirándola, o me quedaba con cara de circunstancia cuando casualmente se ponía buscar en su bolso justo delante mía… ¿Cuál era el problema entonces? Me puedes preguntar… Pues el problema era un pedazo de maromo que me sacaba dos cabezas, y que debía ser su marido por la pinta de pureta que llevaba. Pensaba pero ¡que hija de puta eres! Y cómo me has calado, como sabes que eres mi debilidad aquí y ahora. Me encanta cuando una mujer me cala de esa forma, siento que haga lo que haga o diga lo que diga va a dar igual, ella ya sabe lo que yo quiero, no hace falta esconderlo, ni disimularlo, ni pretender aparentar cualquier otra cosa… ¿para qué? Si nuestros ojos y gestos han hablado ya demasiado.

Te contaba que me levanté jodido (y solo… lo mío nunca fueron los sábados por la noche y jamás lo negaré), abro la puerta para entrar al salón y miro a Charlie, que ya llevaba despierto un buen rato viendo la Fórmula 1. Huelo a limpio pensé, y es que mi compañero de piso y amigo Charlie, había tenido la gentileza de hacer la limpieza, en la que por pereza y sueño no contribuí. ¿Has limpiado macho? pregunté, a lo que Charlie asintió sumido en su habitual Matrix televisivo. Me siento culpable le dije, venga arréglate que te invito a comer por ahí, así ya arreglamos el domingo… al menos la tarde. Después había quedado con mi amigo el navegante para tomar algo, ya que volvía a Madrid en ese fin de semana y había que aprovechar para verle también. No le veía desde la boda.

Nos fuimos al wagaboo de Chueca, uno de mis lugares preferidos como “penúltimo” emplazamiento antes de dar la estocada final, en un circuito que siempre, e insisto siempre de todos los siempres habidos y por haber, termina bien. Quería que mi compi lo viera para que lo pusiera en su lista Sitios deputamadre donde llevarla. Es un local que de día no luce tanto, pero en fin… Es un buen lugar para hacer fichaje y para rematar a tu cita. Allí como siempre que no voy con una chica, yendo con amigos, o con clientes, lo que hago es lo que hacemos todos: fichar como un auténtico hijoputa apurando hasta la última mirada, al primer hola, o un ¿De dónde eres? Para terminarlo con un café o una copa en un lugar íntimo algo más arriba.

Lo de siempre… me volví a quedar con la boca abierta ante una seño, de las que a mi me gustan, y mientras la miraba, hablaba con Charlie de las mujeres que habían pasado por nuestra vida desde la más tierna infancia (estábamos haciendo remember), me di cuenta de algo que me cambió la cara. Fijándome en ella, en sus rasgos, en su forma de vestir, en sus ojos, sus labios (no, no es una canción aunque lo parezca) me vino a la mente como un cuchillo la imagen de una mujer de la que hacía años que no me acordaba, al menos de forma consciente. En ese momento algo conectó y me di cuenta que realmente, no era tan libre como yo pensaba. Justo en ese mismo momento se me cayeron varias cosas al suelo, entre ellas, mi verdadera libertad a la hora de elegir. Ahora lo vas a entender:

La llamaré Lola, y te diré que era una profesora de matemáticas en el colegio donde fui hasta los 13 años. Te diré también que era vecina mía, y que jugábamos al fútbol con sus hijos. No me daba clase, pero compartía clase con su hijo mayor que era de mi edad. Se suponía que ella no podía dar clases a su propio hijo, por eso nunca le tocaba con ella. Por las tardes después de las clases, jugábamos todos en el patio hasta la hora de merendar. Subíamos por turnos según la casa a la que tocara subir, a tomar la merienda y a jugar con el ordenador (uno también ha tenido su pre-adolescencia). Mi hermano y yo siempre íbamos juntos, con el pretexto de que tenía que vigilarle, así mis padres tenían algo más de tiempo para hacer su vida, la tarde en que a mi hermano y a mi nos tocaba subir a casa de Lola a merendar y a jugar, hasta que mi padre venía a recogernos si ya se hacía tarde, o mi madre si todavía era de día.

Si hubiese sido por mi, todos los días hubiesen sido de turno en casa de Lola. Era una mujer de casi 40 años, divorciada, morena, elegante, muy española, cariñosa... Siempre con un perfume muy pegajoso, muy femenina, estaba siempre maquillada. Mi madre decía que era una tía que no valía un duro y que por eso se pintaba como un payaso, pero eso era envidia... Pura envidia, te lo aseguro, era un pedazo de mujer. A mi madre no le gustaba que fuese mi padre a recogernos para que no la viera, por eso cuando venía él, en casa después siempre había algún comentario acerca de “cómo iba hoy Lola”. Recuerdo una vez en la que nos abrió la puerta, llevaba una camisa larga de botones, con flores dibujadas, el pelo recogido en un moño y poco más, siempre con una sonrisa de oreja a oreja y con ese perfume que todavía tengo grabado bien dentro. En ese momento me quitó la vida, se fue al sofá, se echó y desde donde yo estaba, pude cazar a la vista unas braguitas blancas.

Mi hermano y su hijo pusieron el ordenador, pero yo ya estaba agilipollado. No sabía dónde mirar, ya las había visto. Ella se debió de dar cuenta y se bajó la camisa aún más para que no se le vieran. Tenía unas piernas preciosas, para las que a un mandril como yo, con la cara llena de granos y lleno de complejos resultaban un mundo. No podía dejar de pensar en esa mujer desde ese momento. Ni Dios sabe cuántas pajas me hice recordando esa misma imagen una y otra vez. Quería quedarme allí, a la mierda la merienda, el videojuego y mi padre que vendría a recogernos en una hora y media. Como era el mayor del grupo, creo que por eso hablaba más conmigo, me preguntaba chorradas en las que yo me esmeraba en responder y en querer aparentar “responder como un mayor”. Esa mujer me tenía calado hasta lo hondo, supongo que le parecería entrañable, o gracioso, o anecdótico que un niñato como yo estuviera “enamorado de ella” como pueda estarlo un adolescente y que fantaseara... Cosas de chavales, al fin y al cabo.

Me volvió a matar otro día cuando me dijo, que me sentara con ella a ver las fotos de las vacaciones. Como de costumbre, mi hermano y su hijo con el Espectrum, y yo “esperando mi turno” para coger el mando. Me senté con ella en el sofá y empezó a enseñarme fotos suyas en la playa de Cullera. Yo como un niño bueno con las manos juntas, miraba, asentía y no decía ni pío... Hasta que salió ella en una foto en topless. Se me debieron de poner los ojos como platos, incluso recuerdo que tuve una erección instantánea, me puse rojo, rígido y aparté la mirada de la foto. Además te diré que la pedí “Perdón por mirar”. Después de todo, era una profesora del colegio, una “seño”: No pasa nada Miguel, puedes mirar si quieres, en la playa está todo el mundo así. Volví a mirar mientras ella sostenía la foto y le pregunté ¿Puedo? Me la dio para que la viera, y yo debí poner cara de falsificador de billetes, de tan cerca que me la debí poner de la vista. Siguió pasando fotos como si nada, pero yo me quería morir.

La más fuerte de todas para mi fue esta: los tres en la habitación del hijo mayor, jugando a yo que sé qué... Oigo mi nombre y voy dócilmente a donde oigo la voz. La puerta de la que un dia fue la habitación de matrimonio abierta, y Lola en penumbra y dada la vuelta con un vestido corto abierto por la espalda: Miguel ¿me subes la cremallera del vestido que tengo que salir? Imagínate, toda mi vida se fue en subir esa cremallera que oajalá hubiera durado horas. Se le veía el broche del sujetador y para mi “eso era la hostia”. No me lo podía creer. Cuando la subí, se dio la vuelta y con un sonrisa me dio un beso en la mejilla: Gracias, anda... ve a ver que están haciendo esos dos, que no se les pude dejar solos... Pfffff! Lo recuerdo todavía y resoplo.

¿Sabes qué? Creo que después de 20 años que hará, sigo buscando a Lola en cada mujer. Me doy cuenta de que cada mujer con la que he estado, tenía algo de ella, o bien gran parte del conjunto... Empezando por la edad, la voz, o la boca, o la sensación de que ella me aventaja de alguna forma, que sabe lo que estoy pensando, pero sobre todo esa feminidad que a día de hoy no he olvidado. Todo ello me hace pensar que no soy tan realmente libre como yo creía en cuanto a gustos, en cuanto a atracción, en cuanto al tipo de mujer que me gusta de verdad: mi amada seño. Esto explica mi reacción ante un perfume fuerte de mujer, ante una mujer madura que sabe sacarse partido, ante un vestido bonito, ante una voz dulce que es capaz de meterse dentro de ti hasta lo más hondo... ¿realmente soy yo quien elige la mujer por la que se siente atraído? Ya ves que no, hay cosas contra las que no se puede luchar.

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