SÁBADO NOCHE: EL PUTO PRECIO DE LA INTEGRIDAD

Imagen cedida por Enrique Perales

Estás algo cansado y bebido, apoyado en la barra en un club que se ha puesto de moda durante el último verano como lugar recomendado; y donde se dejan ver de vez en cuando famosos de gama baja… la excusa perfecta para cobrar 18€ la copa y ver “gente guapa” que se pasea por los corredores VIP sin hablar con nadie. No sabes cómo puedes llevar semejante borrachera y ni si quiera quieres pensar cuánto te has gastado esa noche, por miedo a querer pedir la siguiente, abrir la cartera y ver que tendrías que hacer uso de la tarjeta… O eso, o pagar la última copa con toda la chatarra de monedas que todavía te queda; pero no, la tarjeta no… solamente para las emergencias y aquí nadie paga con monedas… mejor quietecito con la billetera ¿OK? Enciéndete un cigarro y sigue hablando. Estás con un amigo, ambos con la risa fácil y dentro de una burbuja que aunque dentro del local, está completamente separada del resto. Debe de quedarte una copa más para que la lengua comience a trabarse y ya no bailas… pesa más la hora cercana al cierre y retirarse a casa con el dudoso honor de no haberte arruinado del todo.

Por un momento piensas: “El infierno debe ser algo así, pero no debe cerrar nunca”. Te vas dando cuenta como cada vez hay más chicas monas y súper arregladas sentadas en los reservados, porque no les quedan fuerzas para bailar, y porque ya no pagan copas… Ni se las pagan, los que se han cansado de intentar ligar con ellas y ver que así no conseguían nada. Una con los tacones en la mano, otra diciéndole a un pesado borracho que ya se van, la amiga dándole su teléfono al amigo de éste con el que nunca quedará para tomar un café, alguna esperando a que cierre la discoteca y abra el Metro, y otras hablando con las amigas para cogerse un taxi entre todas. Ya la fiesta no es tal fiesta, está decayendo mientras los últimos atrevidos a causa del alcohol que llevan entre pecho y espalda, comienzan a entrar a las pocas mujeres que quedan sueltas “a la desesperada” por si cae alguna despistada. Da igual, todo vale con tal de volver acompañado a casa.

Tanto glamour a la 01:00H cuando entraste, se ha convertido en un colectivo de ansiedad, alcohol, chicas imposibles y hombres desesperados, a los que se les ha terminado la pasta para gastar. Miras a los buitres y te das cuenta de que no eres tan diferente a ellos, quizás la única diferencia es que ellos están haciendo el ridículo tratando de convencer a alguna de que son la mejor opción (a esas horas) y tú estás con tu amigo contando batallas de vuestras respectivas novias… A tu puta bola. Ves como está la pista, ves las miradas ansiosas del número excesivo de tíos en proporción que han quedado… ¡Joder! ¿Es que nadie se da cuenta que aquí las chicas se empiezan a ir a las 03:00H? panda de… de… de… ¡Pues eso!

Demasiada tranquilidad por tu parte ¿verdad? Tranquilo, que te va a durar poco... Sin esperarlo viene una chica que como si os conociera de toda la vida, se pone entre medias de tu amigo y tú. Muy guapa, guapísima, te das cuenta de que es una chica italiana, chapurreando lo poco que sabe de español y ciertamente va muy bebida… No podía ser de otra manera… y te preguntas ya al borde del bajón “¿Es que una chica así de atractiva y en una actitud tan receptiva solamente es capaz de acercarse a nosotros estando borracha?”. Por lo visto sí, así funciona “el mercado del ligue de última hora”. No se la entiende bien del todo, pero se presenta y os dice que ha venido con una amiga (digo yo que para “equilibrar”) añadiendo que se ha puesto a hablar con vosotros porque parecéis buenos y sois los únicos hombres de la discoteca que están “tranquilos”, pasándolo bien entre ellos y que no las han agobiado.

¡Qué gracia! ¿Buenos? Puedes pensar lo siguiente: “A esta hora seguro que lo que quiere es que la inviten a una copa, que la inviten a tabaco, o a pedir algo… vete tú a saber si no termina preguntándome si tengo coca… En este lugar no sería tan extraño; y que entre una mujer así de atractiva, pues mira… No es normal”. Pasa el tiempo y su amiga no aparece por ninguna parte; pero ni ha pedido que la inviten a una sola copa, ni ha pedido tabaco, ni coca, ni nada… Solamente está borracha y con ganas de marcha y la risa fácil. Es más, ha sacado un billete de 50€ y ha preguntado qué queremos tomar… EL PUTO MUNDO AL REVÉS. Bueno, todo va bien entre comillas. No se la entiende muy bien, pero es entonces cuando ya te das cuenta que la cosa está muy a huevo ¿demasiado fácil? Pues sí, y no has tenido que hacer absolutamente nada; ella está borracha, está muy buena y le da exactamente igual dónde le pongas la mano cuando hablas con ella: certificas con el tacto y con el hecho de que ella no respeta la barrera física al hablar contigo que en cualquier momento puedes actuar.

Tu amigo en ese momento, le vuelve a preguntar “¿Y tu amiga?”, porque en realidad hasta el momento parece que está sola. Ella que está prácticamente pegada a ti, se da la vuelta para buscarla con la mirada, cuando hace esto, roza todo su cuerpo contigo, notas sus pechos presionándote y en ese momento te entra el deseo de cogerla, abrazarla y comértela como un animal. Ella ve a su amiga sentada en un reservado cerca de la pista y le hace señales para que venga. Su amiga está bastante más sobria, pero con una cara de cansancio que no se aguanta y se le ve con ganas de irse; aunque viene a apoyar a su amiga y establecer el equilibrio numérico del grupo. Mientras la primera te habla y te grita al oído, dándote también con sus labios en el cuello, mientras te coge por la cintura, cosa que te pone malo, malísimo… El HIJOPUTA está apunto de salir porque ya te ha entrado el demonio en el cuerpo con su último chupetón en el cuello…

Pero… ahora que lo piensas querido Adán, justo antes de que salga ese HIJOPUTA que llevas dentro, al que le falta un milímetro para aprovecharse de esa situación haces balance: Definitivamente ella está bebida y no, no es tu chica, no es tu Eva, no es la mujer a la que amas y de la que estabas hablando con tu amigo pocos minutos antes. El HIJOPUTA habla también “Nadie se va dar cuenta, estáis tu amigo y tú, no hay nadie mirando… cómetela y no seas capullo y después te la llevas calentita al piso, sabes que no te va a decir que no… ¿cuándo vas a volver a pillar con un pibón asi?”. Sabes que tu amigo no hará nada con la otra chica, ni con esta (da igual, las dos están igual de buenas) pero le conoces, es un tío noble; pero tú no estás tan seguro de serlo tanto. Miras a tu amigo que te pone cara de “¿Qué hacemos con estas dos?”.

Te diriges a la que está más sobria y le chapurreas con el poco italiano que sabes que su amiga está un poco borracha y que no quieres que ella se sienta incómoda. Le dices: “No dejes beber más a tu amiga”. A lo que ella te dice que OK, pero que ahora mismo está descontrolada y no sabe cómo manejarla. Cuando oyes la palabra “descontrolada”, la batalla interior que llevas dentro se pone al rojo, y para apagarla le dices: “No te preocupes, somos buenos chicos”. Cuando le dices esto, no sabes por qué, pero se hace el silencio entre los cuatro, ellas se miran entre ellas y después os miran como si fueseis marcianos. Les acabáis de decir con otras palabras que “No va a pasar nada”, después de esa mirada sin mediar una sola palabra más, se marchan. Tu amigo y tú os miráis como no creyendo lo que ha pasado por hacer ese último comentario.

¿Qué coño pasa? Empiezas a pensar: “Se habrá sentido rechazada, o igual me he pasado de listo”, pero te empieza a gobernar un sentimiento de que efectivamente has hecho el capullo… ¡Que baje Dios y lo vea! El sentimiento es este, probablemente lo cuentes y no te crean, a esas horas, dos mujeres muy atractivas y sin hacer nada, muy bien suena a fantasmada de sábado noche (a mi también me lo parecería si me lo cuentan).

Decides irte, ya ha habido demasiada fiesta y esto es la puntilla. Te despides de tu amigo que va en taxi, mientras prefieres volver caminando a casa para enfriarte mientras te sientes como un verdadero capullo; echando de menos a tu novia como nunca la has echado antes. Tienes ganas de llamarla, pero desde luego no son horas. Empiezas a darle vueltas a todas las perrerías que le hubieses hecho a esa mujer en la cama y con mucho gusto además; sientes una mezcla entre haber hecho lo correcto y ser un auténtico capullo. ¡Joder! Cómo te gustaría tener ahora a tu novia cerca, con el móvil en la mano para llamarla, pero probablemente estará durmiendo ya.

Llegas por fin a casa, y notas ese puto dolor de huevos y el calor de la calefacción; estás absolutamente solo y vuelves mentalmente a la barra de aquella discoteca y al momento justo en que ella te rozó con sus pechos y ese chupetón en el cuello… Te quieres morir, pero coges el teléfono de nuevo para llamar a tu chica, tienes que oír su voz, necesitas hablar con ella y sentirla cerca de ti justo antes de dormir. Cuando ves tu cama vacía, te quieres morir dos veces y el peso del concepto CAPULLO nunca ha tenido más sentido que ahora. La llamas, no te lo coge; la llamas insistentemente por segunda vez, y esta vez si que lo coge. La has despertado y quedáis en hablar al día siguiente: “Solamente necesitaba escuchar tu voz” le dices. Ella responde con pereza y voz de recién despertada: “Estoy durmiendo”. Si ella supiera cómo te sientes en ese momento y por qué te sientes así, no creo que fuese tan comprensiva, quizás tú tampoco lo serías y lo sabes. Esto bien podría llamarse “el puto precio de la integridad” un sábado por la noche, pero dime… ¿Quién te quita esa sensación de sentirte como un capullo y ese dolor de huevos?

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