NO NACIMOS ALFA: A PECHO DESCUBIERTO, por EL DUQUE

Imagen cedida por Lucía Ojeda

Conforme uno va cumpliendo años y conforme va recibiendo tortazos sentimentales en la vida, uno va forjándose a fuego lento una coraza, cada vez más fuerte, más dura y más impenetrable. A esto se le suele llamar madurar. Yo estoy harto de ver tanto en mí como en los demás esta clase de coraza, que parece vacunarnos contra el desamor y contra el sufrimiento del dolor de la pérdida. Como he dicho antes, a esto se le llama “madurar”. Si hablamos en términos antropológicos, a esto se le puede llamar también ser muy Alfa. Me refiero a lo de tener una coraza infranqueable… En apariencia por supuesto, una vez más y como solemos decir por aquí: TERMINATOR NO EXISTE.

En los últimos días he estado reflexionando sobre esta idea y sobre si hay verdad en estas palabras, sobre si es verdad que resguardarse, cuidarse, protegerse o ser muy Alfa es en realidad madurar o más bien es la más evidente muestra de un infantil miedo a la pérdida, dolor, sufrimiento, a dar más de lo que recibimos… Del tono de mi frase habréis deducido que he optado por esta última idea.

Empiezo a ver meridianamente claro, que la verdadera madurez esta en amar a pecho descubierto, sin coraza. A dar con generosidad; a apostar por aquél que ha suscitado nuestro interés, a COMPROMETERNOS de veras HOY; en esta relación. Creo honestamente que no hay nada más Alfa que asumir tus propios sentimientos, luchar por ellos y asumir de frente y con desapego la posibilidad de que eso se pierda. Afrontar la posibilidad de perder y hacerlo sin miedo al dolor si no desde la aceptación del dolor como algo inherente a l apropia esencia de la vida.

Amar sin coraza, para muchos es algo suicida, para otros es simplemente algo poco atractivo si de ligar y seducción hablamos. Discrepo con ambos puntos de vista. Para empezar madurar es asumir pérdidas y ganancias; asumir responsabilidades, errores y aciertos; asumir que en nuestra vida va a haber dolor aunque también va a haber dicha. Para continuar, no me parece que lo poco atractivo sea amar, dar, ser buena persona, o comprometerse. Lo poco atractivo suele ser el desmesurado apego; la dependencia excesiva, la falta de autonomía mental, funcional o emocional, la reactividad o la falta de autoestima. Veamos estos puntos.

EXCESIVO APEGO: Nace del miedo al dolor, del miedo a perder. Te necesito y necesito atarte, sujetarte, controlarte, manipularte, poseerte. El excesivo apego quiebra varios de los principios constitucionales del amor. Mi miedo te quiere hacer su esclava.

DEPENDENCIA: La felicidad propia depende del otro. Cargamos al otro con nuestra propia existencia y con el deber de preocuparnos el bienestar anhelado.

FALTA DE AUTONOMÍA: Hay veces en que en una relación perdemos nuestro yo. Es el otro el que dicta como debemos pensar, el que nos da el aliento emocional o el que hace que seamos o estemos. Nuestra vida gira en torno al otro sin espacio para nuestro crecimiento e individualidad.

LA REACTIVIDAD: Nace como contra opuesta a la proactividad. Alguien es reactivo cuando su conducta es determinada por causas exógenas; en este caso la reacción del otro o el comportamiento del otro. Actúas en cuanto el otro actúa y en directa dependencia de cómo actúe el otro .Las acciones de la pareja funcionan como botones de nuestra propia maquinaria; según que botón pulse así reaccionamos.

FALTA DE AUTOESTIMA: Una buena autoestima nada tiene que ver con sentirse el rey del mambo o creer que uno es indestructible. Una sana autoestima parte de un buen concepto del yo; de la valoración del esfuerzo propio, de la satisfacción de lo logrado por el esfuerzo individual. Una persona con buena autoestima sabe pedir lo que desea de una relación, sin miedo al que dirán y sin miedo a adoptar las medias necesarias en caso de que sus peticiones no puedan ser satisfechas. Yo sé quién soy, se dónde voy y si quieres venir serás bienvenida. Has de valorarme tal y como soy, darme tu tiempo tu afecto, tu sexo. Sin no deseas darme, si no me valoras, no insistiré, ni me arrastraré pidiendo lo que de por si ya es mío por derecho.

No es el amar lo que nos hace betas, si no la forma de ese amor.

En conclusión y para terminar, en un mundo en que nadie desea tener heridas; en un mundo en que ser maduro parece ser estar prevenido contra el dolor con una armadura de acero reluciente, cada vez soy más de la opinión que la verdadera superación de nuestra etapa de niñez pasa irremediablemente por la apertura de la armadura y enfrentarnos nosotros a pecho descubierto a los retos y desafíos que nos ofrece la vida.

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