ASÍ LIGABAN NUESTROS ABUELOS

Imagen cedida por Enrique Perales

Málaga, Costa del Sol, postguerra en los años 40. Un empleado de banca del Hispano Americano, de 20 años llamado Miguel, va todas las mañanas a tomarse un café a una heladería de la calle Larios. En esta heladería trabaja una chica llamada Josefa, “Pepita” en confianza. De todas las cafeterías que puede haber en dicha calle, que bien podría ser en importancia como la Gran Vía malagueña, el joven Miguel va siempre a la heladería en la que trabaja Pepita, para verla y para que sea ella quien le ponga el café: “Buenos días Pepita” y antes de que ella abra la boca para devolver el saludo, rauda y veloz sale la madre de Pepita de la trastienda. La madre es la heladera y cuando le oye, sale rápida para atender al joven Miguel, que no desiste en volver una y otra vez solamente para ver a su hija, a pesar de que su madre hace una y otra vez de escudo protector, y pocas veces puede decirle algo más que “Buenos días”.

Así pasan dos años, en los que día tras día a las 11:00 en punto de la mañana, Miguel va a tomarse el café. Si está la madre de Pepita, ella no habla… ya lo hace su madre en su nombre; se trata de su hija pequeña y la custodia con recelo. Miguel, durante este tiempo se ha hecho también con una sacristía, sigue el patrón de todo españolito medio, que piensa en fundar una familia, teniendo un segundo trabajo aparte del banco, en el que se dedica a negociar los bautizos, bodas y comuniones; y la gente recurre a él para conseguir las famosas cartas de recomendación para colocarse bien en un buen trabajo. A estas alturas, además de por la mañana va a ver a Pepita por la tarde, cuando sale de la sacristía, e incluso ha tenido el “atrevimiento” de acompañar a Pepita dando un paseo por el parque, con su madre de caravina por supuesto, que siempre trata de velar por la decencia de la conversación y del encuentro, que suele terminar con un “A sus pies señora” y un beso en la mejilla, cuando la madre decide que es hora de volver a casa.

Han pasado ya cuatro años, y un buen día, el padre de Pepita, se presenta en la sacristía e invita a Miguel a tomar café a casa, para darle la oportunidad de pedir la mano de su hija, y hacer su declaración de intenciones formalmente, ya que se ha hecho eco de la sincera amistad que existe entre él y su hija, con el beneplácito de la madre, quien ya ha comprobado durante todo este tiempo, día tras día, que el amor de Miguel por su hija es sincero y casto. Él, además, es un hombre de bien que en cuatro años ya tiene una buena posición social y profesional, y eso también cuenta para los padres de ella: “Miguel, quiero que vengas a casa mañana a las cinco, tengo que hablar contigo”. Así, sin más, con un tono serio, militar y educado.

Miguel se presenta más que puntual en casa de los padres, nervioso, como quien va a pasar por un examen. Lleva puesto su mejor traje, los zapatos relucientes, repeinado a más no poder, afeitado, bien perfumado y portando un ramo de flores para la madre de Pepita y una bandeja de pasteles. Le recibe la madre ya con la puerta abierta y una sonrisa de oreja a oreja, mientras recoge el ramo de flores y los pasteles que lleva de inmediato a la cocina. Le invita a pasar al salón, en el que está el padre sentado en un sillón a modo de trono, con cara de satisfacción. Se levanta, le da la mano y le invita a sentarse, mientras Pepita sale de la cocina y sirve café a ambos, sin soltar una sola palabra. Miguel tiene el corazón en un puño, porque no sabe si mirarla, si decirle hola, si sonreírla… Pepita no le mira directamente, pero justo cuando termina de servir los cafés y la bandeja de pasteles que él ha traído, ella le sonríe con la mirada y vuelve a la cocina, a tomarse el café con su madre, mientras los hombres se quedan en el salón.

El padre de Pepita le ofrece tabaco y le pregunta cómo está. Miguel en sus nervios, le responde “Muy bien Don…”. Él le corta y le dice “Miguel, no me trates de usted, dentro de poco seremos familia, quiero que me digas cuáles son los planes que tienes con mi hija”. Él le dice que sus intenciones son sinceras, que quiere pedirle la mano de su hija y la bendición. Le cuenta lo bien que va el banco y la sacristía, que no habrá problemas para que se elija la fecha de boda… Después el padre le pregunta cuánto gana, y si es consciente de que casarse y fundar una familia, exige un esfuerzo muy grande: “Por lo que a mi respecta, eres un hombre de bien, pero la última palabra la tiene Pepita. Así que si os queréis, por mi y mi señora está bien. Ven a comer el domingo”.

Tres meses después mis abuelos se casaron. Mi abuela, dejó de trabajar en la heladería para criar a mi padre y a mi tío. El matrimonio de mi abuelos, duró más de 50 años, hasta que mi abuelo enviudó hace poco. Un matrimonio que ha estado junto y unido toda la vida, en lo bueno y en lo malo. A mi sinceramente esto me provoca admiración. Es verdad que ya las cosas no se hacen así, un cortejo así como el de mi abuelo a mi abuela, a día de hoy no se ve en ninguna parte, pero creo que es una historia muy romántica, y más cuando queda demostrado el éxito de este matrimonio del que ya se ven muy pocos. Me da qué pensar, en lo que es realmente auténtico, a qué nos aferramos, en qué nos fijamos a la hora de elegir pareja, en las relaciones que se viven hoy en día, en lo barato que está hoy tanto juntarse como separarse… Soy de los que piensan que la cocina a fuego a lento, hace que las cosas sepan mejor.

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