EL PRECIO DE TU COHERENCIA II: NADIE DIJO QUE FUERA FÁCIL, por EL DUQUE

Cuando hablamos de la integridad como un principio básico de ese ensoñado nuevo Adán hablamos sobre todo desde la perspectiva de las múltiples ventajas que ser integro comporta; empezando (o acabando) por el obvio atractivo que tiene la clase de persona realmente íntegro y sólida en sus principios y actuaciones. No voy a desgastar las palabras una y otra vez para seguir ensalzando esta esencial virtud. Lo que si que voy a hacer es hablar del precio. ¿Como?; ¿Creías que era gratis?; ¿De verdad creías que se íntegro es fácil, gratis total e indoloro?; ¿Qué todo era vida de vinos y rosas? Siento decirte que la auténtica integridad, la de verdad, la que comporta coherencia vital, congruencia y honestidad, tiene un peaje y un peaje que comporta dolor.

Ser de verás íntegro te puede llevar tomar decisiones incómodas para ti y para los demás; puede llevarte a renunciar a esa chica que tanto te gustaba o aquel trabajo que siempre soñaste; puede llevarte a hacer daño a aquellos a los que amas e incluso puede que te hagas daño a ti mismo.

Ser honesto supone tomar decisiones; decisiones muchas veces incómodas y decisiones muchas veces que te enfrentan a una gran realidad vital. No puedes tenerlo todo. No puedes ser fiel al amor de tu vida, ser fiel a tu carácter de follador indomable, al mismo tiempo ser un bastión en tu comunidad religiosa y además desarrollar tu propia idea vital y espiritual.

La vida suele tener el macabro sentido del humor de enfrentarte a ti mismo en un cruel espejo. Cruel por que ni aumenta ni adelgaza una realidad que muchas veces te será incómoda. Ese espejo te pregunta ¿quién eres? ¿Qué buscas? Te lo pregunta sin hacer referencia a los demás, sin buscar cómplices voces que cambien la imagen. Ese eres tú.

El problema es que a veces la luz de la habitación esta apagada y solo vislumbramos sombras en ese espejo. Apenas alcanzamos a distinguir entre lo que creemos de veras y lo que los demás ansían que creamos, entre lo que somos y lo que los demás esperan que seamos.

A nadie le gusta decepcionar a nadie ni mucho menos causar dolor en los demás ni en uno mismo. A veces la integridad nos obligará coger el camino sinuoso, el incierto y escarpado frente al ancho y pavimentado. No dudes que andar ese camino te reportará momentos duros, momentos de dolor y soledad, pues como habrás adivinado, la mayoría de la gente sigue cogiendo el camino fácil; el pavimentado.

El problema estriba en que ese camino en efecto es más fácil pero no es tu camino y no lleva al destino que ansias. Tú querías ir a Madrid y si coges el camino ancho que coge tu amigo o vecino puede que acabes en Segovia. Una vez allí, en Segovia no te quejes. A fin de cuentas escogiste un camino que no era el tuyo o peor aún ante las dudas decidiste no moverte y dar pasos en círculo con destino a ninguna parte y con paso incierto.

La vida muchas veces te pone en una encrucijada de caminos y ninguno es fácil, pues todos ellos conllevan necesariamente la renuncia los otros. No puedes ir a Madrid, Barcelona y Sevilla. Cada uno comporta renunciar a los otros dos. Cada camino lleva consigo una derrota y una victoria; cada camino traerá consigo un dolor.

De repente el camino que llevabas finaliza y se alzan ante ti tres caminos diferentes; todos ellos comportan dolor, riesgo e incertidumbre. Ante este panorama ¿Para que ser íntegro? Te puedes preguntar; no quiero sufrir, gritas a los cuatro vientos. Como he dicho ser integro tiene un precio, pero también un premio incalculable. El premio eres tu mismo y saber siempre que tus pasos son tuyos y tú caminar sereno; el premio es dormir tranquilo cada noche, y poder mirarte sin miedo en los espejos. [Parte I]
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