ESTO ES IMPULSO PRIMARIO I: TENSIÓN SEXUAL

Fotógrafo: Chema Pascual

Esto que te cuento me acaba de pasar, y todavía la ansiedad y una profunda respiración siguen gobernando mi cuerpo. Sé que si espero a mañana para escribir no será lo mismo, por eso prefiero contártelo ahora que me acaba de suceder. No ha sido intencionado, te lo aseguro, porque en la vida me había pasado algo así y con tanta intensidad. Siento una mezcla entre euforia, ansiedad, culpa y excitación... He tenido que fumarme 5 cigarros antes de poder sentarme a escribir y ojalá estuviera exagerando. El impulso primario... Ahora lo entiendo, creía que podía explicarlo pero me acabo de dar cuenta que el papel y la sangre rara vez coinciden. Es como si tuviera un candado que rodea mi cuerpo, una película invisible que me dice que he hecho bien en no dar un paso más, pero me duele el cuerpo, me siento débil, el sexo me aprieta el pantalón hasta el dolor... Ojalá fuera una broma, o una anécdota, o una experiencia que uno de vosotros me hubiera relatado. Ha sido violento y discreto a la vez, aunque no sé si alguien se habrá percatado a excepción de ella y yo.

Son las 20:00H de la tarde, he estado con unos amigos en La Latina tomando cañas hasta que el cansancio me ha obligado a volver a casa, pero me encuentro más excitado que cansado mientras te escribo estas líneas. Al meterme en el vagón que me llevaría directo a casa, me he acomodado en una espaldera, sin sentarme. He visto que a la par que yo, por otra puerta en el mismo vagón se ha metido una mujer, entre unos 35-40 años, arreglada, pelirroja, pelo suelto hasta la espalda, ojos azules y grandes, 1.70 con tacón alto... altísimo, chaqueta, escote discreto visto de frente pero no en ángulo, vaqueros lavados ceñidos y bolso de mano... Lo que yo llamaría una SEÑO. No he podido evitar quedarme mirándola como un tonto, como un baboso, como si no hubiera nadie más en el vagón... No he podido evitarlo, una mujer madura así para mi es una debilidad muy fuerte, he de reconocerlo, pero esta vez ha sido más fuerte, muy fuerte. Todo lo que he mencionado hasta ahora del impulso primario me parece teoría en comparación con esta experiencia, por llamarlo de alguna manera...

Ella se había quedado en la otra puerta, una fila de asientos y unas cuantas personas de distancia. Me ha cazado un par de veces mirándola, pero he intentado disimular... Me he puesto a mirar al infinito, a otra parte, al de enfrente, a quien fuera, pero obviamente he debido ser demasiado descarado, porque ella agachaba la cabeza en ocasiones y miraba un segundo, para después retirar la mirada. Tenía que mirarla una y otra vez, era como si tuviese un imán o una cuerda que me tiraba en esa dirección y juro que no podía evitarlo. Ella agachaba la cabeza como para ocultar su rostro y se tocaba el pelo nerviosamente de forma que no podía verle la cara. Yo trataba de buscar su mirada, aunque sabía que no podía aguantarla más de dos segundos, era incapaz. Sentía que a esa distancia la estaba invadiendo, me sentía bastante violento pero era inevitable.

Se abrió la puerta y pensé que se bajaría en la siguiente, porque mi acoso visual y sus reacciones eran nerviosas, inquietas, e inequívocamente fruto de mi mirada entrecortada, agresiva y descarada por momentos, hasta que me la devolvía y yo la volvía a apartar. No se bajó para mi sorpresa, empecé a respirar hondo y a tratar de que no se me notara que estaba resoplando, porque no sabía qué hacer. Entró un grupo de gente por su puerta y esto hizo que se tuviera que meter más hacia dentro, tanto que acabó a medio metro de mi y apoyada en mi barandilla, a lo que yo creía ya que me moría, porque no sabía dónde mirar. Su muñeca estaba a la altura de mi cara y empecé a oler su perfume: fuerte y dulzón... Creo que esta mujer era el diablo, porque encarnaba todas mis debilidades juntas. Cerré los ojos para no mirarla, porque estaba tan sumamente cerca que era absurdo mirar hacia otra parte. Al cerrarlos, respiré su perfume con intensidad y no pude evitar girar el cuello y mirarla directamente.

Parecía más tranquila que cuando estaba lejos, y mis ojos después de su cara, fueron directos a su escote, como un reflejo al bajar mi vista al no querer buscar sus ojos por lo violento de la situación. Estaba nervioso porque se debió percatar, pero la verdad es que fue descarado, busqué sus pechos en ese escote... Y los encontré. Ella volvió a agachar la cabeza y a tocarse el pelo, dio un paso más cerca de mi y se quedó frente a frente, totalmente pegada. Tanto que si me movía solamente un poco ya era imposible no tocarla. No había tanta gente en el vagón como para justificar ese acercamiento, ni el anterior desde su puerta... Se podía haber quedado allí. Su perfume me castigaba obligándome a que levantara la cabeza y la mirara... Y eso hice.

Me devolvió la mirada y se pegó sin apartarla, tanto que para no tocarla me clavé en la espaldera aún más si cabe, como intentando abrir una cueva en la pared con mi espalda y mis talones. Ahora era yo quien se sentía invadido, atacado y violentado de una forma mucho más literal. Era prácticamente nariz con nariz cuando justo giró la cara para ofrecerme el escote, como dándome permiso para mirar de nuevo. Al hacerlo, me dio con el pelo en la cara mientras mis ojos fueron directos a ese maldito escote, que dejaba ver una caída natural perfecta y madura, que me había obsesionado irracionalmente. Al girarse se apartó ligeramente haciendo ademán de salir, porque era la siguiente parada. Pero en vez de eso, dio unos pasos atrás y se puso en la pared opuesta a mi, frente a frente.
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Volvió el juego de las miradas y del pelo, no paraba de moverse nerviosamente, de mirar su reloj, de mostrarme su muñeca cuando lo hacía, de colocarse la chaqueta... Esto no tenía gracia, me sentía mal, nos devolvíamos las miradas y llegué a tener la sensación de que su parada ya había pasado y se había quedado allí para seguir jugando conmigo, o bien estaba esperando a que yo hiciese algo. Se podía cortar la tensión con cuchillo. Así pasaron unas cuantas estaciones hasta que tocó la mía. Sentí una mezcla de tensión y alivio. Tensión por esos últimos segundos en los que parecía que la puerta tardaba una eternidad en abrirse, para abandonar ese laberinto de atracción en el que estaba atrapado. Alivio porque ya había llegado a casa... ¡Por fin! Por un momento imaginé que ella se bajaría también y eso me dio miedo, pero fue eso, sólo mi imaginación.
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La miré mil veces en esos últimos cinco segundos antes de bajarme.. Pero o no era su parada, o decidió dejar de jugar. Salí y me quedé unos segundos quieto en el andén, sin mirar atrás, solamente la volví a mirar desde fuera mientras se cerraba la puerta y el tren se iba. Entonces empecé a respirar hondo y deprisa sin poder bajar el ritmo. Así he vuelto a casa, acelerado, nervioso y sin saber que sentir o qué pensar... Hasta que he podido sentarme y contártelo. ¿Qué hubieras hecho tú? [continúa en parte II]
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