EL POKER DE PETER PAN

Fotógrafo: Chema Pascual
Modelo:
Enrique Perales


Hace ya más de 40 años que estoy aquí, en este mundo. Aunque parece una eternidad cuando se dice, la verdad es que hay muchas experiencias que, piensas, podrías volver a vivir mañana mismo. Y es que te cuesta reconocer que muchas de esas cosas no volverán a repetirse, sencillamente porque “la vida” ya no te las volverá a dar.

Me vienen a la cabeza recuerdos de la infancia, cada vez con más frecuencia, y no puedo evitar quedarme en blanco, sumergido en un sueño del que no quisiera despertar. ¿Cuántas veces no habremos pensado “me gustaría volver a vivir en tal época” (seguramente, casi siempre coincide con nuestra adolescencia). Jamás me olvidaré de mi inseparable amigo Juanjo, del que aprendí todo lo que un niño tiene que aprender de los amigos. Las fiestas de Navidad en casa de mis tíos junto a mis abuelos, los veranos en el pueblo de mi madre y esos tres meses de vacaciones “rurales”. Recuerdo como si fuese ayer mi primer beso a la chica que me gustaba, mi primera borrachera en las fiestas del instituto… Son tantos y tantos recuerdos, y todos tan bonitos… La que pensaba que era la peor de mis experiencias por aquél entonces, cuando me dejaba mi “gran amor” de turno, o cuando me enteraba de que no le gustaba a la chica a la que no paraba de mirar… hasta esos momentos ahora me parecen preciosos.

Todas y cada una de estas experiencias maravillosas han sido regalos que me ha dado “la vida”. Ha pasado mucho tiempo y, lógicamente, durante este tiempo han ocurrido muchas más cosas en mi vida; después de la adolescencia y tus años de estudios llega el servicio militar, mi primer trabajo, el segundo… tu primera novia formal, la segunda… tu primera declaración de Hacienda, la segunda… tu primer coche, el segundo… Pero fijaos, que cada uno de esos momentos tiene su gracia y sus anécdotas (¿alguien se ha podido olvidar de lo que hizo cuando cumplió su mayoría de edad, lo que ha deseado desde niño?).

Ahora estoy en una etapa de mi vida que tiene sus contradicciones. Soy padre desde hace casi tres años. A todas las experiencias anteriores tendría que sumar las dos más importantes y recientes para mí; mi matrimonio y mi paternidad. Ambas maravillosas, pero hablo de contradicciones porque creo que ha llegado al momento en el que “la vida”, que tan bien se ha portado conmigo durante todos estos años (a pesar de los inevitables malos tragos puntuales) va a empezar a cobrarse la deuda que contraje con ella desde el momento que llegué a este mundo. Ahora es el momento de empezar a quitarme cosas, y no tanto de darme.

Se me dio la oportunidad de aprender, de enamorarme, de progresar como persona, de encontrar gente maravillosa por el camino. Se me dio el don de la agilidad mental y física, el de ser sociable y tener muchos amigos para compartir todas mis vivencias. Se me dio salud, tan importante. Tuve la suerte de crecer con una familia que me adora. Disfruté durante años del cariño de una de las personas más importantes de mi vida, mi abuelo José María (mi “chache”) al que recuerdo cada día con una sonrisa y al que con orgullo me hubiera encantado presentarle a mis hijos para que éstos, a su vez, hubieran tenido la suerte de conocer a una persona tan excepcional. Tal vez ése 7 de enero de 1990, cuando murió, “la vida” me quitó una gran parte de felicidad que jamás he podido recuperar. Y pienso que fue el aviso que necesitaba para poner los pies en el suelo y no pensar que “la vida” era toda de color de rosas. Los problemas no eran quedarme sin desayuno en el recreo, o no tener dinero para comprar chucherías. Tampoco que no ligase tanto como mis amigos, no… los problemas son otra cosa.

Pasada cierta edad, está claro que uno empieza a tener que privarse de muchas cosas. Ahora no tengo la agilidad que tenía antes, por lo que tengo que sustituir los domingos de fútbol, por domingos de cartas. No puedo pegarme un viaje de 8 horas de coche como antes, porque sencillamente no me apetece pasar el día siguiente en la cama con la espalda hecha una mierda. Los catarros cada vez son peores; ya no me atrevo a salir enseñando el pecho como antes… ni de coña. No sé cuándo, y espero que en esto “la vida” me compense por haberme quitado demasiado rápido a un ser tan querido como mi abuelo, pero llegará un momento en que también me quitará a mis padres, a mis tíos… y a muchos seres muy queridos, pero espero, como digo, que sea lo más tarde posible, aunque sé que jamás estaré preparado para ello. Es como si “la vida” te estuviese dando cartas durante muchos años para que te vayas descartando y quedando con la jugada con la que decidas afrontar la partida final.

Pero el mazo se acaba y llega un momento en el que no quedan cartas por repartir y tienes que jugar con lo que te has quedado. Lo emocionante de “la vida” es que nunca sabes cuándo se acaban las cartas del mazo, y no sabes si queda un as por salir, un comodín que te arregle la jugada… o tienes que vivir el resto a base de faroles o resignación. Y es que, en definitiva, llegado a cierta edad, “la vida” sólo te puede quitar, porque ya te ha repartido todas las cartas posibles. A partir de ahí, tienes lo que tienes, que no está mal, pero son las cartas con las que te toca jugar tu partida hasta que se acabe.

Todo esto me viene a la cabeza cuando veo a gente de mi edad que aún pretende vivir como cuando tenían 24 años. Se resignan a pensar que cada cosa tiene su momento y que no hay que pensar que somos Peter Pan. Nosotros envejecemos, y si se nos olvida, ahí está “la vida” que nos lo recuerda quitándonos las cosas buenas que nos dio en su momento para que las disfrutásemos, pero que jamás nadie nos dijo que fueran eternas.

De la misma manera, Peter Pan existió en nuestras mentes, pero en su debido momento. Ahora tenemos que resignarnos y pensar que no es real, que sólo era una ilusión y, ahora, un sueño. Con cierta edad hay que atar bien lo que tenemos o lo que queremos tener para jugar la partida mientras podamos conseguirlo porque, si no, cada vez nos será más difícil. Los que quieren ser padres y lo van retrasando por “no estar preparados” o porque, simplemente, les gusta salir de copas sin ataduras… qué pena, lo que se están perdiendo. Os aseguro que es una de esas maravillosas cosas que os dará “la vida”… y quién sabe si después de eso tal vez empiece ya el momento de “quitar”.

Antes, se nos otorgaban momentos gloriosos cada día, después pasó a ser cada mes, luego cada año… como veis, cada vez la frecuencia es menor hasta que, no sólo es nula, sino que se vuelve negativa. Por supuesto, sé que algo más tiene que darme a mí. No me gustaría perderme la progresión de la vida de mis pequeños y me quedan ahora un largo camino de “guía” que recorrer, pero en lo que a mi vida personal se refiere, casi todo está dado (aunque siempre quedará la ilusión de alguna Lotería de Navidad, claro).

Simplemente, descartaros de lo que no necesitáis para la partida de vuelta, y coged las cartas que realmente tienen el valor necesario para que seáis felices en unos años en los que no podréis hacer todo lo que hacéis hoy, reparad en eso. Pensad un momento en esto y seguid haciendo lo que os apetezca, por supuesto, pero por favor, tomaros unos minutos para pensar en lo que nunca vemos el momento de pensar por culpa de este ritmo que “la vida” nos ha impuesto (¿será para que no le chafemos sus planes?).

Seguro que Peter Pan tenía un fantástico Póker y, por eso, no crecía nunca… era niño eternamente. Nosotros también tenemos que intentar tener jugada de Póker, y para eso hay que ir jugando bien durante el tiempo que “la vida” nos da cartas y cartas; saber elegir en el justo momento, no abusar de las buenas rachas y no pensar que el mazo es ilimitado. Lo malo es que, aunque juguemos con un as en la manga y consigamos el tan preciado póker, al final, “la vida” siempre te saca su escalera de color… por eso Peter Pan termina siendo un cuento y nosotros… estamos jodidos. Siempre perderemos la partida, pero de nosotros depende haber disfrutado mientras duró.
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