Y ENTONCES, LLEGO ELLA

Imagen cedida por Jani
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Habían pasado dos semanas desde que había dejado mi relación de noviazgo. Lo cierto era que por un lado estaba feliz por haber sido fiel a mi mismo, pero por otra parte sentía que todo el escenario que ya tenía organizado para el resto de mi vida, de casa en las afueras, matrimonio, vida familiar, hijos y trabajo de despacho y secretaria se había esfumado de repente. Estaba empezando una etapa de cambios en la que todo era todavía bastante incierto. Renuncié a mi despacho en un ayuntamiento de la Sierra Norte, por propia coherencia, por principios y por conciencia, un despacho de urbanismo que había ganado por concurso público, un horario de 08:00 a 15:00 y una secretaria. Renuncié también a una relación de pareja que me asfixiaba y que no me dejaba ser feliz, ya que parecía que el matrimonio era con su madre y no con ella, un entorno familiar en el que lo único que preocupaba era cumplir con un plan, fuera yo o fuera otro el sujeto. Por otro lado, en casa de mis padres, la situación era cada vez más difícil y la idea de abandonar el nido era cada vez más real, me faltaba aire y paz interior, así que decidí marcharme. Prácticamente en un mes, toda la seguridad y los cimientos que hasta ese momento tenía como base, iban a cambiar e iba a empezar aunque muy modestamente, a hacer mi vida, con unos cimientos más pequeños, pero míos propios. Tenía 24 años y era el invierno del 2002 si no me fallan los cálculos.

Podría contar esta experiencia mil y una veces, y siempre parecería una historia distinta, cada tiempo y cada fase, son para mi a día de hoy todavía un universo que trato de descifrar y comprender. A ella la había conocido hace unos meses en un chat, hasta que nos vimos por primera vez habían pasado varios meses. No se trataba de nada raro, simplemente hablábamos casi a diario de todo un poco, primero por chat y cuando nos lo cerraron, por teléfono. Como mucho, nos habíamos visto tres veces hasta ese momento. Era una mujer en la que se podía confiar, más madura que yo y que no se escandalizaba ante ninguna de mis inquietudes, quizás precisamente por esa madurez en la que me aventajaba.

Lo cierto, es que deposité la mayor parte de mi confianza en ella, me gustaba hablar de todo con ella y su voz es y sigue siendo para mi uno de mis mayores descansos. Podíamos estar hablando por teléfono hasta bien entrada la madrugada, aunque al día siguiente hubiese que trabajar, hablábamos y hablábamos, aunque hubiera silencio, ninguno de los dos queríamos cortar la conversación… En fin, me sentía como un niño. Una de esas noches, lo recuerdo perfectamente:

Vivía todavía con mis padres aunque ya me quedaban solo unos pocos meses para tener dinero de base suficiente para irme. Estaba echado en la litera de abajo, en la habitación que compartíamos mi hermano pequeño y yo, ya serían las 3 de la madrugada pasadas y seguíamos hablando por teléfono. De repente le dije “Me gustaría que estuvieses aquí conmigo” y ella después de un silencio, correspondió. En ese momento, algo había cambiado, me dieron ganas de levantarme en mitad de la noche y salir corriendo hacia dónde estaba ella, la verdad es que el horario me daba igual, quería verla y estar con ella… Pero me aguanté.
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Imagen cedida por Jani

La mañana siguiente estaba hecho polvo físicamente, no había dormido ni tres horas entre lo que sentía tras esas palabras y el desvelo. Me levanté, pero me levanté distinto, con otra cara, contento, feliz y con más ganas todavía de ir a verla… Y eso que todavía no había pasado nada entre nosotros. No sabía como me la iba a encontrar, o si para ella eso sólo fue una conversación entre tantas, o una ilusión nocturna mía. Pero nada más salir del trabajo, fui corriendo a comprar una caja de trufas de chocolate, con el pretexto de darle una sorpresa, me metí en un autobús y ya de tarde noche, llegué a su barrio.
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Nada más llegar, la llamé al móvil mientras subía por su calle, y casualmente estaba llegando a casa después del trabajo. Mientras seguía subiendo por esa calle en cuesta se me aceleraba la respiración y el corazón, no había pensado absolutamente excusa ninguna. La vi a lo lejos y lo único que se me ocurrió fue empezar a correr, así como os digo, sin disimulo ninguno… Empecé a correr con la caja de trufas de chocolate en la mano, mientras ella me veía acercarme ya, a pocos metros de distancia. Entonces… Pasó lo que tenía pasar, a unos cinco metros, me di con la rodilla con una barandilla que no vi porque solamente la miraba a ella mientras corría, y me metí tal golpe que di dos vueltas de campana antes de terminar de rodar por el suelo. Eso si, al menos no me caí encima de las trufas, eso hubiera sido imperdonable.

Ella se quedó flipando, porque la leche que me dí al caer al suelo, fue realmente de exhibición. Me levanté como pude y con la caja de bombones en la mano acompañada de una cara de dolor, y ligera cojera que reflejaba el moratón en la rodilla, que después arrastraría durante algo más de un mes como recuerdo de aquella noche (como para olvidarlo), le dije simplemente: “Hola, quería darte una sorpresa”, mientras le daba la caja de trufas de chocolate. Y creo que desde luego se la di… Menudo número.

Ella medio riendo, y todavía con cara de sorpresa, me dijo que no hacía falta que le trajera nada: “Bueno, ya que estás aquí vámonos a tomar algo”. Y nos fuimos a un Pub cercano hablando como si nada hubiera pasado. Este Pub al que nos dirigíamos, casualmente y por cercanía fue donde me di el primer beso con mi anterior pareja y donde también lo dejé con ella tres años después de ese primer beso, me conocían y era un lugar que frecuentaba porque era realmente acogedor. Por estar cerca y por comodidad, tuvimos que ir precisamente allí, donde había vivido muy buenos momentos y muy malos también. Es más, ella estaba al corriente de todos los detalles de mi anterior relación, o de casi todo puesto que había depositado mi confianza en ella desde hacía algún tiempo, me reconfortaba esa sensación de saber que podía confiar en ella.
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Entramos y el mètre, que me conocía, y siempre nos dejaba un reservado especial cada vez que iba, me miró con sorpresa, ya que hacía dos semanas que me había visto allí mismo con mi anterior pareja… Al poco me veía entrar con otra mujer. Supongo que se pensaría que yo debía ser infiel, un adúltero o algo así, ya que el sabía que mi anterior relación era de pareja estable (se nos notaba de lejos), pero como ya os estoy contado, esta es una suposición que se hizo totalmente errónea. Cuando vino a atendernos, ya que él por confianza siempre me atendía en persona, me ponía una sonrisita de pícaro como diciéndome “Vaya, no te basta con una ¿eh?”.

La verdad es que en ese momento una vez ya en el reservado estaba temblando, no sabía ni que hacer, ni como reaccionar, ni nada de nada… Me sentía totalmente asustado, porque ella es una mujer que impone muchísimo. Me imponía ese día y me impone a día de hoy seis años después. Hablamos de todo un poco y me daba miedo mencionar lo que nos habíamos dicho la noche anterior, ella obviamente me notaba el miedo. Es la persona fuera de mi familia que mejor me conoce, tratar de ocultarle un sentimiento o una emoción sería inútil, me tiene muy calado. Ella comprobaba que no me atrevía a lanzarme y se acercaba cada vez más a mi, cosa que me agradaba pero a la vez me asustaba, hasta que me cogió de la mano y empezamos a jugar con los dedos. No os exagero cuando os digo que no podía mirar otra cosa que no fuese su mano en ese momento y trataba de eternizar ese juego. Hubo dos o tres silencios, al final como un niño pequeño le pregunté “¿Te puedo dar un beso?”. Ella sonrió, ambos cerramos los ojos y nos besamos.

Se puede decir que al principio me quede inmóvil, llevaba años sin besar a otra mujer, no sabía si moverme, si quedarme quieto, si acariciarla… En efecto era en toda regla un primer beso. Seguimos hablando un rato más, y ya me relajé, aunque no sabía exactamente que debía sentir. Me acompañó a la parada del autobús, ya que ella vivía muy cerca. Durante el camino la cogí de la mano, pero no se mostraba muy receptiva a ello, también supongo que por mi corte… Si no estás convencido de tocar a una mujer, mejor no tocarla a tocarla con inseguridad (quédate con esto). Después conociéndola mejor con el tiempo, ya sé que no es una “atrapa-manos” como dicen las mujeres de la serie Sexo en Nueva York.

Cuando me subí al autobús de vuelta a casa, sentía un extraño calor por dentro, me preguntaba si aquello estaba mal o estaba bien, no había pasado casi nada de tiempo desde que corté mi anterior relación y me sentía raro, y he de reconocer que algo culpable, pero por otro lado era algo que me había hecho mucha ilusión que pasara. El mismo camino de vuelta a casa que había recorrido miles de veces, me parecía totalmente distinto, estaba embobado, tonto, flojo, sensible, confundido, pero a la vez muy bien. Ese calor y el olor de su perfume, que me sigue volviendo loco, se me había quedado pegado a la ropa. Incluso cuando fui a dormir lo seguía notando. Ese perfume, cuando lo huelo lo identifico en seguida, y es algo que me hace girar el cuello todavía… Por si fuera ella.

Un fuerte abrazo.

Arcángel.
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