EL FRUSTRADO, LA FABULA DE LA ZORRA Y LAS UVAS


Imagen cedida por ThinkPink

Cuentan que allá por otoño, cuando las uvas maduran, una zorra que vivía en una madriguera del bosque, cada noche salía a cazar y se hartaba de ratones, que eran muy gordos y también un poco tontos, porque se dejaban cazar con facilidad. Lo cierto es que nuestra amiga zorra le hubiera apetecido mucho más zamparse una buena gallina. Pero… El guardián del gallinero, era un perrazo enorme poco recomendable. Se veía obligada a contentarse con lo que el bosque ofrecía: ratones, ranas y algún insecto en las noches de poca cacería.

Una mañana, la zorra se despertó con la garganta seca y decidió buscar algo refrescante que la saciara, algo distinto a lo que estaba acostumbrada a llevarse a la boca. Dándose una vuelta, se percató de una parra a la que le quedaba solamente un racimo de jugosas y frescas uvas por recolectar. Pensó para si misma: “Este racimo no se me escapa, estoy harta de lo mismo y esas uvas… ¡Mmmmmh! Tan redondas, tan brillantes, tan frescas… ¡Tienen que ser mías!”.--

El racimo estaba algo alto, por lo que la zorra tomó carrerilla y ya con la boca abierta, pegó un salto con el que no logró alcanzar su objetivo. De nuevo saltó pero… ¡qué va! El salto se le volvió a quedar corto. Sin embargo, la zorra no se desanimó. Otra vez tomó carrerilla y volvió a saltar: ¡nada! Probó una y otra vez, insistió hasta agotarse, pero las uvas parecían cada vez más altas e inaccesibles.
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Harta y cansada, optó por rendirse, esas uvas no estaban a su alcance y se tendría que contentar con mojar la lengua en alguna sucia charca poblada de ranas. Lejos de aceptar la derrota deportivamente y sin reconocer que no era capaz de saltar lo suficiente para alcanzar las uvas, miró al racimo con indiferencia y escupió: “¡Vaya! Estas uvas están verdes, no merece la pena ir a por ellas” mientras se marchaba con su orgullo tocado y su sed a otra parte.
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Releía una y otra vez esta fábula de Esopo, que seguro que a más de uno nos han leído de pequeños, y que me he vuelto a encontrar casi por casualidad en Internet mientras perdía un poco el tiempo. Me recordaba muchísimo a la figura del frustrado que no quiere aprender, que no reconoce que se equivoca y es más, que achaca sus fracasos a los demás cuando ve que no tiene madurez, empeño, voluntad o formación suficiente para alcanzar un objetivo.

¿Os viene a la cabeza esta imagen típica de sábado noche? Estás con tu grupo de amigos en la discoteca o bar de costumbre, veis un grupo más o menos apetecible para ser abordado, y en fin… Lo de siempre, a ver si se liga o no se liga. Después de otear, fichar, debatirse quien va, quien se queda, quien va después a la señal, etc. etc. Abordas. El grupo de chicas se cierra en banda y la portavoz te suelta un “Déjanos en paz”. Quien dice un déjanos en paz, dice también un “No nos interesa”, una abierta o más que aparente indiferencia, una respuesta borde o un “Si, si, si… Lo que tu digas majo”.
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En el momento en el que vuelves con tus amigos, se te ha podido escapar en alguna ocasión “¡Son unas bordes de mierda!” “No merece la pena, mucho esfuerzo para tan poco premio” “De donde no hay no se puede rascar” o incluso “¿Pero que se creerán?... además de feas y gordas ¡bordes!”. ¿Qué pasa? ¿Qué antes de que las abordaras no eran ni feas ni bordes? Recuerda que has estado haciendo el reparto incluso antes de entrar al grupo: “A mi me gusta tal… Tú vas a por esta y yo a por la amiga”. ¿De repente se han vuelto todas acaso como la Hidra de siete cabezas? ¿No tienes gusto a la hora de abordar? ¿Qué pasa macho? Parece que esta noche son todas feas, gordas, bordes, desagradables, locas o lesbianas… Nos acaba de pasar lo mismo que a la zorra que no llega a las uvas que se quiere comer.

Igual es que no sabemos aceptar la derrota en primera persona y lo que es peor, nos lo tomamos como algo personal. Pensamos que entrando bien, o como supuestamente se debe abordar, te tienen que responder siempre que si a todo como si fueran corderas, que no es el caso. Mi abuelo malagueño dice que “Las mujeres son como las leonas: unas buenas y otras malas, unas guapas y otras feas, unas fieras y otras mansas… ¡Pero todas leonas!”.
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De repente proyectamos en ella, toda la carencia, frustración y necesidad que llevamos dentro diciendo que ya no queremos nada, que es lo peor, que ya no te apetece, que si es fea, que si es una maleducada… Puede en efecto que si se hayan comportado de una forma no apropiada o que hayan dado una mala respuesta. Si ese es el caso, no te cortes un pelo y de forma asertiva, siempre con educación házselo saber, tranquilamente les deseas que pasen una feliz noche, que la disfruten y vuelves con tus amigos, porque… ¡NO PASA NADA! La vida no te va en ello y es más, nadie se vuelve feo, borde o gordo de repente en menos de un minuto, al menos que yo sepa.

Hace unas semanas quedé con mi amigo Duque y con otros compañeros de Comunidad para tomar algo por Chueca. Entramos en un Pub bastante chulo a tomarnos una copa y dentro había grupos de chicas bastante majos la verdad. Uno de los compañeros, tomó la iniciativa y entró a un grupo de tres chicas muy, pero que muy guapas, aunque desde fuera daban la imagen de estar como dicen a veces en “Noche de chicas”. El caso es que al rato volvió con el grupo, nos pusimos como cotorras a ver que había pasado.

Yo que creía saber cual era su país de origen, por los rasgos y por el físico, entré al mismo grupo que mi compañero en plan “Carambola” a ver que pasaba: “Hola chicas ¿Qué tal? ¿Qué le habéis dicho a mi amigo para que se haya ido tan deprisa?”, fue lo que utilicé. Ellas educadamente me dijeron que hacía mucho tiempo que no se veían las tres, y querían estar solas. En ese momento quise “lucirme” y les pregunté “¿De qué parte de X país sois?”. Bueno… Un poco más y me pegan un tiro, la pregunta que les hice les hirió el orgullo nacional, pero bien dolido. Con un tono de voz frío y seco cuan acero me dijeron más serias que un mármol, cuál era su país de procedencia.

Obviamente comprobé que me había equivocado y que por querer “lucirme”, me había pasado de listo, y es que el orgullo nacionalista no se vive de la misma forma en todos los países, y en especial, en La Europa del Este, os lo aseguro. Claramente les había ofendido el orgullo nacional al confundir su procedencia.
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Les pedí disculpas por la interrupción y les deseé que pasaran una buena noche. Cuando volví al grupo les expliqué a mis compañeros mi “gran cagada”. Mirando de nuevo al grupo de chicas, pude observar que estaban tan ricamente de nuevo, que seguían siendo altas, rubias, atractivas, etc. En ningún momento habían cambiado sus parámetros antes o después de ser abordadas. Lo que pasaba, es que yo había descalibrado, simplemente eso. Al querer lucirme, descalibré y sin intención, las ofendí. Insisto: seguían siendo igual de monas, guapas y atractivas. En ningún momento pensé que fueran bordes, o gordas, o feas, ni nada de nada, porque no lo eran. Su primera respuesta fue bastante correcta y educada, el que había descalibrado era yo buscando la gloria.

Según el valor que le demos a los resultados, nos lo vamos a tomar mejor o peor, podemos ser más independientes del resultado o tomárnoslo todo como algo personal. Lo cierto es que si tomamos el rechazo como algo personal, vamos a dormir fatal y es más, nos dará la sensación de que “todos son malos menos yo” “todas las tías a las que abordo los sábados son unas bordes” “Yo lo hago bien, son ellas que van de divas y se creen lo más…” o Falacias peores que alguna vez he oído por ahí y que no escribiré por resultar ofensivas. Nadaremos entonces en la más absoluta frustración. Proyectamos nuestras “meteduras de pata” en los demás, achacando que el error está en ellos y no en nosotros, solo cuando no tenemos la madurez suficiente para reconocer que hay algo que hayamos podido hacer mal y que en efecto, se pueda mejorar o evitar volver a caer, simplemente poniendo algo más de atención, observando o escuchando un poco más de lo habitual.

Las uvas no tienen por qué estar verdes, quizás si hubiéramos saltado mejor o hubiéramos tenido un poco de paciencia… Al final las hubiéramos ganado. Los resultados son una guía, un indicador que te dice si lo que estás haciendo y tal y como lo estás haciendo, te encamina hacia tu objetivo, te aleja o te acerca a él. Si ves que hay algo que no funciona, el que es responsable de ello eres única y exclusivamente tú. No quiere decir que tu objetivo no se deje alcanzar, es que hay algo que falla, más o menos aparente, pero que falla. Revisión, probar a cambiar lo que crees que falla, ensayo, error y así hasta que demos con el camino correcto. Si siempre “ella tiene la culpa” sea la mujer que fuere, o si nunca están receptivas, o que siempre son bordes… Piensa que muy posiblemente estés haciendo algo mal sin ser consciente de ello.

Siempre obtenemos resultados, sean los que queremos o no, son resultados aunque no nos gusten, y si somos inteligentes no depositaremos nuestro valor como persona en ellos, ya que son inevitables. No es bueno desplazar tu centro de valor, o de gravedad fuera de ti, porque como habrás comprobado más de una vez y sobre todo en el terreno de las relaciones, de las parejas o de la amistad, no depende todo de ti. Hay variables ajenas a tu persona que no se pueden controlar: su estado de ánimo, sus problemas, su escala de valores, sus prioridades… Quizás ninguna de estas cosas en ella tenga una relación directa contigo, así que no hagas por controlarlas, simplemente acéptalas como vienen, y en cuanto a ti, hazlo lo mejor que puedas.

Un fuerte abrazo.


Arcángel.
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