EL SENTIMIENTO DE CULPA

Imagen cedida por Martha

Cuenta el Génesis, que a Adán y Eva después de haber probado la fruta prohibida, SE LES ABRIERON LOS OJOS y se dieron cuenta que estaban desnudos. Dios les echó una charla de esas que te dejan clavado en el sitio y les echó fuera. Desde entonces, parece que la humanidad va de culo. Cuando hacemos algo que entra en conflicto con nuestros valores principales, se activa inmediatamente un mecanismo interno que enciende una alarma. Esa alarma o mecanismo de detección de que hemos ido en contra de alguno de nuestros propios pilares básicos, con los que concebimos los principios, que después se traducen en actos y en comportamientos, tiene un nombre: EL SENTIMIENTO DE CULPA.

La cuestión es porqué a veces actuamos o vamos en contra de nuestros propios principios y valores. Quizás una de las razones más frecuentes es porque nuestros intereses reales en un determinado momento, no están en consonancia con estos valores. El origen de estos intereses puede ser sexo, dinero, envidia, influencia, poder, ambición… El que sea. Podemos hacer dos cosas, actuar en función de ser coherentes con nuestros valores e ignorar nuestros intereses, o bien hacer una revisión de nuestros valores para cambiarlos, si real y objetivamente comprobamos que los valores que tenemos “no nos dan de comer”.

En una de las formaciones que recibí con los misioneros, uno de los superiores dijo algo que se me quedó grabado: “Que sepáis que el sentimiento de culpa es un invento del diablo, porque no permite que te levantes cuando has caído, no te deja reaccionar”. Desde luego la culpa buena no es, las contradicciones son normales, todos las tenemos, forman parte del ser humano, del paso entre el ideal a lo real. La culpa te hace sentir que no puedes hacer nada para mejorar lo que ha pasado, hace que te quedes en la cueva sin moverte y sin salir, para no volver a equivocarte.

Hay gente que se engaña a sí misma diciendo que son personas de principios, que todo lo que hacen, lo hacen en función de esos valores porque estos están por encima de todo, pero cuando nadie les ve, se abandonan a sus verdaderos intereses. ¿No sería más fácil cambiar los valores en función de lo que realmente nos haga falta en nuestra vida? Así, no nos pegaríamos tantos golpes, no tendríamos tantas contradicciones y probablemente nos sentiríamos más libres a la hora de actuar, porque teniendo unos valores acorde con nuestros intereses y necesidades, te encamina en línea recta y sin baches hacia donde quieres llegar. La culpa debería ser sólo un indicador que nos dijera que “aquí hay algo que no encaja”, para hacer revisión de intereses y prioridades, ser tomada como tal y NO COMO MOTIVO DE VERGÜENZA, MIEDO A EQUIVOCARSE… MIEDO AL FIN Y AL CABO.

Otro aspecto negativo de la culpa, es que puede ser fácilmente instrumentalizada, hay personas que para conseguir lo que quieren de alguien, son especialistas en transmitir sentimiento de culpa, conocido también como chantaje emocional. La forma es la siguiente tanto si se hace más de forma directa o indirecta: “Si no consigo lo que quiero me vas a fallar, o no me quieres o no esto, o va a pasar esto otro…”. Es una muy mala manera de responsabilizar a otra persona de una incapacidad propia.

En el canal femenino de terra, he encontrado un artículo muy interesante escrito por Ruth Muñoz Pedrero, Psicóloga clínica, titulado Culpabilizar, ¿por qué lo hacemos? y que cita lo siguiente: La culpabilización es la condena de ti mismo o de otros por acciones impropias o perjudiciales. La culpabilización habitualmente se produce porque se confunde el comportamiento impropio o malo con “ser malo”. Todos hacemos conductas desagradables en algún momento. Basta con que nos demos cuenta y lo intentemos solucionar, pero no es sano llevar “una marca” toda la vida por alguna situación que se ha hecho mal.

La cuestión aquí es saber aceptar nuestras limitaciones y no quedarse solo en eso, sino en tener propósito de enmienda, o sea, querer mejorar y saber que REALMENTE SE PUEDE MEJORAR. El tener la intención clara de mejorar es algo básico. El querer quedarse atascado en un sentimiento de culpa, es algo similar a rendirse porque piensas que no puedes ser mejor persona, o piensas que siempre vas a decepcionar, o que siempre te va a salir todo mal y por eso no haces intento alguno por levantarte. --

Imagen cedida por Martha
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En esto tiene mucho que ver la educación y el trato que hayamos recibido. Si ya desde pequeños nos han reprimido una y otra vez o castigado severamente por equivocarnos, en realidad están coartando nuestra capacidad para levantarnos y recuperarnos del error, quitando iniciativa de actuar y tenderemos cada vez más a no actuar para no equivocarnos para evitar así, esa culpa que sabemos que vendrá en cuanto fallemos: “Si no hago nada, no me equivocaré, mejor dejar las cosas como están, no vaya a ser que la cague y después me sienta mal”.

A veces estamos tan sumamente condicionados por estos sentimientos, que nos perdemos un mundo: mejorar nuestro trabajo, arreglar un problema de pareja, intentar recuperar a un amigo, intentar dejar de fumar, empezar a ir al gimnasio para cuidarse, etc. ¿Verdad que si no conseguimos superar alguna de estas cosas te sientes mal por no haber sido capaz de…? Desde luego yo tengo algunas cuentas pendientes en cuanto a algunas de estas cosas.

Me viene a la mente la imagen de un niño jugando en el tobogán del parque haciendo el “mira mamá …¡sin manos!”, de repente se cae al suelo y se raspa la rodilla. La madre se levanta corriendo, le sacude el culo y lo sienta en el banco para que se esté quieto. Le riñe y le dice: “deja de hacer el mono”. No le puedes pedir a un niño que no juegue, que no haga el mono, no le puedes pedir a un niño que no se caiga… La próxima vez que se suba al tobogán, se lo pensará dos veces y mientras su amigos siguen jugando, el tendrá que quedarse atrás para no llevarse la bronca de su madre (cuando yo era pequeño las cosas se hacían así, ahora si riñes a tu hijo estás violando sus derechos).

Lo ideal sería que en vez de ir corriendo a por su hijo para reñirle, delante de todos los demás niños del parque (todos sabemos como sienta eso cuando tu mundo es tan pequeño y tan reducido), que se acerque y que le tienda la mano, PERO QUE SE LEVANTE EL, porque si no aprende a levantarse y a recuperarse desde pequeño, jamás se sentirá responsable de nada, capaz de incorporarse o de sentirse capaz de enmendar o compensar después de cometer un error.

No querer levantarse después de caer, o no querer enmendar un error después de cometerlo, es un síntoma de orgullo, y como me decía mi abuela cuando era pequeño: “El orgullo nunca te dará de comer”. El mismo misionero formador que mencioné al inicio del artículo, a veces citaba en sus predicaciones de pecado: “No es más santo el que menos peca, sino el que siempre se levanta y se reconcilia”. Seas o no seas creyente, lo vas a entender perfectamente. Es como cuando quieres conquistar a una mujer, tal y como te diría un buen amigo “El NO ya lo tienes ¿Qué puedes perder por intentarlo?”.

Un fuerte abrazo.

Arcángel.
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