LA PERDIDA DE LA INOCENCIA

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A estas alturas puedo afirmar que la pérdida de la inocencia es algo que va con la madurez, aunque probablemente todas y todos, nos vayamos dando cuenta de esto conforme vamos teniendo experiencias en nuestras relaciones amistosas y de pareja. También es cierto que cada vez los niños, aunque sean niños son cada vez menos “inocentes” y más conscientes de cómo se juega en el tablero a día de hoy, puesto que la educación que reciben, no es la misma que recibimos todos aquellos treintañeros de mi quinta, los que nos criamos con Espinete y Don Pin Pon, hicimos EGB, BUP y COU y no tuvimos novia hasta la universidad. La verdad es que se nos educó para creer lo que se nos decía, al menos a mi, ahora educan a los niños para creerse lo justo y comprobarlo todo poniéndolo antes en tela de juicio.

Recuerdo la primera vez que me enamoré de una chica, tendría 14 años y me dio tal trauma que cuando se fue de vacaciones me pase dos días seguidos llorando. Recuerdo que me dieron ganas de coger un autobús e irme a Gandía detrás de ella. La verdad es que a esas edades, a uno le pesa más el contenido de testosterona en sangre debido la pubertad hormonal, que la razón o cualquier otra cosa… Pero es cierto que en esos momentos, si que me daba todo igual aparte de ella. Recuerdo también que aquel año en San Valentín me armé de valor y fui al mismo portal de su casa, delante de toda su familia, a darle un cassette de canciones que estaban de moda y un corazón que había hecho con aluminio y papel celofán rojo.

La verdad es que me importaba una mierda lo que pensara ella, su familia, mis amigos al verme berrear cuando se mudó de casa, el cachondeo de su pandilla de amigas, etc. etc. Era lo que sentía que tenía que hacer y punto, no me planteaba nada más. La verdad es que por aquel entonces a mis 14 añitos, mi comportamiento si que estaba perfectamente alineado con mis deseos e intenciones… No como ahora, que parece que un simple abordaje en frío es una aventura para escribir novelas. Es un poco fuerte que el comportamiento de un mandril adolescente como era yo por aquel entonces, sea más congruente que el de una persona adulta de treinta años, suponiendo que con la madurez se gana algo de… ¿Sabiduría? ¿Experiencia? ¿Conocimiento?

Lo que quiero decir con todo esto, es que parece que queramos hacer ciencia de algo que va inherente en nosotros desde que nacemos, algo totalmente natural y que habita en todos nosotros. Con la edad y las experiencias, la verdadera pérdida de la inocencia es en realidad, LA ADULTERACIÓN DE NUESTRO YO MÁS AUTÉNTICO. Parece que ahora debamos usar máscaras sociales para no comportarnos de la forma en que profundamente todos deseamos, que no podamos señalar con el dedo aquello que realmente nos llena por miedo a las consecuencias o al rechazo. ¿Realmente hace falta montar todo esta parafernalia? Desde luego, es científicamente imposible que podamos volver a la niñez o a la adolescencia, cuando no éramos conscientes de todas las barreras y máscaras sociales que más tarde nos impedirían llevar una vida más plena en el periodo adulto (por llamarlo de alguna manera).
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De igual forma que pasa con el cuerpo, parece que el alma, las emociones, los sentimientos van creciendo, pero a la vez envejeciendo y haciéndose más rígidos, inflexibles y quebradizos. Parece que ahora, al comenzar una relación, tal y como lo he expresado en numerosas ocasiones hubiera que “redactar un contrato” para cubrirse bien las espaldas. ¿Es que no puede ser espontáneo? ¿Acaso los animales se plantean todas estas disyuntivas? Parece que hay que protegerse antes de dejar entrar a alguien en tu vida. Pregunta tonta de Perogrullo: ¿Esto es Alfa? Ni Alfa, ni leches en vinagre. Voy a poneros un ejemplo que tengo grabado en la memoria desde mi infancia, pero muy gráfico de lo que es NO PERDER LA INOCENCIA CON LA EDAD, o mejor dicho… No ganar malicia con la misma. --

¿Recordáis la película EL LAGO AZUL? En la que Dos niños, Emmeline y Richard, y el cocinero de un barco, únicos supervivientes de un naufragio, son arrastrados por el mar hasta una isla desierta. Poco después, el cocinero muere y los niños tienen que arreglárselas solos. El tiempo pasa, y Emmeline y Richard crecen, como una parte más del paraíso en el que viven. Sus cuerpos empiezan a sufrir los cambios propios de la adolescencia, provocando una curiosidad natural del uno por el otro. De forma inocente inician sus primeros juegos sexuales, fruto de los cuales nacerá un bebé.

Pocas películas podréis ver que reflejen mejor lo que quiero decir pero… En efecto, solo películas, esta situación no se da en la vida real a menos que te quedes atrapado en una isla desierta para los restos desde la niñez. Parece que de hecho, estemos condenados a adulterarnos conforme vayamos creciendo y lo que es más importante: PERDER NUESTRA ESENCIA MÁS NATURAL E INSTINTIVA QUE PRECISAMENTE NOS GARANTIZA LA SUPERVIVENCIA, hablando y trasladando este tema a un nivel evolutivo. ¿Nunca habéis pensado algo parecido? Creo que no es algo tan extraño.

¿Qué podemos sacar en práctico de todo esto? Realmente las relaciones y la vida en general son muy básicas. No he dicho sencillas, he dicho básicas, insisto. Cuando digo básico, digo que lo realmente importante es la sangre. La sangre no piensa, no duda, no se equivoca… Todo lo que tenemos montado a escala social es parafernalia, simplemente es una manera de regular lo que ya existe por si mismo, la supervivencia de la especie en una forma global, ya que a un nivel particular de individuo sería imposible sobrevivir o adaptarse.
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Una vez más la respuesta la tienen los genes ¿Acaso hay algo más sencillo y más básico que un gen? La unidad de vida… y nosotros vamos detrás de ellos, no por delante. ¡Que nadie se piense que “sabe más que un gen”!, ya que todo esto está montado simplemente para mantener su perpetuidad en el tiempo, todo lo demás es filosofía. Al final va a resultar que en la inocencia de los niños está la clave de todo.

Un fuerte abrazo.


Arcángel.

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