DE HEROES Y HEROINAS, por STEEL


Cuando miro hacia atrás y recuerdo mi niñez, veo a mi abuelo que había combatido en el Norte de África contándonos a mis primos y a mi, las historias de los soldados que combatieron a sus órdenes, la valentía, el arrojo, el espíritu de sacrificio y en muchos casos la desesperación que los llevaban acometer gestas en las que generalmente perdieron la vida, pero en palabras de mi abuelo se ganaron el reconocimiento y el recuerdo en sus respectivas compañías. Una vez le pregunté, Abuelo ¿No había cobardes en su regimiento? Mi abuelo muy serio me respondió, “ Ni la historia, ni nosotros debemos recordar a los que se deshonraron a ellos mismo y a sus compañeros”.

En un tiempo en el que lo único que importaba era cumplir una palabra dada, el honor no tenía precio. Hoy en día no hay honor ni deshonor, todo se reduce a dinero, y a ser lo bastante listo para que no te pillen haciendo una tropelía. Ojo que por tropelía no me refiero a robar, malversar etc. Pero si me refiero a mentir, “escurrir el bulto”, echar la culpa a otro, a no ser totalmente honesto ni sincero con los demás.

Estamos en un mundo en el que se nos empuja al éxito o lo que es lo mismo, al dinero. Si al dinero ya sea en forma de cuenta corriente en el banco o con la apariencia de una casa cara, un coche caro, ropa cara, restaurantes caros, y por supuesto “una mujer cara”, si vemos a un hombre con todo esto pensamos, “ que suerte tiene”. Sin embargo, la mayoría de las veces no es más que un pobre diablo. La idea del “honor” y de la “deshonra” de nuestros abuelos ha desaparecido junto con la idea del sacrificio personal para conseguir las cosas. Hoy en día, deshonra es no poder conseguir un coche más grande que tu vecino o amigo. Deshonra es no poder llevara a tu novia a un restaurante caro, o no llevar a tus hijos al mejor colegio de Madrid.

En definitiva, lo peor que te puede pasar es no tener dinero, la forma en que lo consigas no tiene importancia, y una temporada en prisión por haberte convertido en “amigo de lo ajeno” no tiene la menor importancia… ¡Total al salir serás rico!. Cuando se habla de alguien en según que estratos sociales, se le valora por el trabajo, la casa, las influencias, y por las fiestas que da en su casa, pero ya no se valora a la gente por su capacidad de mantener su palabra, su lealtad, su honestidad, ni por ninguna de esas cualidades por las que se le hubiera aceptado en la sociedad de principios y mediados del siglo XX.

Es muy fácil caer en la trampa que nos tiende la sociedad. Los niños hasta los tres años no saben mentir, aprenden de otros niños o de los adultos y hacerlo según los psicólogos y neurólogos es signo de inteligencia. ¿Curioso verdad? Implica un grado de madurez y de astucia para intentar librarse de castigos, lo que no dicen es que los monos tienen la misma habilidad, en particular los chimpancés aprenden a engañar a sus congéneres a una edad más temprana que lo hacemos los humanos. La forma mas sencilla de conseguir algunas cosas es precisamente mentir.

Por ejemplo, quieres ligar y está claro que cuando te has mostrado como realmente eres no te has comido una rosca, y descubres que mostrándote de otra forma a las chicas les gustas más, así que te muestras de una forma que poco o nada tiene realmente que ver con como eres. En la oficina las cosas no van bien, tienes el trabajo atrasado y en lugar de asumir que has tenido problemas o que no has podido hacerlo, finges que eres el mejor y el más trabajador y delante de tu jefe le echas la culpa a los de informática, a tus compañeros, o al Espíritu Santo, a cualquiera menos a ti. Llegas tarde, en lugar de asumir que te entretuviste demasiado, le echas la culpa al trafico, a las obras o al alcalde.

En definitiva, estamos aprendiendo a echar la culpa de todo a cualquiera a no asumir nuestros fallos, a pensar que lo importante no es hacer bien las cosas o ser honesto, sino que lo importante es conseguir lo que queremos a costa de cualquier cosa… Estamos aprendiendo muy deprisa, porque es lo que se lleva en esta sociedad en la que vivimos, en la que las nuevas generaciones no saben lo que es el sacrificio, la dignidad, la honra, la hombría, la palabra dada. Donde las nuevas generaciones nacen con la frase “tengo derecho” perfectamente aprendida y con un desconocimiento total de lo que significa “sacrificarse para conseguir algo o pagar un precio por algo".

Cada vez que veo los cuadros de Goya recién restaurados de “La carga de los Mamelucos” y “ Los fusilamientos del 3 de mayo”, se me pone los pelos de punta. Me puedo imaginar a esa gente del pueblo luchando a sabiendas de que el precio que van a pagar no es sólo su vida, es la pobreza para su familia, la miseria para sus hijos, pero dispuestos a todo por no sufrir una humillación, por no tener que agachar la cabeza delante un invasor, muriendo por que sus mujeres pudieran ir por la calle sin que los franceses las molestaran, por que sus hijos pudieran crecer sintiéndose orgullosos de ser españoles. En ese tiempo no importaba la posición social, ni el hambre que se pasara, ni el dinero que se tuviera, solo importaba la dignidad, si se era pobre había que llevarlo con dignidad, cualquier trabajo era digno si se hacia bien, si eras rico pero no lo habías conseguido dignamente eras un paria social.
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Los héroes del dos de mayo, se lanzaron a la calle obligados por la situación, el condicionamiento social y sus propias convicciones. Esta gente sabía lo que era el sacrificio y que para conseguir algo hay que saber pagar, el precio de su dignidad fue su vida. Hoy en día esto es impensable. Aún hoy en día, después de haber visto hasta la saciedad el cuadro de “Los fusilamientos del tres de mayo” la figura del hombre con la camisa blanca, afrontando la muerte con valor y dignidad, mirando a los ojos a sus verdugos y abriendo los brazos como retando a los franceses, no ya como en la jornada anterior había hecho enfrentándose a los fusiles y a las bayonetas con una pequeña navaja o unas tijeras, sino con la valentía del que afronta la muerte con la conciencia limpia de haber hecho lo que debía.

Nadie hoy en día se puede imaginar a una Agustina de Aragón, combatiendo en las murallas de Zaragoza, ocupando el lugar de su marido muerto, e intentando suplir la falta de hombres en una sociedad donde la mujer solo era concebida como esposa y madre. En la sociedad actual una hipotética Agustina de Aragón, se enrollaría con el general francés para seguir viviendo a cuerpo de rey.

Hoy en día los héroes son anónimos y se les suele calificar de tontos, son los que por no renunciar a sus convicciones dimiten de un puesto de trabajo donde gana una fortuna por no despedir a uno de los hombres de su equipo de más de cincuenta años, para meter en su puesto al sobrino de su jefe. O el aparejador que prefiere no robar en el cemento, aunque no tenga para comprarse una casa nueva, o el vendedor que no cambiará de coche o no saldrá todos los fines de semana, pero prefiere eso a engañar en las ventas.

Héroes son también las madres que les inculcan a sus hijos los principios de no mentir, de afrontar sus errores, asumir su fallos, que les enseñan que hay que sufrir y sacrificarse para conseguir las cosas, que tener no es derecho sino el resultado del esfuerzo, y les enseñan todo esto aún a sabiendas de que sus hijos serán raros en un mundo de falsedad y mentira. Los héroes actuales son pocos y anónimos, pero los hay sin distinción de clases sociales, religiones, ni sexo. En cuanto a las heroínas, han sido sustituidas por la cocaína, y otras drogas de diseño, en los gustos de las nuevas generaciones.

Nosotros decidimos en que mundo queremos vivir, y con nuestros actos nos encaminamos a él.


Steel
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